lunes, 23 de febrero de 2009

Sincronicidad

A veces las casualidades no parecen casualidades. Una teoría lo atribuye al principio de la sincronicidad, que argumenta la existencia de una conexión entre acontecimientos aparentemente azarosos. Estas extrañas coincidencias suceden más de lo que nos creemos, pero no siempre las identificamos.
¿No os ha pasado alguna vez que pensáis en alguien, en ese momento suena el teléfono y es ese alguien? Yo ayer entré a mi cuenta de correo con la intención de escribirle a un amigo del que no sabía nada hacía meses y me encontré con un mensaje suyo. No digo que no sea una simple coincidencia, pero da que pensar.
Con algunas personas estas cosas suceden con una frecuencia sospechosa. Lo mío con Aura, por ejemplo, no es normal. Nosotras hablamos de telepatía y nos lo tomamos a risa, qué vamos a hacer… Sé que a ella no le importa que cuente esto: la primera vez que fui a visitarla, cuando iba de regreso a mi rancho quise enviarle un sms en el que pensaba decirle: “Me acabo de ir y ya te echo de menos”. Cuando saqué el móvil me encontré un mensaje suyo que decía: “Te acabas de ir y ya te echo de menos”. Me quedé muerta… Y nos han pasado más episodios de este tipo.
No tengo claro hasta qué punto el destino rige nuestras vidas. Me resisto a pensar que todo forma parte de un plan, sin embargo algunas experiencias me han hecho creer que si las cosas sucedieron así era por algo. No me cabe duda de que en cierta medida la suerte nos la buscamos nosotros mismos, pero tampoco de que hay factores, casuales o no, que escapan a nuestro control.
Quizás no es más que la necesidad de buscarle explicaciones racionales a todo, pero cuando veo algo que me parece que trasciende la casualidad me planteo si nos vendieron la moto con aquello del libre albedrío…

Relecturas

Al hilo del post de Margarita, con el que tantos de nosotros nos hemos sentido identificados.
Oscar Wilde decía que el libro que no merece ser leído una segunda vez tampoco merece ser leído una primera. Y supongo que es cierto. Cuando un libro te ha gustado tienes la ilusión de volver a disfrutarlo. Yo he leído mis libros favoritos una media de tres veces. Y cada vez los asimilo de una manera diferente. Les encuentro nuevos matices y me recreo en los ya conocidos.
También creo que ese es uno de los objetivos de acumular libros: volver a ellos cuantas veces te apetezca. Es un placer pasear la mirada por las estanterías y encontrarte con títulos que te emocionan. Saber que los tienes ahí, al alcance de tu mano.
Uno de los efectos más interesantes de las relecturas es rememorar cuando los descubriste, donde estabas, que significaron para ti. Porque un libro siempre lleva asociados una serie de recuerdos. Cuando retomas el contacto con las historias que te son conocidas sientes esa familiaridad tan agradable y la certeza de que aunque no te sorprendan como la primera vez, tampoco te defraudarán. Es como volver a una ciudad que te gusta. Por muchas veces que hayas estado, cada visita es única.
Esos libros ya un poco baqueteados por varias lecturas tienen un encanto especial. Yo los trato bien, no me gusta escribir en ellos. Pero sí me gustan las marcas de uso, esas páginas que empiezan a amarillear, y la suavidad que les da el paso del tiempo.
En alguna ocasión (no muchas, lo admito) he disfrutado más un libro leyéndolo por segunda vez. Parece extraño, pero nuestra percepción cambia, y a lo que un día no le encontramos el atractivo, años después sí se lo encontramos.
Pues eso, que ahora que volveré a reunirme con mis libros quiero releer unos cuantos. Aunque los que tengo en espera no me perdonen nunca el desplante…

El zamorazo

Aunque yo le digo “mi ranchito”, algunos ya sabéis que me refiero a la ciudad de Zamora (Michoacán, México). En realidad no es mucho más pequeña que Granada, de donde yo vengo, pero desde luego es otro concepto. Está en un valle agrícola y a todos los efectos es más un pueblo que otra cosa. Sus habitantes son gente sencilla, de campo. Aún así, lo más pueblerino es la mentalidad.
Hay un par de librerías, un centro de arte y un teatro, pero su vida cultural deja mucho que desear. Durante el día tiene bastante movimiento, en cambio cuando anochece las calles se quedan desiertas. No hay bares ni cafeterías, solo locales para comer. Y algún que otro antro (aquí le llaman así a las discotecas). Lo mejor es que es un sitio alegre y la gente suele ser encantadora. Pero mentiría si dijera que no echo de menos cines, museos, otro tipo de tiendas…
Apenas llegué mis compañeros me previnieron sobre “el zamorazo”. Así le llaman al bajón anímico que afecta a los forasteros que osan asentarse en este rancho dejado de la mano de Dios. Todos ellos lo han experimentado en algún momento. Si vienes de una ciudad grande o con mayor nivel de desarrollo, el shock puede ser brutal.
Una de las cosas que llevo peor es la informalidad. Aquí la palabra no vale nada. Donde dije digo digo Diego… ya sabéis. Y eso es algo que me subleva. Nadie te dice nunca que no porque lo consideran de mala educación. O sea que no te puedes fiar cuando te dicen que sí…
Aunque despotrico de algunos aspectos, en líneas generales me he adaptado bien. Una serie de circunstancias me han ayudado a librarme del zamorazo: la primera, la certeza de que solo estaría un año aquí. Eso lo hace más llevadero… Otra, que he podido viajar bastante. También ha influido el haber estado ocupada. Como dicen mis colegas, aquí si no trabajas te aburres. Y así, además, la mayor parte del tiempo estás a salvo del zamorazo.
Aparte de eso, he tratado de tener la mejor predisposición para evitarlo. En mi tiempo libre no me ha quedado más remedio que cambiar de hábitos, pero hasta he llegado a encontrarle el gusto. Los fines de semana suelo estar muy tranquila. Me ocupo de alguna que otra tarea doméstica y aprovecho para descansar, escribir, leer, ver películas… Las reuniones de amigos son casi siempre en casa de alguien, porque por la noche no hay donde ir. No es como en España, que tienes un bareto en cada esquina.
El otro día me contaba una compañera nueva que le había dado el zamorazo a las dos semanas de llegar. Claro, que ella viene de la ciudad de México, que tiene unos veinticinco millones de habitantes. Le lloran los ojos y le duele la cabeza de la contaminación, pero es su ciudad… Y la entiendo perfectamente. Porque yo tengo una granaditis que no me aguanto. Hasta echo de menos la malafollá… Lo bueno es que lo no te mata te hace más fuerte. Creo que tras un año en el ranchito podría vivir en casi cualquier parte del mundo.

miércoles, 18 de febrero de 2009

¿Son más felices los ignorantes?

Entre los tontos el vacío se parece a la profundidad. Para el que es vulgar, la profundidad es incomprensible. De ahí viene quizás la admiración del pueblo por todo aquello que no comprende.
HONORÉ DE BALZAC
Es uno de tantos tópicos que circulan por ahí. No dudo que ignorar ciertas cosas puede procurar una existencia más plácida. Hay una serie de temas que plantean preocupaciones de todo tipo, y el que los desconoce eso que se ahorra. Pero a qué precio… Leyendo libros, por ejemplo, nos surgen un montón de dudas e inquietudes que pueden amenazar con destruir nuestra paz mental. Sin embargo también nos aportan una visión más completa del mundo, que contribuye a nuestra felicidad.
Creo que todo ser racional debe aspirar a un mínimo de conocimiento. No podemos vivir ajenos a lo que nos rodea, eso sería una vida a medias. A veces preferimos no saber para no sufrir. No ver los telediarios, no conocer cifras, ignorar que nuestra pareja nos engaña… Y me parece un mecanismo de defensa lógico, aunque no deja de ser una cobardía. La verdad puede ser dolorosa, pero aún lo es más la conciencia de la propia ignorancia…
Admito que es más fácil soñar ignorando algunas certezas. Es la postura cómoda, que nos permite evadirnos de lo que no nos gusta. Y a veces eso es necesario para sobrevivir… Pero el conocimiento nos ayuda a ver la vida desde distintas perspectivas, a sacarle todo el jugo. Aunque tenga una cara amarga, estoy convencida de que compensa.
La ignorancia impide ser consciente de las propias limitaciones, y eso tiene unas consecuencias peligrosísimas. Ser feliz por ignorancia me parece patético… Es una felicidad que se sustenta en supuestos falsos y que degrada al ser humano. Aunque en algún caso nos evite un mal rato, la verdad es que no me gustaría ser una ignorante feliz…

El síndrome de Stendhal

Para Naná, que me entiende como nadie.
Me consta que mucha gente se ha emocionado al contemplar una obra de arte. Yo he disfrutado intensamente con muchas, y me he sentido subyugada por unas cuantas. En estos momentos me vienen a la mente las pinturas de San Clemente de Tahull, el Pórtico de la gloria, La Mezquita Azul de Estambul, "La Piedad" de Miguel Ángel, "El Aguador de Sevilla" de Velázquez, el Santuario de Tonantzintla en México o los frescos de Giotto en Padua. En todos estos casos he experimentado fascinación, entusiasmo, e incluso mutismo… pero jamás sensaciones negativas.
Pues resulta la sobredosis de belleza artística puede provocar una enfermedad psicosomática diagnosticada como “Síndrome de Stendhal”. Como el mismo escritor relató en su libro Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio, la sufrió visitando la florentina iglesia de Santa Croce en 1817: “La vida estaba agotada en mí, caminaba con temor a caer”. La impresión que le produjo fue tan grande que le provocó taquicardias, vértigos y pérdida del sentido.
Este mal del viajero romántico está relacionado con la cultura y por supuesto con la sensibilidad de la persona. La ciudad donde más casos se han dado, evidentemente, es Florencia. Los florentinos están inmunizados, pero entre los visitantes extranjeros se cuenta una media de 12 casos por año. Afecta sobretodo a mujeres de entre 25 y 40 años, con cierta educación artística y que viajan solas. Cuando la visión de la obra supera las expectativas, el placer se puede transformar en malestar y degenerar en este estado de shock. En la Galería de los Uffizi los vigilantes están prevenidos, pues es el lugar donde más veces ha sucedido.
Nunca pensé que la belleza artística pudiera ser nociva hasta que conocí la existencia de este síndrome. Lo cierto es que tengo casi todas las papeletas, pero no creo que llegara a padecerlo. Aunque ya que hay que morirse de algo, de exceso de belleza no sería mala opción, ¿no?

La venganza de Tutankamon

Para Violette
"Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad"
Desde muy jovencita me fascina la egiptología. Uno de los temas que más me interesan es “la maldición de los faraones”. Fue una leyenda negra forjada por la prensa británica (que ya sabemos que es muy peliculera) en los años 30 y difundida entre otros por Sir Arthur Conan Doyle.
La historia es bien conocida: desde que Howard Carter descubrió su tumba en 1922, todo el que tuvo algún tipo de contacto con ella murió en misteriosas circunstancias. Al parecer las inscripciones de las paredes advertían del peligro, pero todos estos arqueólogos se las pasaron por el arco del triunfo. A Lord Carnavon, el mecenas de la expedición, se lo llevó por delante la picadura de un mosquito. Otros muchos personajes relacionados con el hallazgo también fallecieron de forma extraña. En cambio Carter se mantuvo a salvo de la ira del faraón a pesar de que fue el principal artífice y trasteó el cuerpo todo lo que le dio la gana… Que hasta dicen que le cortó los pies para quitarle unas sandalias de oro. Eso no se hace, hombre…
Algunas teorías atribuyen estas muertes a la presencia de gases u hongos tóxicos en ese tipo de cámaras cerradas. Otra habla de “energía psíquica concentrada”. Esta me hace mucha gracia… También conviene recordar que en 1822 se publicó “La momia” de Jane Webb Loudon, que ya anticipaba esta venganza faraónica, y en 1869 Louisa May Alcott volvió sobre el tema en su relato “Perdido en una pirámide: la maldición de la momia”.
Pero la versión novelesca siempre es la más interesante... Eso de que los faraones atiborraran sus sepulcros de sustancias venenosas para evitar la profanación me parece una estrategia genial. No digo que no sea cruel… pero la encuentro lícita. Ellos que creían en la vida en el más allá, que se embalsamaban y se rodeaban de todos sus objetos de valor para que no les faltara ni gloria bendita, como iban a consentir que viniera un listillo a perturbar su descanso eterno y desvalijarles el ajuar… Vamos hombre... Encima tuvieron la deferencia de dejar sus amenazas por escrito, el que avisa no es traidor. Así que chico, un poquito de por favor, que una necrópolis no es un parque de atracciones. Y si estás en el Valle de los Muertos, tonterías las justas...
Me imagino al joven Tutankamon retorciéndose de risa en su tumba y pensando: hala, majete, llévate los tesoros… que el disfrute te va a durar menos que un dulce en la puerta de un colegio.

