sábado, 14 de febrero de 2009

Cuestión de confianza

Cada vez valoro más a la gente en la que puedo confiar. Yo no soy muy dada a contar mis cosas, elijo muy bien a quién se las cuento. Además, soy tirando a escéptica en casi todo. No es que piense mal, sino más bien mi talante cauteloso.
Hay personas que me inspiran confianza instantáneamente. También están las que la van consiguiendo poco a poco. Y las que cumplen ambos requisitos: me dieron buen feeling desde el primer momento, y a medida que las trato voy confirmando mi intuición. Algunas de ellas andan por aquí, pero no las voy a nombrar porque saben perfectamente quienes son. Del resto de las categorías del ranking prefiero no hablar, que no estoy yo para negatividades.
Confiar en alguien es saber que te escucha, que le importas, que no te va a fallar. Y eso no tiene precio. Estas personas ocupan un lugar especial entre mis afectos y cuentan con una serie de prerrogativas que se han ganado a pulso. Yo doy la cara por ellas, las defiendo hasta de sí mismas si es necesario. Porque me han demostrado que se lo merecen y porque sé que ellas hacen exactamente lo mismo por mí.
Alguien de confianza te incita a contarle prácticamente cualquier cosa con la tranquilidad de que no lo va a divulgar. Te sientes con la libertad de darle una opinión sincera, sabiendo que no se va a ofender. Puedes recurrir a ese alguien, con la certeza de que te van a responder tal y como tu esperas.
Igual que amor con amor se paga, confianza con confianza se paga. Si alguien deposita su confianza en mí me siento en la obligación de no defraudarla. Y no porque sea lo justo, sino porque lo contrario sería como despreciar un regalo. Que me digan “creo en ti”, ya sea con palabras o con hechos, me parece lo más bonito que me pueden decir.

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