sábado, 14 de febrero de 2009

Ay, qué bonito es volar...

Amanecí encogida por el frío que me calaba hasta los huesos. Por suerte tenía todo preparado, así que no tarde mucho en salir camino del aeropuerto. La nevada había dejado un manto blanco sobre el asfalto que me hizo temer que afectara a la salida de mi vuelo. Si es que no se retrasaba debido a la huelga de pilotos y controladores aéreos…
El tráfico era infernal, menos mal que iba con bastante tiempo. Los vuelos internacionales me creaban cierta psicosis y siempre prefería llegar con antelación. Cuando faltaba casi un kilómetro para llegar a la terminal, el taxista confirmó lo que era una evidencia: no podíamos continuar a causa de las placas de hielo. Así que cogí mi maletón, y no sin dificultad empecé a caminar por el impracticable arcén.
Aquello era un caos… La gente se agolpaba en torno los paneles informativos y hacía cola ante los mostradores de facturación. Cuando por fin pude llegar, ya sin aire, mis peores presagios se hicieron realidad: mi vuelo a México había sido cancelado hasta nueva orden. No me quedaba más remedio que esperar, pues la situación podía resolverse de un momento a otro.
Me senté sobre mi maleta, ya que no quedaba ni un asiento libre. Saqué mi libro “El canalla sentimental”, armándome de paciencia. Una virtud de la que carezco, dicho sea de paso... Un par de horas después el tumulto de pasajeros en tierra aumentaba, así como la desesperación colectiva. Los paneles informativos no decían nada nuevo, y las colas ante los mostradores de la compañía eran kilométricas. Nadie daba la menor explicación, e incluso parte del personal de la aerolínea se dirigía con malos modos a los clientes que demandaban una respuesta ante tan funesto contratiempo.
La gente se desahogaba con desconocidos, unidos por la desgracia común. Muchos habían perdido conexiones, otros llevaban toda la noche en vela y estaban agotados. Algunos viajaban con niños pequeños, y se habían terminado los pañales del duty free… Había colas en las tiendas, en las cafeterías, en los servicios… La situación me recordaba a la película cubana “Lista de espera”, en la que un grupo de viajeros quedaban atrapados en una terminal de autobús. Lamentablemente, estaba sucediendo de verdad.
Ya era noche cerrada cuando una empleada de la compañía se dignó a informarnos de que estaban tratando de recolocar a los pasajeros, que los empleados se afanaban por despejar de nieve las pistas, y que en breve abrirían los mostradores de facturación. Unas tres horas después, tras una cola interminable, pude finalmente facturar mi maleta.
No tenía hambre, pero necesitaba darme una ducha más que respirar… Como eso no era posible, me tuve que conformar con asearme en los servicios. Cuando salí comprobé que se estaba organizando algo parecido a un motín, y la policía llegó dispuesta a sofocarlo. Mucha gente quería presentar quejas por escrito y hablar con algún directivo de la compañía, pero no se lo permitieron, acrecentando su indignación. Hubo pasajeros que se negaron a bajar de los aviones y tuvo que ir la Guardia Civil a sacarlos. De pronto apareció un piloto y lo querían linchar por apoyar la huelga… El pobre hombre les explicó que les querían imponer volar más de catorce horas diarias, y eso era inaceptable además de peligrosísimo.
Veinticuatro horas después seguíamos allí, ya en estado catatónico. La aerolínea nos ofreció ir a descansar a un hotel, asegurándonos que no saldría ningún vuelo hasta el día siguiente. Como era de esperar, no cumplieron su palabra. La crispación general alcanzó entonces límites insospechados, y muchos pasajeros se asociaron para presentar quejas legales.
Cuando llegué al Aeropuerto Internacional Benito Juárez del Distrito Federal, tras cuarenta y ocho horas de espera en el aeropuerto y doce de vuelo, pensé ingenuamente que la pesadilla había terminado. Pero mi gozo en un pozo… pues no había rastro de las maletas. Después de más de una hora fuimos informados de que llegarían en otro vuelo, lo que es completamente ilegal. Al salir a la calle me dirigí a la parada de taxis oficiales, pensando: “Lo que ahora te falta es que te atraquen”.
Este relato no es autobiográfico, pues me libré de la pesadilla por dos días. Pero como sabéis muchísima gente ha padecido las consecuencias de este cúmulo de factores desafortunados, entre ellos una amiga mía. Aún está esperando su maleta…

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