Déjame que te cuente

Me agobia la sensación de no tener nada que contar. No me refiero a inspiración para escribir (que también brilla por su ausencia, ya que estamos…), sino a algo que me apetezca compartir. Cuando estoy de bajón o preocupada por lo que sea me vuelvo hermética. Ahora sin embargo quiero expresar algo pero estoy bloqueada. Supongo que tiene que ver con que se avecinan cambios en mi vida, y eso me desestabiliza.
Lo curioso es que hasta hace poco no sentía esa necesidad de hablar para los demás... Nunca he pretendido ser voz de nada. Siempre me ha puesto nerviosa ser centro de atención, sentir miradas sobre mí… De hecho me sigue costando enseñar lo que escribo y someterlo a juicio.
Pero escribir aquí me encanta. Será por lo cómoda que me siento. Mejor dicho, por lo cómoda que me hacéis sentir. Cuando llevo varios días sin publicar me da la sensación de que estoy desatendiendo una parcela importante de mi vida. Aunque me pasee por los blogs y mantenga conversaciones que me animan mucho, me falta algo.
Quien me ha visto y quien me ve… A mí que hay que sacarme las cosas con sacacorchos, que considero mis escritos como algo privado, que detesto hablar en público. Supongo que todo es fruto de la confianza. Este ambiente de familiaridad invita a las confidencias hasta a las que no somos dadas a hacerlas. Tiene algo que anima a contar historias como si te fuera la vida en ello igual que a Sherezade.

Terapia ansiolítica

Era un día de esos en los que no le encuentras sentido a nada. Estaba cansada, apática, deprimida… Sólo había una cosa que podía animarme.
Al traspasar las puertas del centro comercial me volvió el alma al cuerpo. La moqueta roja amortiguaba el sonido de mis tacones y me recibía con calidez. La temperatura agradable, el aroma a ambientador y el hilo musical me trasmitían una sensación reconfortante que no me era desconocida.
Me dirigí a la sección de cosméticos, que era como entrar en el paraíso… Enganché una facial de noche y otra de día. Con efecto lifting, retinol, ginseng, ácido hialurónico, colágeno vegetal y otras mil quinientas gaitas que seguro que me dejaban el careto como el culito de un bebé. Tenía la repisa del baño a rebosar, pero ninguna tan completa como esas… Y yo lo valía, vamos si lo valía… Ya me iba llegando el oxígeno al cerebro y respiraba mejor.
Avisté unas máscaras de pestañas con pantenol, voluminizador y nosecuantas vitaminas. Tenía que llevarme una o lo lamentaría… Y una de esas barras de labios de larga duración, el brillo con aceite de almendras, el contorno de ojos antiedad y los polvos compactos luminosidad total. La naturaleza y los avances científicos ponían la belleza al alcance de mi mano, no podía rechazarla…
El nuevo perfume de Dior prometía una nota de sensualidad, era el complemento perfecto. Y el de Carolina Herrera, sofisticación a raudales. Imposible resistirse a tan suculenta tentación…
Me encontraba mucho mejor, si ya lo sabía yo… Mientras subía por las escaleras mecánicas me vino a la mente el viaje de Semana Santa a Praga… ¡Necesitaba una maleta nueva como el respirar! De esas enormes, rígidas, que se deslizan como la seda… Tenía que ser una Samsonite, que aunara calidad y estilo. Cuando la dependienta me enseñó el último modelo supe que había encontrado lo que buscaba. El conjunto incluía maleta de mano y neceser… ¿Cómo iba a separar a los tres hermanitos? Crueldades las justas…
Recluté unos manolos para el cóctel del viernes, la ocasión lo merecía... Y unos botines de piel de serpiente ideales, ¡siempre había querido unos! Tampoco podía irme sin esas bailarinas rojas de charol, cómodas a la par que elegantes. Sí, solo tenía dos pies, pero en la variedad está el gusto…
No es que fuera una fashion victim, pero cuando mis ojos descubrieron el vestido estampado de Vittorio y Lucchino fue amor a primera vista. Aquella chaqueta negra de terciopelo iría que ni pintada con mis pantalones pitillo… Llevaba mi nombre escrito. Un par de blusas de Donna Karan y esa falda color vino como la que llevaba Carolina de Mónaco en el reportaje de Hola eran el toque de glamour que le faltaba a mi fondo de armario…
Mi paso por la sección de lencería no fue en balde. ¡Como iba a irme de allí con las manos vacías! Cuando me dirigía hacia el garaje reparé en un bolso de Prada, infinitamente más estiloso que los diez o doce que tenía. Y le dije: “Tú te vienes conmigo que aquí no te tratan bien…”.
Al cerrar el maletero del coche la alegría había dado paso a la euforia. Había dejado la tarjeta tiritando, pero se recuperaría. En peores plazas habíamos toreado… Probablemente tendría que pedir otro préstamo. Para eso estaban, ¿no? Antes arruinada que sencilla, jeje... Salí de allí con mi botín y una gran sonrisa en la cara. Qué fácil era ser feliz…

El ángel caído

Había sido un día de esos que preferiría borrar de la memoria. Madrugón, prisas, bronca del jefe… Una serie de despropósitos parecían haberse confabulado en mi contra. Llegué a casa rendida, pero con la ilusión de que el merecido descanso se aproximaba. La noche anterior me había acostado a las mil terminando un trabajo y me encontraba en estado catatónico.
Estaba llenando la bañera cuando me pareció escuchar el timbre. Al ver a mi hermana con su bestia parda de aspecto angelical supe que la pesadilla no había hecho más que empezar. Que le había surgido un imprevisto, que no tenía con quien dejarlo, que me lo agradecería de por vida… Sin pretensión de ser borde le contesté que mejor me lo agradeciera con un fin de semana en un balneario para recuperarme de la que se me venía encima. Y que olvidáramos el resto de la vida, que al fin y al cabo llevábamos la misma sangre. Para mi sorpresa aceptó, y antes de que pudiera darme cuenta se alejaba hacia el ascensor mientras su diabólico retoño irrumpía en mi feudo.
Ya se sabe, a quien Dios no le da hijos el diablo le da sobrinos… No es que no me gusten los niños, lo que no me gusta son las fieras corrupias hiperactivas y perversas. Justo lo que era Nico. Ya lo habían expulsado de tres guarderías por comportamiento agresivo. A sus cuatro años tenía un historial de salvajadas que aterraba. Cuando lo vi correr hacia mi ordenador traté de detenerlo:
- No, Nico, ya sabes que el ordenador no es para jugar…
- Ojú, titaaaa…
- ¿Cómo me has llamado?
Sabía que lo de tita me sacaba de quicio, por eso me lo decía. ¿Cómo podía caber tanta mala leche en ese cuerpo tan pequeño?
- ¡Que no lo rompo, tita!
La madre que lo parió, había vuelto a decirlo…
- Te pongo el dvd de los teletubbies, que son muy divertidos.
- Son subnormales…
- Tú si que eres subnormal… Elije, los teletubbies o a la cama. Mira que hoy no estoy yo pa fiestas…
- ¿Aquí no se cena?
- ¿Es que tu madre no te ha dado de cenar?
- No –mintió la pequeña alimaña, sin temblarle el pulso.
La mayoría de la gente caía en el hechizo de sus rizos rubios y sus preciosos ojos azules, pero yo ya me conocía todas sus artimañas. Como no tenía fuerzas para discutir, decidí dejarlo estar.
- Vamos a hacer una cosa, Nico. Te quedas viendo la tele mientras yo me doy una ducha y luego cenamos, ¿vale?
Me miró con cara de perdonavidas, valorando mi propuesta. Acto seguido salió disparado a por el mando a distancia y trepó a mi sofá pisoteándomelo sin piedad. Aguanté la respiración y me di media vuelta. Entonces un cojín rebotó en mi espalda, derribando en su caída mi jarrón de cristal de Murano y haciéndolo añicos. Hice un esfuerzo supremo por no amordazarlo y encerrarlo en un armario, pero no pude evitar clavarle una mirada asesina. Para aumentar mi cabreo, en lugar de miedo le provocó un ataque de risa incontrolable.
No tardé más de diez minutos en regresar, y aquello parecía zona catastrófica. La lámpara en el suelo, mis papeles diseminados por todas partes, y la alfombra persa pringada de coca-cola. Nico golpeaba furiosamente las teclas de mi ordenador, encabronado por no poder acceder. Cruzarle la cara me habría ayudado a sentirme mejor, pero se impuso mi parte sensata y me decanté por la no violencia. Eso sí, me serví un whisky para ser capaz de mantener la calma.
- Vente, muñeco diabólico, que voy a preparar la cena.
Ante mi sorpresa me siguió sin rechistar. Debía estar famélico… La clave para evitar que hiciera fechorías era tenerlo entretenido, así que le di papel y lápiz mientras yo cocía la pasta. Como no me fiaba ni un pelo, me volvía a mirarlo cada cinco segundos. En una de esas lo vi llevándose algo a la boca. ¡Era mi vaso de whisky!, comprobé horrorizada. Para cuando corrí a quitárselo ya no quedaba ni una gota.
- ¡Quiero más! –exigió con los ojos brillantes y los labios húmedos de la mejor malta escocesa. El jodido olía a bodeguilla que trepaba. Si no me mataba él de un susto, me mataba su madre cuando llegara…
- Eres una condena, ¿lo sabías?
El agua empezó a hervir y tuve que ocuparme de los fogones. No lo oía ni respirar. Mala señal... Cuando un niño como ese no daba un ruido solo podía significar que estaba tramando alguna maldad. Me giré, a tiempo de ver mi móvil nuevo volando por la ventana.
Ya no podía más, aquello era demasiado… Fui hasta él echando espuma por la boca y lo agarré del cuello con ambas manos. Empecé a apretar mientras sus vidriosas pupilas azules se clavaban en las mías. Su rostro infantil se fue poniendo cada vez más rojo. Abrió la boca para hablar, pero no le salía la voz. No podía creerlo, nunca antes le había visto una expresión tan beatífica… Aflojé levemente la presión, y entonces dijo con una dulzura infinita:
- Te quiero, tita…
Sé que debí cargármelo en ese momento, que lamentaré toda mi vida el no haberlo hecho, pero en lugar de eso lo abracé como una imbécil sin reparar en su sonrisilla triunfal.

Sobre bestsellers

Para Naná, con muchísimo cariño.
Tu post sobre los bestsellers me ha hecho pensar en muchas cosas… Algunas te las dije ayer, y otras requerían una respuesta más amplia. Yo lo provoqué sin pretenderlo al decirte algo que quizás no debí haber dicho… Contabas, con mucha gracia, que aunque no son lo tuyo recientemente has leído algunos que te han encantado. Y eso demuestra que eres capaz de apreciar un libro por sí mismo, aislándolo de toda la parafernalia.
Yo no estoy ni a favor ni en contra de ellos, ya sabes. Creo que el éxito de un libro no es incompatible con su calidad, pero tampoco la implica. En cualquier caso la cuestión es otra… Es si te identificas o no con los gustos de la mayoría. Mira, yo leo para disfrutar. Y leo lo que me apetece leer, al margen de la crítica, el tema o la imagen pública del libro. No te digo que no me influyan, pero desde luego si el libro no me tienta no consiguen animarme a leerlo. A veces tu opinión sobre un libro coincide con la opinión general, y eso es muy satisfactorio. Por lo pronto te permite hablar de él con mucha gente, que siempre se agradece. Es como comentar una película a la salida del cine… Si no lo haces sientes que te falta algo.
Otras veces tu opinión no coincide con la de los demás y te sientes como un bicho raro. Un error en el que caemos a veces, porque la opinión mayoritaria no tiene por qué ser la más acertada. Es más, no se puede valorar en esos términos porque hablamos de algo totalmente personal. Todas las opiniones son válidas, y la que realmente importa es la tuya. Lo que ese libro ha significado para ti…
Hay ocasiones en las que el tema se complica… Cuando lees un libro de los que la gente no suele leer y es difícil encontrar a alguien con quien comentarlo. Si encima resulta que te ha fascinado, la frustración es aún mayor. Pero si a ti ha logrado conmoverte, te ha enriquecido y queda en tu recuerdo como algo valioso, que te quiten lo bailao… O como decía Góngora, “Ande yo caliente, ríase la gente”. Además, tienes el privilegio de disfrutar de libros que la mayoría se pierde. Leer lo que te apetece, con tus propios criterios, no es una neura. Es tener personalidad.
Tengo mis preferencias literarias bien definidas desde hace años. Me gustan los autores contemporáneos, y soy fiel a muchos de ellos. Me guío más que nada por lo que me inspira curiosidad, y solo sigo las recomendaciones que me interesan. No es por falta de confianza, sino porque sabemos que lo que a unos les parece maravilloso, para otros puede ser insufrible. Quiero decir, que para que yo me anime a leer un libro que no es de “mi estilo” tiene que ser porque me atraiga al verlo o alguna persona haya conseguido que me atraiga. Si esa persona no recomienda libros, sino que se limita a expresar lo que significan para ella, el mérito es aún mayor. Porque para contagiar esa pasión hay que sentirla. Y por supuesto, saber trasmitirla aunque no sea ese el propósito.
Yo apenas había leído clásicos hasta que te escuché hablar de ellos y me tentaste… En los últimos meses he leído a “muertitos” célebres como Víctor Hugo, Stendhal, Virginia Woolf, Zola, Henry James, el Abate Prevost… y tengo bastantes títulos anotados que ya irán cayendo. Este tipo de literatura tiene un ritmo diferente al que aún me cuesta un poco acostumbrarme, pero he aprendido a disfrutarla. Y te lo agradezco mucho, pero mucho. Además de descubrirme libros geniales me has hecho ver que yo también soy capaz de dejar a un lado los prejuicios y ampliar el abanico. Creo que aún no soy del todo consciente del favor que me has hecho. Te lo digo de verdad...

