domingo, 8 de febrero de 2009

Cádiz

No sé que tiene Cádiz que me cautiva.
Tal vez esa luz intensa que se refleja sobre la arquitectura blanca, el mar que la rodea casi como a una isla, o la alegría de su gente.
Es la ciudad más antigua de Occidente, pero aparte de su apasionante historia y sus innegables connotaciones estéticas, hay algo que me vincula a ella a un nivel sentimental.
Será porque parte de mis raíces proceden de allí, porque la frecuento desde mi más tierna infancia, o porque siempre me encantó.
Un paseo por Cádiz es un viaje de descubrimientos. A pesar de la humedad, que me mata, lo disfruto intensamente cada vez que tengo la ocasión.
El Cádiz interesante empieza a partir de Puerta de Tierra. Comprende todo el casco antiguo, un entramado de callejuelas con contorno circular. Camines en la dirección que camines, terminas en el mar.
Este malecón, tan bonito como el de la Habana, rodea todo el perímetro.
Los baluartes como este recuerdan su función defensiva.
La Alameda Apodaca es como un jardín botánico, igual que el Parque Genovés.
Su Catedral fue modelo para muchas de las que se hicieron en América.
El Balneario de la Palma, hoy Centro de Arqueología Subacuática.
La Caleta, una playa pequeña pero muy agradable.
En el interior se encuentra la mítica Plaza de Mina, la de San Antonio, la de San Francisco, la preciosa Calle Ancha, llena de residencias señoriales, y multitud de huellas de su pasado de puerto de Indias. No faltan los bares para tapear el mejor pescado frito del mundo, con permiso de los malagueños. Y a lo largo de toda la Avenida se extiende la playa de la Victoria, reconocida con varias condecoraciones europeas.
Cádiz es una preciosidad, por no hablar de otros pueblos de la bahía, como El Puerto de Santa María o Sanlúcar de Barrameda. Si París bien vale una misa, Cádiz bien merece un paseo.

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