sábado, 7 de febrero de 2009

Anécdotas de una farmacia

Es una tarde cualquiera. Llego, saludo a mi compañera, y me pongo la bata. Si hay clientes esperando salgo a atender. Si no, voy derecha a la nevera a por mi botellín de agua. A primera hora la cosa suele estar tranquila, la movida empieza un poco más tarde… Ayudo a mi compañera a colocar el pedido mientras charlamos de lo que sea.
- Anda, has ido a la pelu… -le digo. Va cada dos por tres.
- Sí, he descubierto una estupenda, está aquí al lado…
Después, siempre y cuando no haya mogollón, me siento a hacer las recetas. Gracias a la receta electrónica, cada vez son menos… Al poco rato aparece la jefa, directa del gimnasio.
La vida es irónica. En mi familia hay varios farmacéuticos licenciados y ninguno trabaja en una farmacia. Yo, en cambio, que estudié Historia del Arte, sí lo hago. Todo empezó como algo temporal, mientras pudiera seguir compaginándolo con mis publicaciones y becas. A media jornada. Y a lo tonto va ya para casi tres años. Durante ese tiempo he llevado una doble vida: por las mañanas soy historiadora y por las tardes farmacéutica. Farmacéutica impostora, como digo yo. Al principio, cuando sellaba recetas, pensaba no sin sarcasmo: “Ya sabía yo que hacer una tesis sobre pintura mexicana me iba a servir para algo…”. “Has triunfado como la coca-cola…”.
Sin embargo ahora, tengo que reconocer que me manejo relativamente bien y estoy bastante a gusto. El ambiente de trabajo es genial, los clientes son casi todos conocidos, y raro es el día que no nos hartamos de reír.
- Hola, dígame…
- Una caja de pastillas.
Empezamos bien…
- ¿De cuáles?
- De esas blancas, redondas.
Acabáramos.
- ¿Para qué son?
- Pues para la cabeza –dice, como si yo fuera retrasada mental.
- Aspirinas.
- Esas.
Luego está la que llega y dice:
- Niña, dame mis pastillas de la tensión.
- ¿No recuerda el nombre?
- Qué va…
- ¿De color es la caja?
A veces, así se soluciona el problema. Con paciencia, mucha paciencia.
Nos han llegado a pedir pañales atómicos (anatómicos), suero sicológico (fisiológico) o tiras radiactivas (reactivas). También, pastillas de las que “hierven” (efervescentes). Y hasta un chupete hipodérmico. ¿Por dónde pensaba ponérselo al pobre chiquillo?
Un día llega un chaval con pinta de yonky y le dice a la jefa:
- ¿Me das una insulina?
Lo que quiere decir, una jeringuilla para drogarse. La jefa se la da y le dice:
- Treinta céntimos.
A lo que el yonky responde:
- Pero si te he preguntao si me la dabas y me la has dao…
Con frecuencia nos visita María, una anciana encantadora que charla un rato con nosotros, le trae a mi compañera caramelos o chocolatinas para su niño, y cuando se va se despide diciendo:
- Quedaros con Dios, bonicas…
O Pepe, un jubilado catalán que se sienta en la silla de los que se vienen a tomar la tensión y nos cuenta chistes.
O los mellizos, dos enanos terroristas que se meten por donde les da la gana, exigen caramelos como si la farmacia fuera la tienda de las chuches, y hasta abren la caja ante la impávida mirada de su madre.
- El ordenador no es para jugar, Álvaro –me veo obligada a decirle al más malo de los dos, cuando empieza a golpear las teclas como un poseso-. Si no no hay caramelos -esa amenaza es la única que le hace reaccionar.
Hay una clienta, ya mayor, que toma pastillas de todo tipo. Cuando llega a su casa las vacía todas en una caja, y se las va tomando al tun tun. Se ha intoxicado más de una vez.
- Carmela, un día se va ir usted al otro barrio…
Lo peor es cuando viene “la yonka”, la tía más liante y embustera que os podáis echar a la cara. En cuanto asoma, mi compañera y yo nos miramos resignadas. Yo no puedo con esa tía, así si puedo se la endoso a ella, que tiene más paciencia. La yonka no suele pagar, por lo que tiene cantidad de tickets acumulados, e intenta que le demos ansiolíticos sin receta. Siempre promete que en cuanto cobre y pase por el médico a que le haga las recetas, vendrá a saldar cuentas, pero ese momento nunca llega.
Una señora pidió un día pastillas para el streaptease. Nos quedamos petrificadas. Tardamos un rato en descubrir que lo que quería eran pastillas para la artritis. Otro quería una pomada para la herida de un perro diabético. Amigo, que esto no es el veterinario…
Y este que llega y dice:
- Dame algo para la garganta. Pero que no sea un transgénico de esos…
No hombre, no tengo ningún interés en darle el genérico...
Una tarde aparece la jefa mientras mi compañera atendía a un tipo y escucha parte de la conversación. Entonces va y dice, sin saber de qué iba el tema:
- Pues si no le hace falta tomar la pastilla eso es buena señal…
Mi compañera no puede contener la risa. Lo que había pedido el tío era Viagra.
Hay una vecina muy amable que se dedica a hacer deliciosos postres y nos trae para que los probemos. También Mohammed, el chico de prácticas, nos obsequia con dulces de su tierra. Así que no nos falta ni la merienda. Casi a diario nos visita nuestra amiga Maite, que se sienta en la rebotica y nos entretiene un rato con sus historias.
Como veis, exceptuando las tardes de facturación, en las que vamos contrareloj y siempre se cumple la ley de Murphy, lo pasamos bomba. A veces, al salir, nos vamos de cañas o al cine. Tanto la jefa como mi compa se portan genial conmigo. Ambas han demostrado una paciencia infinita con mis meteduras de pata, que no son pocas. En fin, que allí me siento como en casa y el balance es muy positivo. Por eso ahora, que me voy un año fuera a trabajar en “lo mío”, echaré mucho de menos la farmacia. Paradojas de la vida…

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