El huerto de las pasiones

Fue un verano, hace ya algunos años. Una situación que no viene al caso me había llevado a Salamanca. Varios días para deambular por ese maravilloso laberinto de piedra eran un privilegio a pesar del calor asfixiante. Aún en temporada vacacional, el ambiente estudiantil animaba cada rincón. Me venía a la memoria algo que decía mi abuela: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”. Qué cierto es…
Los primeros días hice turismo intensivo. Visité las catedrales, los conventos de San Esteban, Santa Clara y las Dueñas, la Universidad antigua, Clerecía… Después, ya más relajada, me limité a pasear sin rumbo fijo.
Una tarde, a esa hora en la que el sol concede una tregua, desemboqué en una callejuela a espaldas de la catedral. Me llamó la atención una puerta semicircular con reja de hierro tras la que se observaba un jardín. A un lado, una inscripción con la grafía propia de los vítores indicaba: “Huerto de Calixto y Melibea”.
Mi sorpresa fue mayúscula, pues aunque había leído “La Celestina”, ignoraba que la historia transcurriera en Salamanca y por supuesto la existencia de tal huerto. Había restos de la muralla medieval que Calixto saltaba para reunirse con su amada, un pozo en el que se pedían deseos románticos, cantidad de flores y árboles frutales… Y a sus pies el río Tormes.
Recordé entonces lo mucho que me había impresionado esa supuesta tragicomedia (creo que de cómica tiene poco), tan trasgresora para su época. Yo había leído poco por aquel entonces, todo hay que decirlo. Pero a día de hoy me sigue fascinando. Siempre he pensado que Calixto y Melibea se podían haber casado y ahorrarse todo el drama, ya que pertenecían a la misma condición social y sus familias no estaban enemistadas. Pero ni él estaba dispuesto a esperar ni ella le llega a exigir matrimonio. Desde luego no es un romanticismo al uso, al menos por parte de Calixto, que actúa más movido por el deseo que por el amor. De hecho él no muere por ella, mientras que ella sí muere por él.
Esta visión cínica del amor me resultó muy interesante, aunque lo que más me admiró desde el principio fue el personaje de la Celestina. Esa vieja alcahueta cuya ambición desencadena toda la tragedia. Es una superviviente en una España de picaresca, domina un arte y lo ejerce en su beneficio. Utiliza su inteligencia y sus conocimientos para mangonear a todos los personajes. Y eso, independientemente de juicios morales, me merece un respeto.
En todo eso pensaba yo delante de su estatua, bajo la que se lee: “Soy una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Si bien o mal vivo Dios es el testigo de mi corazón”. Con un par, jeje…

Lo que la devoción esconde

Érase un pueblecito mexicano famoso por la alegría de sus gentes. El clima tropical y un elevado índice de emigración masculina a los Estados Unidos lo habían convertido en “una playa sin mar”. Las mujeres se cansaron de guardarles fidelidad a sus maridos ausentes, así que la alameda, el río y los cañaverales empezaron a ser testigos de innumerables encuentros amorosos.
Su situación les obligaba a desempeñar tareas masculinas, y el temor a perder la feminidad derivó en la creación de la Escuela de Estética Mayte. Muy pronto se convirtió en un importante reclamo, pero debido a su elevado coste sólo podían acceder a ella las mujeres de los emigrantes. El afán de belleza inundó cada rincón del pueblo… Ser una chica Mayte era la utopía soñada por todas. Querían estar espectaculares para ejercer su dominio sobre la población masculina. Su mayor anhelo era parecerse a las artistas de moda, lo que incluía a veces el paso por quirófano. Los hombres se volvían locos por ellas. Imponiéndose al machismo tradicional, las Maytes eran las que partían el bacalao…
En sus licenciosos comportamientos contaban con una cómplice excepcional: la Inmaculada Concepción, patrona del pueblo. Su santuario se llenó de ofrendas votivas en forma de papelitos o cartas que expresaban los deseos, fantasías, aventuras, sueños eróticos y pecados más inconfesables de estas mujeres: “Es más fácil pedirle perdón a la virgencita que pedirle permiso, además, lo prohibido es lo más divertido porque aquí no hay nada que hacer más que coger (follar)”. De este modo, las prácticas sexuales pasaron a formar parte de la realidad pública y cotidiana de la comunidad.
Muchas ofrendas solicitaban un marido emigrante o el deseo de acudir a la Escuela de Estética: “Yo nací hermosa y por eso me quiero casar con uno del norte para vivir como reina y ya no ser criada porque estaré en la escuela para ser como La Galy o La Potra”. Se empezaron a firmar las cartitas con seudónimos de protagonistas de telenovelas. También estaban las que pedían abortos de embarazos no deseados. Algunas ponían un límite ante tan masiva afluencia de peticiones: “A la virgen no se la ataranta (agobia), porque no tiene cabeza para tanta pedidera”. Otras rayaban la irreverencia: “Tú me comprendes, madrecita chula, si eres calientota igual que yo. Tú sabes lo chido (genial) que es andar con dos o tres… tú eres cabrona, hasta le encasquetaste un hijo a otro, así que ayúdame a que no me cache (pille) mi viejo (marido) que anda en el norte ni mis hijos”. “Tú eres puta como yo, virgencita, ayúdame no seas gacha (mala)”. “Tú te sacrificaste por tu hijo porque te casaste con un carpintero cuando a ti te gustaba el dizque (el tal) Gabriel (el arcángel San Gabriel)”.
El emigrante representaba al hombre exitoso, viril, que tiene lo que hay que tener. Sus ofrendas decían: “Mándame un buen coyote (el que los pasa al otro lado) para que no me deje en el camino”, o “Cuídame de la migra (inmigración) porque ya van cuatro veces que me agarra”. Querían a las Maytes para divertirse, pero no como madres de sus hijos: “A mí me gustan las de la estética pero para jugarreta porque para mi esposa pues yo quiero a una bonita como ellas pero no tan puta”. Sólo una minoría de los hombres prefería no emigrar: “Jodidos pero juntos y no riquillos separados”, manifestaban sus peticiones.
Las mujeres lo tenían claro: “Bola (atajo) de mensas (tontas) que prefieren pasar hambres junto a sus hijos antes de ponerles los cuernos a sus viejos… yo prefiero puta que pendeja”. Su filosofía era vivir el presente, y vivirlo lo mejor posible. Ponerse guapísimas, salir a divertirse, entregarse a pasiones desenfrenadas… y después descargar su conciencia con la amiga Inma, que las escuchaba sin juzgarlas. La existencia en esta sociedad idílica transcurría apacible, sin amarguras ni culpas. Tenían las necesidades (todas) cubiertas, vivían felices y satisfechas. Era lo más parecido al paraíso terrenal…
Esta es una historia real, tema de una tesis de doctorado. Las citas de las ofrendas son textuales. Están a la vista de todo el mundo y su publicación ha sido autorizada, por eso me he tomado la libertad de divulgarlas.

La vida en la blogosfera

Que estaba yo pensando, que desde que transito por estos parajes mi vida es mucho más divertida. Me despierto con otra alegría, afronto la rutina con mejor ánimo, mi mente está más activa y mi agenda de amigos nunca estuvo tan llena. Desayuno de gorra, viajo a los lugares más atractivos sin moverme de la silla, y me pongo ciega de tequilas sin padecer resaca.
No es que lea más libros, pero los escojo mejor. Recomendaciones no me faltan… Escribo para un público más amplio, y encima recibo generosas críticas. Disfruto de interesantes relatos y vivencias ajenas, descubro y redescubro poemas, películas, canciones… Aprendo de los temas más diversos, me enriquezco con otras opiniones, me río un montón, y por si fuera poco asisto a las mejores fiestas.
Asomarme a este microcosmos me dibuja la sonrisa instantáneamente, porque sé que no tardo en encontrarme con alguien querido. Esté donde esté, la magia del ciberespacio lo hace posible. Al compartirlas, las penas son menos tristes y las alegrías más alegres.
No tengo que aguantar a nadie que no me apetezca aguantar, y no veo ni una mala cara… Por lo general impera el buen rollo. Y en contra de la opinión de algunos foráneos, se percibe una sinceridad brutal. Hay algo inespecífico en el ambiente que invita a las confidencias… De hecho creo que la mayoría somos más auténticos de lo habitual. Aquí hay cariñito del bueno, incluso más del que se encuentra en otros ámbitos.
Decididamente, en la blogosfera se vive mejor. Porque tienes de todo y encima no pagas alquiler ni hipoteca. Además no hay que madrugar ni que ir al curro. Así que después de un tiempecillo tanteando el terreno, he decidido que me quedo a vivir aquí.

sábado, 14 de febrero de 2009

Tú me quieres quitar del mundo

- Tú me quieres quitar del mundo… -me dijo, mirándome con mala cara.
- Te juro que no. Fue sin querer queriendo…
- Y encima te permites el lujo de hacer coñas, eso es lo que más me cabrea…
- Perdona... No lo puedo evitar, ya lo sabes…
- Un día nos vas a matar.
- Jajajajaja…
- Te hace gracia, ¿eh?
- Soy un desastre, vale. Pero te prometo que voy a poner más atención.
- No sé por qué me cuesta creerlo… Es que te pasas, tía…
- Ya era así cuando me conociste. Además, la garantía ha caducado. Se siente…
- ¿No puedes parar…?
- Poder puedo, pero la cosa es querer…
- Esto no es para tomárselo a risa, ¿sabes?
- Es que cuando te pones tan serio me da yuyu. Y tengo que aliviar la tensión de alguna manera…
- Desde que vivo contigo me traería cuenta un seguro a todo riesgo…
- Ya será menos…
- ¿Que se te ha olvidado cuando te dejaste el grifo abierto y convertiste esto en un parque acuático…?
- Fue un lapsus, ya te lo dije… Cuando estaba llenando la bañera me llamó la pesada de tu hermana, que tiene incontinencia verbal, y se me fue la olla… Además, tu portátil no se llegó a mojar.
- Le faltó un pelo de rana calva…
- Y el gato se lo pasó pipa, acuérdate.
- Sí, ya. Ahora va a resultar que te tengo que dar las gracias por inundar la casa... Hay que joderse…
- Pues sí, a veces no queda otra…
- Y cuando explotó la olla exprés, también fue una fiesta, ¿no? Que todavía hay lentejas pegadas en el techo de la cocina…
- No me digas que no nos dimos una hartá de reír con aquello… Te dije que no hay nada más sano que los spaghetti, y tú, dale que dale con las legumbres… Pues ya viste donde acabaron, jajaja… Fue una señal. Y hay que hacerle caso a las señales, que lo he leído yo…
- En la peluquería, ¿verdad?
- A veces me das miedo...
- Tú si que me das miedo... Me vas a sacar de aquí con los pies por delante, y encima te descojonas…
- Anda que no te aburrirías tú sin mí…
- Ya te digo. Mi vida no tendría tantas emociones fuertes, eso seguro…
- ¿Ves como me necesitas?
- Y qué me dices de cuando ardió la mesa camilla… Aquello parecían las fallas…
- Fue chulo, ¿eh?
- ¿A quién se le ocurre poner una parrilla sobre el brasero? Por poco no lo contamos... Encima ahora huele el salón a chuletas requemadas…
- Barbacoa en casa, nene, qué más quieres…
- Y lo de hoy no tiene nombre…
- Si tiene: explosión.
- Ya sé… A ti lo que te pasa es que te encanta que vengan los bomberos, ¿no?
- Y a ti te encanta el fútbol… ¿Acaso te digo yo algo?
- Tú me quieres quitar del mundo…

Ay, qué bonito es volar...

Amanecí encogida por el frío que me calaba hasta los huesos. Por suerte tenía todo preparado, así que no tarde mucho en salir camino del aeropuerto. La nevada había dejado un manto blanco sobre el asfalto que me hizo temer que afectara a la salida de mi vuelo. Si es que no se retrasaba debido a la huelga de pilotos y controladores aéreos…
El tráfico era infernal, menos mal que iba con bastante tiempo. Los vuelos internacionales me creaban cierta psicosis y siempre prefería llegar con antelación. Cuando faltaba casi un kilómetro para llegar a la terminal, el taxista confirmó lo que era una evidencia: no podíamos continuar a causa de las placas de hielo. Así que cogí mi maletón, y no sin dificultad empecé a caminar por el impracticable arcén.
Aquello era un caos… La gente se agolpaba en torno los paneles informativos y hacía cola ante los mostradores de facturación. Cuando por fin pude llegar, ya sin aire, mis peores presagios se hicieron realidad: mi vuelo a México había sido cancelado hasta nueva orden. No me quedaba más remedio que esperar, pues la situación podía resolverse de un momento a otro.
Me senté sobre mi maleta, ya que no quedaba ni un asiento libre. Saqué mi libro “El canalla sentimental”, armándome de paciencia. Una virtud de la que carezco, dicho sea de paso... Un par de horas después el tumulto de pasajeros en tierra aumentaba, así como la desesperación colectiva. Los paneles informativos no decían nada nuevo, y las colas ante los mostradores de la compañía eran kilométricas. Nadie daba la menor explicación, e incluso parte del personal de la aerolínea se dirigía con malos modos a los clientes que demandaban una respuesta ante tan funesto contratiempo.
La gente se desahogaba con desconocidos, unidos por la desgracia común. Muchos habían perdido conexiones, otros llevaban toda la noche en vela y estaban agotados. Algunos viajaban con niños pequeños, y se habían terminado los pañales del duty free… Había colas en las tiendas, en las cafeterías, en los servicios… La situación me recordaba a la película cubana “Lista de espera”, en la que un grupo de viajeros quedaban atrapados en una terminal de autobús. Lamentablemente, estaba sucediendo de verdad.
Ya era noche cerrada cuando una empleada de la compañía se dignó a informarnos de que estaban tratando de recolocar a los pasajeros, que los empleados se afanaban por despejar de nieve las pistas, y que en breve abrirían los mostradores de facturación. Unas tres horas después, tras una cola interminable, pude finalmente facturar mi maleta.
No tenía hambre, pero necesitaba darme una ducha más que respirar… Como eso no era posible, me tuve que conformar con asearme en los servicios. Cuando salí comprobé que se estaba organizando algo parecido a un motín, y la policía llegó dispuesta a sofocarlo. Mucha gente quería presentar quejas por escrito y hablar con algún directivo de la compañía, pero no se lo permitieron, acrecentando su indignación. Hubo pasajeros que se negaron a bajar de los aviones y tuvo que ir la Guardia Civil a sacarlos. De pronto apareció un piloto y lo querían linchar por apoyar la huelga… El pobre hombre les explicó que les querían imponer volar más de catorce horas diarias, y eso era inaceptable además de peligrosísimo.
Veinticuatro horas después seguíamos allí, ya en estado catatónico. La aerolínea nos ofreció ir a descansar a un hotel, asegurándonos que no saldría ningún vuelo hasta el día siguiente. Como era de esperar, no cumplieron su palabra. La crispación general alcanzó entonces límites insospechados, y muchos pasajeros se asociaron para presentar quejas legales.
Cuando llegué al Aeropuerto Internacional Benito Juárez del Distrito Federal, tras cuarenta y ocho horas de espera en el aeropuerto y doce de vuelo, pensé ingenuamente que la pesadilla había terminado. Pero mi gozo en un pozo… pues no había rastro de las maletas. Después de más de una hora fuimos informados de que llegarían en otro vuelo, lo que es completamente ilegal. Al salir a la calle me dirigí a la parada de taxis oficiales, pensando: “Lo que ahora te falta es que te atraquen”.
Este relato no es autobiográfico, pues me libré de la pesadilla por dos días. Pero como sabéis muchísima gente ha padecido las consecuencias de este cúmulo de factores desafortunados, entre ellos una amiga mía. Aún está esperando su maleta…

Mundología

Siempre me ha gustado esa palabra. A mi entender define el bagaje que se acumula a base de experiencias vitales, lecturas, viajes, conversaciones y otras muchas influencias. Suelo asociarla a gente de mente abierta, con la capacidad de asimilar lo que ocurre a su alrededor y aprender de ello. Y me gusta ese tipo de gente…
Si la cultura es lo que queda cuando olvidas lo que has estudiado, la mundología debe ser la pátina que permanece cuando has vivido con un mínimo de inquietudes. Y no tiene que ver con la preparación académica, sino más bien con la lucidez que permite sacarle el máximo provecho a los acontecimientos.
También significa estar al día en determinados aspectos, no necesariamente intelectuales. Existe un tipo de cultura que no se encuentra en los libros sino en la sociedad actual. No digo que pueda llegar a suplantar a la otra, pero ignorarla haría que nos quedáramos obsoletos y fuera de contexto.
Cuando decimos que alguien “tiene mundo” nos referimos a una persona leída y escribida, que se maneja con soltura en los más diversos ambientes y que puede hablar prácticamente de cualquier tema sin quedar en evidencia. Por lo general es gente interesante con la que resulta agradable relacionarse. La mundología implica esa cualidad de adaptarse a las circunstancias que para mí deriva del más elemental sentido común. Se desarrolla con el cúmulo de determinadas vivencias, pero requiere de una predisposición.
Me gusta pensar que cada año que pasa adquiero un poquito más de mundología. Desde que escribo por estos lares e interacciono con vosotros siento que me he enriquecido muchísimo. Es otra de las cosas que os tengo que agradecer…

Sonrisas

Vale, recojo el testigo. Nanilla, siempre me embaucas... Aunque admito que encontrar seis cosas que me hagan sonreír no es difícil. Trataré de ser original en la medida de lo posible, porque si nos dedicamos a repetir lo mismo esto es un coñazo.
Sonrío cuando veo sonreír a la gente que quiero. Eso me hace feliz… Hay personas que aunque vendan caras las sonrisas me hacen sonreír muchísimo.
Sonrío cuando pienso en cosas que me gustan. Retomar el libro que me tiene enganchada, hacer ese viaje que tengo en mente, ver a esa persona que me apetece ver… Sonrío cuando me ilusiono con algo y me monto la película. A veces disfruto más con la expectativa que con el hecho en sí.
Sonrío al recordar buenos momentos. Ahora, por ejemplo, me vienen muchos recientes a la cabeza. Y claro, estoy sonriendo… Uno de los mejores es la cara de mi sobri de tres años el día de Reyes.
Sonrío cuando alguien que me conoce muy bien me mira y sabe lo que estoy pensando… Sobretodo cuando adivina de qué me río. Como dicen en México, “quien solo se ríe de sus maldades se acuerda”. Me hace mucha gracia, porque suele ser así.
Sonrío cuando siento la cercanía (en el sentido más amplio del término) de una persona que me importa. Cuando percibo esa conexión que me recuerda que tenemos muchas cosas en común y me hace darme cuenta de por qué esa persona es especial para mí.
Sonrío al escribir para vosotros, porque sé que me leéis con cariño. Sonrío cuando escribo algo que sé que os va a hacer sonreír… Sonrío cuando os leo, especialmente cuando os noto contentos.
Afortunadamente, hay muchas más cosas que me hacen sonreír. Pero eran seis, ¿no?
Quisiera nominar a dos personas que me temo que no van a aceptar el reto, y no quiero ponerlas en un compromiso. Así que no voy a nominar a nadie, aunque me encantaría saber lo que os hace sonreír...

Reyes Magos

Siempre me ha gustado el día de Reyes. No he perdido la ilusión de recibir regalos, y me encanta hacerlos. Especialmente cuando acierto… Disfruto como una enana con la expectativa, con el ambiente, y con el clásico roscón.
Pero también le encuentro una faceta negativa, y es que marca el final de la temporada navideña. Para mí este año ha tenido un significado especial, así que me da mucha pena que termine… Han sido días intensos de reencuentros y agradables descubrimientos. Apenas he parado, pero tengo la plena conciencia de haber invertido bien el tiempo, y eso me deja muy tranquila. Tal y como sabía que ocurriría, se me han pasado en un suspiro. Ahora tan solo queda el recuerdo, que flota en el aire como un buen perfume. La satisfacción de haber disfrutado, y la ilusión de afrontar esta nueva etapa mexicana con las pilas cargadas.
Últimamente he escuchado con frecuencia la frase: “Dos meses pasan volando”, y estoy segura de que así va a ser. No os voy a negar que me da pereza volver. Más que nada porque se acaba lo bueno y porque el viaje es un poco palizilla... Pero sé que en cuanto lleve dos días allí estaré tan a gusto como lo he estado todo este tiempo. Me volcaré en mis obligaciones con la energía que me ha proporcionado este paréntesis y el deseo de aprovechar lo mejor que pueda este último jalón.
El que tanta gente se haya alegrado de verme y espere con impaciencia mi regreso me hace más feliz de lo que soy capaz de expresar. Eso sí que es un regalo, más mágico que los que vienen de Oriente... Así que como comprenderéis, no me siento con derecho a pedir nada más.
Feliz noche de Reyes a todos.

El año que fue

Lo mire por donde lo mire debo reconocer que este ha sido un buen año. Y además, un año memorable. No me ha tocado la lotería ni he conocido al amor de mi vida, pero en muchos aspectos las cosas me han salido a pedir de boca.
Dos circunstancias han determinado mi buena suerte. Una de ellas es mi estancia en México. Gracias a una serie de coyunturas favorables ha sido una experiencia totalmente positiva. Haber descubierto un país maravilloso, vivir independiente y lejos de mi ambiente, trabajar en lo que me gusta, haber encontrado a gente entrañable... han convertido estos últimos meses en una etapa muy especial que me ha aportado muchísimo.
La otra es escribir en Libro de Arena y todo lo que eso conlleva. En primer lugar, las amistades que he forjado y valoro enormemente. No me canso de decirlo, para mí es lo mejor de este blog a mucha distancia de todo lo demás. La comunicación asidua con muchas de ellas ha sido esencial para mí en este tiempo. Todo el que haya vivido en el extranjero me comprenderá perfectamente. Por muy integrada que estés, el nexo con tu gente y tu cultura es importantísimo. Y el haber podido contar con ellos a pesar de la distancia ha sido para mí un gran soporte. Como ya he dicho alguna vez, considero que tener amigos de los que merecen llevar ese nombre es todo un privilegio. En ese sentido, este año me he sentido más privilegiada que ninguno…
Siempre asocio esta canción con una noche mágica como la de fin de año, en la que lucimos nuestro mejor aspecto y desprendemos un brillo especial. Porque al igual que la ilusión de las novias se transforma en belleza, creo que la predisposición a recibir el año con el alma llena de deseos y proyectos también se refleja en nosotros.
Mi deseo es seguir compartiendo historias, vivencias y sueños con vosotros. ¡Feliz año nuevo a todos!

A casa por Navidad

Llevo varios días sin escribir aquí y lo echaba un montón de menos… Encima incomunicada con vosotros, que es aún peor. Como algunos ya sabéis estoy en Granada, disfrutando de las fiestas en familia. El reencuentro ha sido maravilloso, precedido por otro encuentro igual de maravilloso. O sea, que no puedo estar más contenta.
Aterrizar en Barajas me hizo sentir en casa. Después de un viaje agotador, con diez horas de retraso, llegué poseída por la euforia. En los días posteriores seguí sin dejar de sonreír como una idiota, pues estaba que no cabía en mi pellejo…
No olvidaré la sensación que experimenté llegando a mi ciudad… Cuando faltaban pocos kilómetros apareció ante mis ojos Sierra Nevada, completamente cubierta de nieve, con un tono anaranjado por el sol. Y fui consciente de cuanto había echado de menos esa imagen, tan familiar para mí.
Al llegar a mi casa fue un desmadre… Varias cosas no iban como deberían ir, pero estaba tan entusiasmada que hice un esfuerzo por abstraerme de tanto despropósito. Lo que más me agobió fue comprobar que estaba sin conexión a internet… Y es que cuando digo que estoy enganchada a estas páginas no exagero. El trato diario con algunos de vosotros se ha convertido en algo imprescindible en mi vida, y la sola idea de no tenerlo me provoca una ansiedad que para qué os cuento…
Esto es un no parar, pero ya venía mentalizada. Reuniones familiares, brindis con amigos, recorridos callejeros… Estoy como una niña con zapatos nuevos. Me falta tiempo para todo lo que quiero, me estresa un poco esta vorágine en la que me veo inmersa, pero ya sabéis que sarna con gusto no pica. Y estoy encantadísima con esta sarna… El simple hecho de ir al cine o tomar unas cañas con la gente que quiero es para mí un acontecimiento, pues es algo de lo que no he podido disfrutar estos meses atrás. Y no es que me queje, para nada… Me considero muy afortunada por haber vivido esta experiencia y sabéis de buena tinta lo a gusto que estoy en mi México lindo… Pero lo uno no quita lo otro.
Desde que he llegado he recibido más abrazos que nunca en mi vida… Y abrazos de verdad, de los que rebosan cariño y expresan la alegría de verme. Y yo, que soy más seca que la mojama, también he prodigado unos cuantos con la mayor sinceridad. No sé si será el espíritu navideño o la alegría de estar aquí, pero estoy pletórica...
Os deseo unas muy felices fiestas a todos. Tanto como las que yo estoy teniendo…

Las Meninas

Para Naná.
Se ha escrito tanto sobre “Las Meninas” que nada de lo que diga puede parecer original… Sabemos que es el cuadro más famoso de la pintura española y uno de los más famosos del mundo. Que Velázquez lo pintó al final de su vida por encargo de Felipe IV, que presenta unas innovaciones técnicas revolucionarias, y que está rodeado de enigmas. No me sorprende que a ti también te fascine… porque es uno de los más complejos e interesantes que existen.
Yo lo vi por primera vez cuando era una adolescente sin inquietudes ni formación artística. Y aún sin entender su genialidad, me dejó admirada. Con el paso del tiempo he afinado un poquito el paladar y he aprendido a apreciarlo mejor.
Técnicamente es perfecto. Sigue los principios de la proporción áurea, un sistema geométrico empleado desde la antigüedad. La sensación de profundidad que consigue con la iluminación lateral y la perspectiva aérea no la he visto en ninguna otra pintura. Esa forma de difuminar los contornos de los personajes en función de las capas de aire que hay entre ellos y nosotros va más allá del realismo.
Hay muchas interpretaciones sobre su significado: una exaltación de la continuidad de la monarquía (personificada en la infanta Margarita), un alegato de la nobleza del arte de la pintura (personificado en Velázquez)… todo ello, sin dejar de respetar el protocolo real.
También está lleno de curiosidades y mensajes: la cruz de Santiago que el pintor luce en su pecho fue añadida tras su muerte, según algunos historiadores por el mismo Felipe IV. Él anhelaba fervientemente ese reconocimiento, y parece ser que era justo eso lo que pretendía cuando se autorretrató. Esta hipótesis enlaza con la exaltación del oficio de pintor…
Y de incógnitas: ¿Qué está pintando Velázquez? ¿El aposentador entra o sale de la habitación? ¿Los reyes están posando, o han entrado a su estudio a verlo trabajar al igual que la infanta y su séquito?
Es un auténtico juego barroco, en el que el protagonista es el espectador. Hay quien opina que el cuadro es una metáfora de la vida de Velázquez, pues está lleno de secretos y no es no es exactamente lo que aparenta. Que en él está presente su afición a la cábala y las ciencias ocultas. Que también dejó constancia de sus conocimientos de astronomía. Que todo lo que vemos es producto de un juego de espejos. Que los reyes no son de carne y hueso sino un retrato… Todas estas opciones son factibles si tenemos en cuanta que Velázquez tenía una amplia formación intelectual.
Al margen de todas sus interpretaciones eruditas, es una pintura que respira vida. Con sólo observarla te sientes partícipe de la escena. Y esa magia no la provoca cualquier pintura... ¿verdad?

Escapada navideña

Tres semanitas de vacaciones navideñas no están nada mal. Así que hago el petate y me voy comerme los turrones en familia. Porque estas fiestas hay que pasarlas en familia, al menos tal y como yo las entiendo…
Después de varios meses lejos, la vuelta a casa me hace mucha ilusión. Ver a mi gente, volver a caminar por mi ciudad, reencontrarme con mis amigos… Tengo muchos brindis pendientes. Algunos muy muy muy especiales.
Aunque esté terminando el año aún no es momento de hacer balance. Pero sí quiero manifestar desde ya que México me ha tratado estupendamente. Y que aquí dejo amigos muy queridos de los que me acordaré durante estas fechas. Alzo mi copa de margarita por tí, Aura. Muy pronto volverá a chocar con la tuya. ¿Te he contado que voy a celebrar una noche mexicana en Granada? Llevo tequila como pa una boda, y los éxitos de José Alfredo...
Pues eso, que estoy feliz… Y que en cuanto llegue y me instale me veréis de nuevo por aquí. Si la conexión lo permite, claro…
HASTA PRONTO, MÉXICO LINDO…
¡HOLA, QUERIDA ESPAÑA!

Una carta para Elora

Querida Elo, en un día tan especial como hoy quiero desearte lo mejor… ¡Porque te lo mereces!
Tu presencia es un regalo en este libro. Me encantan tus historias por capítulos, que siempre me dejan con ganas de seguir leyendo… Tus anécdotas reales, sobretodo las que transcurren a bordo de un yate... Todo lo que nos cuentas y como lo cuentas… Has compartido con nosotros momentos buenos y malos, con una generosidad extraordinaria.
Pero si me gusta como escribes, aún me gusta más como eres. La dulzura y amabilidad de tus comentarios, tu humildad, tu carisma, tu simpatía…
Sabes que adoro tu tierra. Especialmente Santiago, una ciudad que también significa mucho para ti… Y que te debo una visita, ¡pero te recuerdo que tú también me la debes a mí!
Es un honor tenerte como amiga. Me has demostrado que lo eres… Desde el principio congeniamos estupendamente, y cuanto más te conozco más valoro tu amistad. Te admiro por lo que está haciendo, ya te lo he dicho… No dejes nunca de ser como eres, ¿eh? Te quiero mucho.
Treinta tacos no son nada, Elo, tienes toda la vida por delante... Y me encanta lo bien que los llevas. Te confieso que para mí fue más traumático. Pero es una barrera psicológica, tú lo sabes. ¡Que cumplas muchos más y lo sigas celebrando con nosotros!

Mis nueve versos

Para Naná y Violette
Esto me cuesta, chicas. Pero más me cuesta deciros que no… Así que ahí va:
Soy un mar en calma que puede perderla
Un disfraz de dureza
Un libro abierto con lenguaje encriptado
Soy un cúmulo de sueños
Un laberinto de impaciencia
Una veleta en función del viento
Soy un pozo profundo
Una rosa llena de espinas
Una sonrisa que muestra sin mostrar

In vino veritas

En el vino está la verdad, que decía Plinio el Viejo. Pues sí, todos lo hemos comprobado… Una copita de lo que sea actúa como un catalizador. Mientras no superemos un límite, el efecto es directamente proporcional a la cantidad ingerida. Suelta la lengua y nos ayuda a desinhibirnos. Nos vuelve más sociables y extrovertidos de lo que solemos ser. Las barreras impuestas por la educación, la timidez o la natural reserva a mantener ocultos ciertos pensamientos van cayendo sin que nos demos apenas cuenta.
Ese estado de leve intoxicación etílica nos hace sentir a gusto, porque saca nuestra parte más divertida y sincera: la que se atreve a decir casi cualquier cosa sin temer las consecuencias, se expresa con mayor libertad y revela un dominio de las situaciones que normalmente no tenemos.
Me refiero a ese punto en el que pasamos de formalidadades y mostramos nuestro yo más auténtico. El punto siguiente sería la pérdida de control, y ese ya es más peligroso. A veces nos lleva a hacer o a decir cosas que lamentamos después. Incluso a cometer locuras, algunas maravillosas y otras no tanto...
Creo que una reunión de amigos en la que se bebe moderadamente es mucho más animada, pues el alcohol favorece la comunicación. Nos pone contentos, expresivos, abre nuestras almas como los mejillones al vapor (he robado esta analogía de “Un toque de canela”, porque me parece muy elocuente).
Beber a solas no es tan recomendable, pero también puede ayudar en un momento dado a sentirse mejor. Puede relajar, reconfortar, inspirar… Siempre en su justa medida, claro. Cuando nos pone sensibles el efecto es el contrario.
Aunque pueda parecerlo no estoy haciendo una apología del alcohol. Sé que algunos de vosotros no lo probáis y me parece fantástico. Yo realmente, a parte de cerveza poco más tomo. Me encantan las margaritas, los gin-tonics, los cubatas, el pacharán, la crema de whisky… pero los bebo muy esporádicamente.
Me divierten mucho los tequilas virtuales y las fiestukis que nos montamos, pero no lo saquéis de contexto. Ya sabéis que los borrachos nunca mienten...

Un ángel llamado Violette

Para Violette, deseándole un feliz cumpleaños con todo el cariño que me inspira.
Las cosas no podían haberle salido peor… El chico caminaba a toda velocidad para entrar en calor, rumiando su angustia. Resonó un trueno, y en cuestión de segundos empezó a gotear. Una melodía llegó a sus oídos y lo hizo detener sus pasos. Eran notas de jazz, provenientes de algún local cercano… Miró a su alrededor hasta que lo encontró: “Club de Jazz Violette”. Como atraído por un imán, se adentró en su cálido interior.
Enseguida sus ojos se acostumbraron a la penumbra. En el escenario, un grupo tocaba llenando la sala de magia. Eligió un lugar apartado pero con buena visibilidad y pidió un whisky con hielo. El primer trago calentó su espíritu. Ese ambiente lo reconfortaba, era como estar en el cielo. Deseó tener a alguien con quien hablar, era lo que más necesitaba en esos momentos.
Como si hubiera escuchado su súplica, una chica que parecía salida de una película de cine negro se acercó a su mesa. Su porte elegante y aire sereno resultaban tan seductores como su belleza. El chico no podía creer que aquello fuera real, no después del día que llevaba.
- ¿Puedo sentarme? –preguntó la aparición.
- Por favor…
- Mi nombre es Violette Lefleur –se presentó, con expresión dulce-. He sentido como si me llamaras…
- Así es, aún sin saberlo. Me encanta tu club…
- Eres bienvenido.
Empezaron a hablar con total naturalidad. Las notas de jazz invitaban a las confidencias… Ella parecía leerle el pensamiento, así que no le costó contarle lo que lo tenía afligido. El peso que tenía sobre los hombros pareció ir evaporándose. Era tan agradable sentir que alguien lo comprendía… La conversación fue derivando hacia otros temas. Cuando le dijo que era arqueólogo, su amable anfitriona se reveló como una experta en la materia. Poco después descubrió que también escribía. Y algo le decía que alguien con su sensibilidad y agudeza debía ser una escritora excepcional. Para colmo, estaba aprendiendo italiano igual que él. Aquello eran demasiadas casualidades…
Cuando ella dijo que debía marcharse, él volvió a tener la sospecha de que no pertenecía a este mundo.
- ¿Te veré mañana? –preguntó esperanzado.
- Nunca se sabe… -dijo, alejándose con una sonrisa misteriosa.

¡Qué duro es ser diva!

Para Aura, que me soporta sin perder la sonrisa.
Aunque os cueste creerlo, esta vez las divas más divas de la Ciudad de las rosas no se fueron de fiesta. Existe un concepto de frivolidad asociado a ellas, y no pueden consentirlo más… que esas cosas marcan de por vida y hay una reputación que mantener. Así que decididas a quitarse la etiqueta, se sumergieron de lleno en la intelectualidad. Después de echarse unas cervecitas, claro…
El lugar elegido para llevar a cabo su noble propósito fue la Feria Internacional del Libro. La mayor reunión del mundo editorial en español, con más de 1700 editoriales de más de 40 países. Terapia de choque, jeje…
Las dos posaron en uno de los stands, para que veáis que entraron de verdad. Que hay mucha desconfianza en estas arenas… Y por si fuera poco las pobres criaturas arrastran también el sambenito de embusterillas. Qué injusta es la vida…
Tras la FIL asistieron al ateneo. Ya sabéis, esa reunión cultural que organiza el hermano de la diva mexicana en la que ni se ríen, ni beben alcohol ni ná de ná. Y como se celebró a la intemperie por poco mueren de hipotermia. El precio de la sabiduría, que le vamos a hacer…
El baño de cultura las dejó neuronalmente agotadas, así que el domingo no tuvieron más remedio que ir relajarse al lago de Chapala, el más grande de México. Es una zona de veraneo, llena de preciosas villas de finales del siglo XIX y principios del XX. Allí dieron un agradable paseo a caballo, derrochando estilo.
Como véis, no es nada fácil ser diva...`

El escritor (final)

Para Violette, Paqui, Nanilla, Elo, Argia, Princesalidia, Arethusa, Airu, Marga… y todos los que habéis seguido esta historia. Con mucho cariño.
Marcos se levantó a abrazarla sin decir palabra. A ella tampoco le salía la voz del cuerpo. Sentía las mejillas arreboladas y el pulso más acelerado de lo normal.
- Cómo me has hecho llorar, condenada…
- ¿Tan malo te ha parecido?
- No digas eso ni en broma. Estoy fascinado, Clara. No imaginas lo que ha sido leer tu libro y verme a través de tus ojos, como me ha conmovido el cariño que se desprende de cada página…
- El que tú te mereces. Qué alegría me da verte aquí…
- Tenía que decírtelo en persona.
- No era necesario, pero te lo agradezco mucho. ¿Vamos dentro? Tengo limonada fría…
Mientras trasteaba en la cocina, él la observaba dejándola hacer.
- Mi editor está entusiasmado –dijo de pronto-, espera tu autorización para publicarlo.
Ella se volvió, con la jarra en la mano.
- ¿Te estás quedando conmigo?
- Mujer de poca fe… Ya verás –dijo, sacando el móvil de su bolsillo y dispuesto a marcar.
- ¡Vale… te creo! Es que no esperaba algo así…
- El material es de primera, no debería sorprenderte tanto.
- Pues estoy alucinando, qué quieres que te diga…
- Que aceptas.
- La decisión es tuya, Marcos. Es tu vida la que está en esas páginas.
- Y la tuya.
- Pero yo he contado sólo lo que me apetecía contar y desde mi óptica. El que está expuesto sin haber tenido la opción de intervenir eres tú.
- Ni siquiera yo mismo podría haberme tratado con más consideración…
- Son vivencias muy personales, entendería que no quisieras que trascendieran. Te aseguro que ese no ha sido mi objetivo al escribirlo.
- Ya lo sé. Te conozco mejor de lo que crees… Pero escúchame, Clara. No es que te autorice a publicarlo, es que me encantaría que lo hicieras. Tu texto permitiría a los lectores conocer una faceta mía que ninguna entrevista puede plasmar. Además, el que no viera la luz me parecería una pena.
- Si eso es lo que crees, me haría mucha ilusión que se publicara.
- Pues ni media palabra más. Esto hay que celebrarlo, ¿no?
Se arregló a toda velocidad, nerviosa por tenerlo en su salón. Si le molestaba esperar, aún le molestaba más que la esperaran a ella. Todavía no había asimilado lo que estaba sucediendo, y la euforia se mezclaba con la incertidumbre.
Ajenos a las miradas curiosas, ambos caminaron el pueblo rememorando tiempos pasados. Subieron a la iglesia a contemplar la puesta de sol, y terminaron su recorrido en una terraza abarrotada de flores donde brindaron con un ribeiro helado. La mirada de Marcos le hizo adivinar que se traía algo entre manos.
- Ha llegado el momento de decirte algo, Clara. No puedo callármelo más…
- Vas a acabar conmigo…
- He comprado mi antigua casa, ayer mismo firmé las escrituras.
- No lo puedo creer…
Solía desconfiar de las buenas noticias, y dos alegrías de ese calibre en el mismo día era demasiado.
- Bueno, ya estoy acostumbrado a que dudes de mi palabra –bromeó-. Pero es verdad. He venido para quedarme.
- ¿Y tu trabajo? ¿y tu familia?
- ¿Te parece que puede haber un lugar mejor que este para escribir? Cuando tenga que desplazarme lo haré sin problema. En cuanto a mi familia, las cosas han cambiado. Mi mujer y yo hemos decidido que seremos más felices cada uno por su lado. Las niñas pasarán temporadas conmigo, pero en estos momentos es mejor no sacarlas de su ambiente.
- Lo siento… Pero me alegro tanto de que volvamos a ser vecinos…
- Y aún tengo que decirte otra cosita.
Ella se llevó la mano a la frente y suspiró, superada por la situación. Si ese día no le daba un infarto ya no le daría nunca.
- No sabes cuanto te he echado de menos.
- Pues vas a tener que contármelo, ¿no?

El escritor V

La llegada de la primavera trajo un aire cargado de frescos aromas y dulces presagios. Cuando terminó de imprimirse la última página, Clara las guardó todas en un sobre y se encaminó con él a la oficina de correos. Desde que había empezado a escribir esa historia, varios meses atrás, tenía perfectamente claro lo que deseaba hacer con ella. Sólo podía tener un destinatario.
No había tenido noticias de Marcos en todo ese tiempo, e intentaba convencerse de que era lo mejor. Él tenía su vida, bastante complicada de por sí. Ella no tenía ningún derecho a complicársela más todavía. Un contacto, por escueto que fuera, probablemente le hubiera generado unas expectativas absurdas que a la larga la habrían hecho sufrir. Habría querido cada vez más, y se resistía a vivir en un perpetuo estado de ansiedad. Empezaba a lograr un equilibrio, y no estaba dispuesta a perderlo. No mientras pudiera evitarlo.
Los días siguientes se sintió desorientada, como si le faltara algo. Ese proceso de introspección había sido el mejor remedio para sobrellevar la ausencia de Marcos. Sabía que no era ni lógico ni conveniente recordarlo tanto, pero no podía evitarlo. Esas horas que habían compartido habían bastado para darse cuenta de que añoraba su cercanía. Leer sus libros y seguir algunos de sus movimientos ya no era suficiente.
Se le caía la casa encima, así que daba largos paseos por los alrededores del pueblo. Todo estaba verde y lleno de flores. Mil ideas acudían entonces a su cabeza. No podía permitirse seguir sin trabajar, tendría que buscarse algo o aceptar la oferta de la revista de colaborar a distancia. También pensaba en cómo reaccionaría Marcos cuando recibiera los doscientos cincuenta y cuatro folios que le había enviado. Como le explicaba en la nota que había adjuntado, solo era la expresión escrita de sus recuerdos, sin más pretensión que la de regalárselos en señal de gratitud.
No conocía ese todoterreno negro que había aparcado delante de su casa. Tampoco recordaba haber dejado la verja abierta. En cuanto entró y vio quien estaba sentado junto a la puerta lo entendió todo.

El escritor IV

El tiempo había pasado volando. Cuando salieron del restaurante casi anochecía, y el sonido del río era lo único que rompía el silencio.
- ¿Sabes? No recuerdo la última vez que me sentía tan a gusto con alguien. Ha sido maravilloso volver a verte, Clara. Este reencuentro me ha hecho pensar en muchas cosas.
Ella tenía un nudo en la garganta. Odiaba las despedidas, especialmente cuando eran indefinidas como esa.
- ¿En cuales? -se aventuró a preguntar. Aunque quizás lo lamentara después, necesitaba saberlo.
- En mi realidad. En como me he desvinculado de todo esto sin darme cuenta. Ahora siento una nostalgia que me parece desconocida. No porque no existiera, sino porque estaba demasiado ocupado para prestarle atención. Aquí están mis raíces, mi memoria sentimental. Y tú formas parte de ella.
- Ya te he dicho el lugar que tú ocupas en la mía. A mí me ha llevado años moldear mi realidad. Me he dejado llevar por tantas cosas… He cometido errores, y sigo pagando el precio de algunos.
- Lo veo en tus ojos.
No quería seguir por ahí, no en ese momento…
- Casi me olvido… –dijo, abriendo su bolso.
Marcos contempló la foto con deleite.
- No la conocía…
- Nos la hizo tu padre, con aquella cámara que tú le regalaste. Hace una eternidad.
- ¿Puedo quedármela?
- Es tuya.
- Gracias. Odio decir esto, pero tengo que irme…
- Lo sé.
- Cuídate mucho, ¿vale?
- Si tú me prometes lo mismo.
Se fundieron en un abrazo que él prolongó más de normal. Ella se mordió la lengua para no preguntarle si volverían a verse. No quería presionarlo ni forzarlo a mentir. Y la posibilidad de escuchar una respuesta que no fuera de su agrado le aterraba.
Llegó a casa con una opresión que casi le impedía respirar. Se dio un baño relajante que la ayudó a entrar en calor pero no consiguió aliviar su desazón. Necesitaba ocuparse con algo, así que se puso a limpiar la cocina hasta dejarla como los chorros del oro. Cogió un libro, pero fue incapaz de leer. Encendió la tele, y acabó apagándola a los diez minutos. Dio vueltas por la casa como una leona enjaulada. Detestaba sentirse así, a lo que se añadía la frustración de no poder controlarlo. Se echó en la cama, tratando de dejar la mente en blanco. Permaneció unos minutos inmóvil. Hasta que supo lo que tenía que hacer.
Se instaló en el escritorio provista de un taco de papel rayado y su vieja Mont Blanc, que reservaba para momentos especiales. Encendió una vela aromática de vainilla. Tomó aire y escribió, con pulso ligeramente tembloroso: “Cuando conocí a Marcos Arellano, yo tenía doce años y ganas de comerme el mundo. Mi padre era maestro de escuela y había sido destinado a ese pueblo, con el consiguiente traslado de toda la familia. Lo primero que veía cada mañana al abrir mi ventana era una casa enorme con una palmera ante la fachada, que parecía sacada de una historia de misterio. Mi mente infantil la imaginaba llena de tesoros, y no andaba muy desencaminada…”.

El escritor III

La mañana amaneció luminosa, algo que siempre la llenaba de ánimo. Había descansado bien, se sentía fresca y entusiasmada como una niña pequeña. Mientras tomaba un café y ojeaba el periódico, Clara planeó mentalmente lo que haría a continuación. Era una vieja manía. Hiciera lo que hiciera, siempre tenía la cabeza en otra parte.
El vestido rojo le pareció un poco excesivo, así que se decantó por un traje sastre verde oscuro que siempre le daba buen resultado. Se maquilló discretamente y se aplicó un toque de su perfume favorito. No quería ofrecer una imagen demasiado sofisticada. Probablemente él estaba acostumbrado a deslumbrar a las mujeres, y ella no tenía el menor interés en formar parte de ese club. Lo admiraba profundamente, pero con otros criterios. No le impresionaba su fama, sino su personalidad. Además, no olvidaba que estaba casado. Para nada pretendía seducirlo ni darle esa impresión.
Afortunadamente, el asador estaba tranquilo. No hubiera soportado el revuelo a su alrededor… Al verlo allí sentado, bebiendo una cerveza mientras la esperaba, le pareció que el tiempo no había pasado. Marcos sonrió y se levantó para recibirla. Cruzaron un par de frases de cortesía, mientras hojeaban la carta con parsimonia. Pero a medida que paladeaban el vino la conversación fue tomando un tono más personal.
- Cuéntame… ¿qué ha sido de tu vida? Porque imagino que tú estarás al tanto de la mía…
- Más o menos. Debe dar vértigo estar tan expuesto, ¿verdad?
- Sí, y mira que he tenido tiempo para acostumbrarme. Detesto ser conocido, pero soy muy consciente de que forma parte del juego. Yo vivo de esto…
- Lo entiendo. Y te admiro por ello…
- A todo se acostumbra uno. ¿Y tú? –insistió.
- Yo… descubrí un mundo nuevo en tu casa. Y esa niña destinada a llevar una existencia anodina en este pueblucho montañés quiso estudiar una carrera, conocer mundo, ser independiente…
- ¿Y lo logró?
- En cierto modo sí. Hasta hace poco vivía en Madrid y trabajaba en una revista. No me desagradaba, pero había dejado de motivarme. Además arrastraba un matrimonio que ya no me hacía feliz. Me faltaba el aire, y llegó un día en el que no pude soportarlo más. Entonces rompí con todo y me vine para acá.
- Qué valor…
- No te creas, es puro instinto de supervivencia.
- ¿Y ahora, eres feliz?
- Estoy en ello. Al menos me siento en paz conmigo misma. Hago lo que quiero hacer, tengo la conciencia tranquila en ese sentido. Escribo para exorcizar mis demonios. No soy buena, pero siento alivio al hacerlo…
- Cómo que no eres buena… Apuesto a que sí.
- Te agradezco la confianza, pero no puedes saberlo. ¿En qué te basas?
- Una persona con tus cualidades no puede escribir mal. Con trece años leías literatura compleja y la asimilabas de maravilla. No he visto nada igual… Tus comentarios, tu ansiedad por aprender, cómo te brillaban los ojos cuando entrabas a la biblioteca. Deslumbrabas, como deslumbras ahora.
Nunca se le había dado bien aceptar elogios, y no pudo evitar enrojecer. El camarero sirvió los platos, pero casi ni repararon en ellos.
- Ya hemos hablado demasiado de mí. ¿Qué me dices de ti?
Él sonrió con cierto cinismo y bebió un trago de vino antes de contestar.
- Tengo el privilegio de poder dedicarme a lo que más me gusta. En realidad, a lo único que sé hacer. A parte de eso, vivo bajo la presión de la editorial y esclavo de los índices de ventas, que son los que deciden mi continuidad en el negocio. No es fácil mantenerse…
- Lo imagino, pero el público te adora.
- Hoy, mañana quien sabe. Este es un mundillo cruel…
- No lo dudo. Aunque supongo que tu familia será un gran apoyo.
Su expresión se ensombreció levemente. Permaneció callado unos segundos antes de contestar.
- Mis hijas sí. Mi mujer está más interesada en asistir a fiestas y aparecer en las revistas que en mí.
- Lo siento.
A esas alturas, con una copa de pacharán en la mano, fue consciente de que estaban entrando en un terreno en el que no se sentía cómoda. El vino y la alegría de reencontrarse habían abierto la veda de las confidencias y empezaba a perder el control. Él tenía que marcharse y no sabía si volvería a verlo. Más valía mantener los pies en el suelo.

El escritor II

El escritor se la quedó mirando, sorprendido de que no le ofreciera un ejemplar de su novela para firmárselo. Ella le dio la enhorabuena y esperó inútilmente alguna señal de reconocimiento. Por un momento se planteó si había hecho bien en acudir. A veces era preferible quedarse los recuerdos…
- ¿Sabes que me resultas muy familiar? –dijo él al fin.
- Éramos vecinos, pero hace ya tanto de aquello… Supongo que he cambiado mucho.
La escrutó detenidamente y se cubrió la cara con las manos, avergonzado.
- Perdóname, por favor… Por supuesto que te recuerdo. Clara... Eras la niña más lista que he visto en mi vida… ¿Cómo estás?
- Voy tirando. La vida no me sonríe tanto como a ti, pero tampoco puedo quejarme.
- Yo te encuentro estupenda.
- Siempre me viste con buenos ojos.
- No te quites méritos…
- Me alegro mucho de tu éxito, Marcos, te lo mereces. Quería darte las gracias.
- ¿Las gracias? ¿Por qué?
- Por todo lo que aprendí a tu lado. Por los horizontes que me abriste… Sé que te va a sonar exagerado, pero yo no sería la misma persona si no te hubiera conocido.
Él se quedó lívido, impresionado por su declaración.
- ¿En serio? Pues no sabes cuanto me alegro... Para mí los ratos que compartimos fueron muy agradables, jamás imaginé que pudiera marcarte tanto…
- Me parece que te están esperando –dijo ella, al advertir la mirada impaciente del alcalde-, y yo te estoy entreteniendo. Solo quería que lo supieras.
- Las autoridades me llevan a cenar, me están tratando a cuerpo de rey. Pero me encantaría seguir hablando contigo… ¿Podemos vernos mañana?
- Si no tienes nada mejor que hacer…
Él sonrió, inclinando la cabeza en gesto de reprobación.
- No digas eso… será un placer. Mi avión sale a las ocho, me sobra tiempo. Te invito a comer y recordamos viejos tiempos, ¿te parece?
Esa noche tampoco pudo escribir. Se sirvió una copa de vino y se arrellanó en el sofá. Necesitaba estar a solas con sus pensamientos... Se sentía aliviada por haber podido manifestarle lo que hacía tanto que deseaba manifestarle. También por haber comprobado que seguía siendo tal y como lo recordaba, que la fama no lo había cambiado. Su imagen pública era la de un tipo celoso de su intimidad, poco amigo de exhibicionismos. Sin embargo había sido cercano con todo el mundo, y con ella se había mostrado bastante afectuoso a pesar del tiempo transcurrido.
De pronto recordó algo y se levantó. Sí, tenía que estar por alguna parte… La costumbre de guardar todo en cajas resultaba práctica en casos como ese. Revisó una tras otra, sin éxito. Entonces cayó en la cuenta. Fue a la estantería y rebuscó ansiosa entre los libros. Allí estaba, la primera novela publicada de Marcos Arellano. Entre sus páginas encontró un recorte de periódico, ya amarillento, con una crítica favorable. Y un poco más adelante, una vieja fotografía que extrajo como si fuera un tesoro. En un jardín con árboles frutales, un joven posaba sentado en una butaca de mimbre. Junto a él, una niña permanecía de pie y apoyaba la mano en su hombro. Recordaba esa tarde de verano como si hubiera sido ayer…

El escritor

Al entrar en casa se sintió reconfortada de inmediato. Fuera, el aire gélido removía las hojas secas y cortaba como una cuchilla. Encendió la chimenea, se preparó un té, y se sentó junto a ella tratando de serenarse. Esa noche no podría escribir. No después de lo que acababa de saber… En los pueblos las noticias vuelan, y todo el mundo andaba revolucionado con esta. Él había vuelto, presentaría su nueva novela al día siguiente en el Ayuntamiento.
Desde que se había convertido en un escritor de éxito, seguía de cerca su trayectoria. Compraba sus libros, leía sus críticas y entrevistas, e incluso estaba al tanto de los avatares de su vida personal que no escapaban a la implacable prensa del corazón.
Mantuvo la taza entre las manos para calentárselas, a falta de un remedio que calmara el frío interior. Se vio a sí misma de niña, fascinada por ese muchacho diez años mayor que leía y escribía como si no hubiera otra cosa en la vida. Agazapada tras la ventana de su cuarto, observaba la luz proveniente de la de su vecino hasta altas horas de la noche. Le suscitaba tanta curiosidad…
Un día, mientras leía en el jardín, cayó a sus pies un avioncito de papel en el que estaba escrito: “Así que te gusta leer… Ven a mi casa”. Hecha un manojo de nervios había tocado a la puerta de ese caserón de indiano. Estar allí dentro era como un sueño. Había fantaseado con ello tantas veces… Él le había enseñado la biblioteca que fuera de su abuelo, poniéndola a su disposición. Había salido de allí con “El diario de Ana Frank” bajo el brazo, el primero de una larga lista de préstamos. Presa ya del veneno de la literatura, esas visitas se habían vuelto imprescindibles. Cuánto había llovido desde entonces…
Después él se había marchado a trabajar a una ciudad de provincias. Al poco tiempo su familia había vendido la casa, rompiendo el único vínculo que lo unía al pueblo. Ella se había ido a estudiar fuera. Se había casado, se había divorciado, había dado tumbos de un empleo a otro. Y en el momento de mayor desorientación de su vida había decidido regresar a su lugar de origen y dedicarse a escribir.
A menudo pensaba en él. Muy poca gente le había inspirado ese sentimiento de gratitud y admiración. Era la primera persona que le había dicho que tenía talento y debía aprovecharlo. Sin saberlo, había impulsado su vida en una determinada dirección.
El día trascurrió marcado por los nervios. Se arregló con esmero y acudió puntual a la presentación. Al verlo entrar en la sala, sintió un cosquilleo de emoción. Parapetada entre el público, lo observó con detenimiento. Tenía las sienes ligeramente plateadas y alguna que otra arruga de expresión surcaba su rostro, pero se conservaba bien en términos generales. Sus ojos seguían desprendiendo esa luz que le había llamado la atención desde que lo conoció.
En cuanto terminó el acto, la mayoría de la gente se le acercó en busca de un autógrafo. Ella esperó pacientemente a que se fueran dispersando, y entonces se puso en pie. Habían pasado casi veinte años, ¿la recordaría?
Continuará...

Cuestión de confianza

Cada vez valoro más a la gente en la que puedo confiar. Yo no soy muy dada a contar mis cosas, elijo muy bien a quién se las cuento. Además, soy tirando a escéptica en casi todo. No es que piense mal, sino más bien mi talante cauteloso.
Hay personas que me inspiran confianza instantáneamente. También están las que la van consiguiendo poco a poco. Y las que cumplen ambos requisitos: me dieron buen feeling desde el primer momento, y a medida que las trato voy confirmando mi intuición. Algunas de ellas andan por aquí, pero no las voy a nombrar porque saben perfectamente quienes son. Del resto de las categorías del ranking prefiero no hablar, que no estoy yo para negatividades.
Confiar en alguien es saber que te escucha, que le importas, que no te va a fallar. Y eso no tiene precio. Estas personas ocupan un lugar especial entre mis afectos y cuentan con una serie de prerrogativas que se han ganado a pulso. Yo doy la cara por ellas, las defiendo hasta de sí mismas si es necesario. Porque me han demostrado que se lo merecen y porque sé que ellas hacen exactamente lo mismo por mí.
Alguien de confianza te incita a contarle prácticamente cualquier cosa con la tranquilidad de que no lo va a divulgar. Te sientes con la libertad de darle una opinión sincera, sabiendo que no se va a ofender. Puedes recurrir a ese alguien, con la certeza de que te van a responder tal y como tu esperas.
Igual que amor con amor se paga, confianza con confianza se paga. Si alguien deposita su confianza en mí me siento en la obligación de no defraudarla. Y no porque sea lo justo, sino porque lo contrario sería como despreciar un regalo. Que me digan “creo en ti”, ya sea con palabras o con hechos, me parece lo más bonito que me pueden decir.

Un defectillo

Que me lo haga mirar, me dice… A ver, si lo mío un problema no es… un defectillo si acaso… Quién no tenga uno que tire la primera piedra, pero no me vaya a dar a mí…
Digo, llamarme maruja cleptómana… Total, por un pestilográfica de esas, que no sabe ni cuantas tiene… Como se ha puesto la tía, que echaba espuma por la boca… Un regalo especial, un regalo especial… ¡Pues aquí la tienes hija, que parece que te va la vida en ello…!, le he dicho. Te la metes por donde te quepa… Encima va y me llama ordinaria, la madre que la parió… Y que pa qué coño la quiero, si soy una palurda analfabeta… No le he pegao dos hostias porque soy una señora… ¿Pues no es que me ha revisao el bolso la so cabrona? Mucho título tendrá, pero de modales anda más corta que las mangas de un chaleco… Qué falta de incultura, de verdá… Y que de quien son las llaves del Audi si no sé conducir, que por qué llevo un biberón si mi Juan ya fuma canutos, que de donde he sacao un cáliz de plata… ¿Y a ella qué carajo le importa? Ni que lo fuera a heredar…
Yo le digo al teraputa de la seguridá social que vengo a que me cure la robomanía y se descojona en mis narices, vamos… Si es que no lo puedo evitar, es que se me pegan las cosas a las manos… Que me hablan y todo… Me dicen “Peeeeeepa, lleeeeeévame contigo…” y no me puedo resistir. Pa mí que es por haber sido una niña de posguerra, cuando no había barbis ni nada… Si es que tantas carencias es lo que tienen, que luego te vuelves agonías… Además, en algo me tengo que entretener, ¿no?
El caso es que veo un móvil y me entra por los ojos aunque ya tenga treinta y dos… o un petrés de esos que llevan canciones dentro, aunque no están las que a mí me gustan: Camela, el Fary, los Chunguitos… pero bueno, a caballo regalao... La emoción de meterme cucharillas de café en el moño es lo que me mantiene a mí con vida. En tres días consigo la cubertería completa… Y me digo: si es que eres un lince, Pepa, lo que se ha perdío el efebeí… En el Corte Inglés me vuelvo loca... Me dice mi Juan: “Omaaaá… que un día te van a grabar con una cámara y nos vas a buscar la ruina…” Pero yo le contesto: “¿A ti te falta de algo? ¿acaso no te traje tus zapatillas naic y tus videojuegos? Pues a callar la boca”. Si es que ni tener un jobi la dejan a una…

Un toque de canela

No sé qué tienen las historias de amores imposibles que tanto nos gustan Quizás ese componente de infelicidad que nos conmueve y nos ayuda a identificarnos con los protagonistas. Si encima trascurren desde la más tierna infancia, marcadas por una serie de circunstancias adversas y un sentimiento que se fortalece con los años, el nudo en la garganta está asegurado.
Fanis y Saime se hacen amigos en el desván de la tienda de especias del abuelo de Fanis, en el mercado de Estambul. Entonces hacen un pacto: él cocinará para ella y ella bailará para él.
La familia de Fanis tiene que trasladarse a Grecia y son separados… Cuando vuelven a encontrarse, muchos años después, ninguno ha olvidado al otro. Pero no pueden estar juntos…
Ante esta impotencia, que se traslada al espectador, una se pregunta: ¿Vale la pena un amor así? Cuando un sentimiento no es correspondido sólo provoca ansiedad y sufrimiento. Pero, ¿y si es correspondido pero no puede materializarse? Pues quizá sea aún más doloroso… Porque cuando es unilateral no hay vuelta de hoja, pero renunciar a él sabiendo que existe por ambas partes debe ser terrible.
Esa escena en la estación de tren me mata. Casi sin palabras, ambos se resignan a perderse. O más bien a no darse una oportunidad, porque no se puede perder lo que no se ha tenido…
Cuando Fanis, hecho polvo, acude a la tienda de su abuelo y le asaltan los recuerdos, pienso que por mucho daño que hagan siempre es mejor tenerlos que no. Aunque las ilusiones se queden en el camino, han alimentado nuestra alma en un momento determinado y eso basta para darles sentido.

Loqueyotecontara II

(Primera parte en el blog de Naná)
La recién llegada, una joven guapísima con una media sonrisa dibujada en el rostro, encendió un cigarrillo mientras yo llenaba las copas con el mejor tequila jalisqueño. Algo me decía que sabría apreciarlo…
- Pues usted dirá…
- Soy la detective Lantier. Estoy buscando a un tipo que según mis informaciones es cliente asiduo de este local: Loqueyotecontara. Lo conoce, ¿verdad?
Vaya si lo conocía… éramos amigos desde que había abierto la cantina, unos meses atrás. Venía varias veces a la semana, y entre tequila y tequila charlábamos hasta la madrugada.
- Perfectamente. No le habrá pasado nada…
- Eso trato de averiguar. Está en paradero desconocido. Y hay una mujer que lo está buscando.
Imaginaba de quien se trataba. Loque me había hablado de una belleza morena que regentaba un club de jazz. Estaba segura de que era ella, al igual que estaba segura de haber visto antes a la detective Lantier. Tenía algo que me resultaba tan familiar…
- Comprendo. Pues hace dos noches estuvo aquí. Se sentó en ese extremo de la barra, con su inseparable cuaderno. Yo lo dejé escribir, pues me pareció que estaba inspirado. Le llevé una botella de su tequila favorito, Centenario Añejo, y un guacamole que ni tocó.
Rellené las copas y brindamos a la salud de Loque.
- ¿De qué hablaron? Disculpe que se lo pregunte tan directamente, pero es importante para la investigación.
- Me dijo que tenía un asunto entre manos, pero que de momento no me podía adelantar nada. Los ojos le brillaban con intensidad… Y me dejó muy intrigada.
En ese momento entró un chico y tuve que atenderlo, pero enseguida regresé con la detective. Advertí que no nos quitaba ojo de encima, sobre todo a mi interlocutora. Seguramente, también había percibido su perfume.
- ¿Cómo lo definiría?
- Como un tipo simpático, ingenioso, con una increíble vocación de escritor.
- ¿Conflictivo tal vez?
- Para nada. Tranquilo, sensible, inteligente…Un buen amigo. Se desahogaba conmigo, aunque el otro día lo noté más hermético de lo habitual.
- Le voy a dejar mi tarjeta. ¿Me avisará si vuelve a aparecer por aquí?
A lo mejor si se hubiera tratado de otra persona mi respuesta habría sido distinta, pero esa chica me inspiraba confianza.
- Descuide –le prometí, ofreciéndole un tercer chupito de tequila-. ¿Me permite una sugerencia?
- Por supuesto...
- Pregunte en el bar "La esquina de Alma". A Loque le encanta frecuentarlo...
- Pues ahora mismo voy para allá.
Jose Alfredo cantaba “Y volver, volver, volver…” y yo supe, sin el menor asomo de duda, que Loque volvería.
Continuará en el blog de Evaluna...

viernes, 13 de febrero de 2009

Empatía

Hay personas que te conocen tan bien que da hasta miedo. La ventaja es que no tienes que explicarles nada, porque saben a la perfección lo que te gusta y lo que no, lo que te hacer reír, lo que te hacer llorar, lo que opinas sobre casi cualquier cosa. La contrapartida es que son como tu conciencia. Vamos, que no las puedes engañar… Con solo mirarte, las puñeteras saben lo que te está pasando por la cabeza.
Con esas personas existe una empatía mutua muy fuerte, porque por lo general tú las conoces tan bien como ellas a ti… Obviamente, los que te han tratado de cerca saben como respiras. Pero son muy pocos los que comparten esa conexión especial.
Las filias y las fobias suelen ser recíprocas, por eso en estos casos el sentimiento es común. A veces esa persona es muy diferente a ti en muchos aspectos, sin embargo estáis en la misma sintonía.
Yo me siento muy afortunada de tener a alguien así, a quien adoro. Cuando me escribe firma como “tu hermano favorito”, muy consciente de que lo es. Lo cuento porque sé que los otros dos no van a leer esto… Además, es tan obvio que para qué negarlo.
Creo que nadie me conoce tan bien. Me hace mucha gracia, porque es el más pequeño y a veces me controla como si fuera mi padre. Me dice lo que considera que me tiene que decir sin paños calientes. Y cuando no le hago caso se pilla unos cabreos… Es que se preocupa mucho por mí. A veces nos peleamos, pero como no sabemos estar así, nos reconciliamos enseguida.
Es tan encantador que siempre me acaba llevando al huerto. Hace conmigo lo que le da la gana y yo me dejo, porque soy incapaz de negarle nada. El jodío es más listo que una ardilla, sabe perfectamente hasta donde puede llegar. Es un zalamero profesional: sonríe, suplica, promete… y se aprovecha descaradamente de mi debilidad por él. Me manga cosas y me deja notas llenas de besos y piropos. Es un maestro del chantaje emocional… Me sablea, me mangonea a su antojo, me hace cómplice de sus chanchullos. Y yo le aseguro que es la última vez, que se le va a acabar la dolce vita… Pero ambos sabemos que conmigo tiene un filón inagotable.
Diez meses sin verlo es demasiado tiempo. Aquí nadie me echa la bronca… Pero tampoco tengo cerca a nadie que me alegre el día a día tanto como él. Yo le digo: “Te mimo demasiado, y un día se va a volver contra mí”. Y él se parte de la risa y me mira con cara de: “Esto es lo que hay… para algo soy tu ojito derecho”. Lo peor es que tiene razón.

El día de muertos

El Día de Muertos es una de las fiestas más importantes del calendario mexicano. Tiene un sentido lúdico, y no por ello irrespetuoso. Las semanas previas, la decoración “funeraria” invade todos los rincones. Esqueletos, altares de difuntos en los que no falta comida ni bebida, calaveras de caramelo… Puede parecer morboso, pero hay que verlo en su contexto y entenderlo como una actitud muy peculiar (y a mi juicio muy acertada) ante la muerte.
Esa noche los niños se disfrazan al estilo Halloween, y llevan una calabacita de juguete para pedir el aguinaldo. Mirad este, da más risa que miedo…
La catrina, este esqueleto tan fashion, es una de las figuras más presentes. No me digáis que esta forma de desdramatizar la muerte con glamour no es fantástica…
La Noche de Muertos se celebra en todo el país, aunque en algunas zonas con más intensidad. La más famosa es la de Michoacán, entorno al lago de Pátzcuaro y la isla de Janitzio. Pues allí que me planté, claro…
La tradición manda llenar los cementerios de flores y coronas, y velar durante toda la noche. El de Tzintzuntzan es el más ornamentado y concurrido.
Cubren las tumbas de objetos relacionados con el difunto como se hacía en el antiguo Egipto. Eso incluye fotos, pertenencias, su comida favorita, botellas de tequila, tabaco… a modo de ofrendas. El objetivo es celebrar ese día con el muertico como si estuviera vivo.
Esta, con pizza y hamburguesas, me pareció el colmo. Como es un tema delicadillo me voy a ahorrar las bromas…
Probablemente penséis que hacer fotos de algo así puede ser ofensivo, pero creedme, ellos se lo toman como un honor. Interpretan que su tumba les quedó preciosa, que es justo lo que pretendían. Aquello se llena de turistas fascinados con el show, y los dolientes se sienten orgullosos.
Al día siguiente, la familia hace un picnic para degustar las viandas. Puede parecer una frivolidad, pero os aseguro que no lo es. Aura, guapa, si lees esto corrobora lo que digo, porfa… Que luego me dan caña por irreverente.
Cuesta entenderlo desde la mentalidad europea, pero el Día de Muertos en México es una fiesta alegre. No se ve sufrimiento, para ellos es un alivio compartir ese día con sus seres queridos ausentes. Es como si por una noche volvieran a la vida.
Para mí es un auténtico espectáculo. No solo la estética, sino el trasfondo de la celebración y la forma de enfocar el tema. Mi respeto y mi admiración más profunda, de verdad. Las risas me las guardo para el próximo post…

Recorriendo México II

Nos habíamos quedado en Cholula… De ahí fui a Oaxaca. Ya os la enseñé en el viaje anterior, pero no me resisto a dejaros un par de imágenes.
Cerca, en Santa María del Tule, se conserva un famoso árbol. El diámetro de su tronco mide catorce metros.
La siguiente parada fue en Taxco, una ciudad conocida por sus minas de plata. Tiene una silueta preciosa que se extiende por la ladera de un monte. Desde cualquier punto se contempla la Iglesia de Santa Prisca. Algunas de sus calles me recordaron al Albaycín.
Después pasamos por Morelia y recalamos en mi rancho. Nuestra ruta continuó hacia Guadalajara, donde ya imagináis con quien me reuní. Después de cenar en Tlaquepaque, Aura nos llevó de tour nocturno por la ciudad. Una auténtica delicia…
Guanajuato es una belleza como ya había comprobado. Sus construcciones de colores vivos le dan un aire único.
San Miguel de Allende también merece una segunda visita. Y muchas más…
A pocos kilómetros está el santuario de Atotonilco, con magníficas pinturas murales.
También volví a Querétaro, otra de las ciudades coloniales más atractivas. Ya os enseñé la iglesia de Santa Rosa, pero me gusta tanto que os la enseño de nuevo.
La última noche merece un post aparte, ya veréis por qué.
Jhay, aquí tienes tu puesta de sol: Cholula vista desde la Iglesia de los Remedios con el volcán Popocatepetl de fondo.

Recorriendo México

Pues se acabó lo bueno... Lo prometido es deuda, así que os cuento mi viaje en imágenes.
Desde que pisé este país tenía ganas de conocer Coyoacán, uno de los barrios más pintorescos de la ciudad de México. Tiene un colorido increíble, está lleno de artistas y puestos de artesanía. El Museo de Frida se ubica en la casa en la que nació y murió. Tiene poca pintura, pero muchos objetos personales. Y unas vibraciones alucinantes…
En Teotihuacan, la ciudad de los dioses, están las pirámides prehispánicas más impresionantes. La calzada de los muertos tiene más de dos kilómetros. A un lado se encuentra la pirámide del sol, y en el extremo la de la luna. Como suponéis, subí a las dos. El palacio de Quetzalpapalotl tiene unos relieves en piedra perfectamente conservados.
Tlaxcala me sorprendió. Su arquitectura colonial de color ladrillo es preciosa.
Puebla ha sido el mayor descubrimiento. Su imponente catedral, la vida de sus portales, y sobretodo sus casas señoriales forradas de una cerámica llamada talavera (por la nuestra, claro). Fue la primera ciudad fundada por los españoles en México, aunque la tradición poblana dice que fueron los ángeles.
En las inmediaciones de Cholula se encuentra este impresionante volcán activo, el Popocatepetl. ¿Veis la fumarola? Según una leyenda urbana tiene 365 iglesias, una para cada día del año. En lo alto de un cerro está la de los Remedios. Y a pocos kilómetros la de Tonantzintla, que es el sumum del barroquismo.
El viaje continúa, pero os daré un tiempecillo para descansar…

Nuevo periplo mexicano

Como ya tenéis todos claro, estoy de año sabático. Así que ya va tocando otro viajito, que no aguanto demasiado tiempo a culo parao. No es culpa mía, lo llevo en los genes…
Estaré un par de semanas ausente, pero trataré de entrar alguna que otra vez. Que tantos días sin veros es demasiado para mí. Quizás penséis: ya, ya… recorriendo México se va a acordar mucho de nosotros… Pues os juro que sí.
Haré este viaje con mis padres, a los que no veo desde febrero. Tras la temporada de las lluvias el campo está verde y florido. Además, la temperatura es agradable. Osea, que las condiciones son óptimas.
Puesto que veré sitios nuevos, os ofreceré un reportaje sin malas intenciones. Sé que la envidia es un daño colateral, pero qué le vamos a hacer… Si queréis seguir viajando conmigo, es lo que hay.
Esto es un aperitivo:
Teotihuacán
Puebla
Cholula
Taxco
Noche de muertos en Michoacán
Que ya os contaré. Que os voy a echar un chingo (mucho) de menos. Que la cantina sigue abierta y sois todos bienvenidos...