sábado, 7 de febrero de 2009

Sucedió en Cracovia

Era una familia a la que le gustaba viajar en vacaciones. El padre no sabía descansar si no era haciendo kilómetros. Con ese fin, compró una furgoneta de ocho plazas y la acondicionó con todos los extras. Para elegir un destino, abrió el mapa de Europa y preguntó:
- ¿A dónde vamos este verano?
La madre señaló Yugoslavia y dijo resuelta:
- Aquí.
A lo que el padre respondió:
- Ahí no, hija, que están en guerra y nos matan...
Finalmente, se decidió hacer una ruta que incluyera Viena, Praga, Budapest y Cracovia.
En esos viajes estivales era difícil que fuera la familia al completo. Por lo general, faltaba alguno o se apuntaba algún allegado. Sin embargo ese verano irían el matrimonio y los cuatro hijos. Pernoctarían en campings, un sistema que a todos les gustaba.
Estaban disfrutando mucho. La niña apuntaba todo lo que veía en un cuaderno de bitácora. Tenía esa manía desde hacía años.
Llegaron a Cracovia, una ciudad preciosa.
La última tarde, los niños se empeñaron en ver el gueto judío y allí que fueron. Después de cenar, se encaminaron hacia la furgoneta para regresar al camping. Desconcertados, descubrieron que no estaba donde la habían dejado.
Lo primero que les vino a la cabeza era que se la había llevado la grua, sin embargo allí no había ningún aviso. Bueno, en los países del este la policía es un pelín corrupta, sería cuestión de soltar unos zlotys… -pensaron.
Fueron a la comisaría, y el padre explicó, en inglés, lo sucedido. Pero allí sólo hablaban polaco. Después de más de dos horas de angustiosa espera, apareció una vieja de más de ochenta años. Era la intérprete. Tras hablar unos minutos con la policía, se dirigió a la familia.
- Your car has been stolen -dijo claramente. Su coche ha sido robado.
La familia se quedó echa polvo. Puso la correspondiente denuncia, escrita por un funcionario en una máquina de escribir antidiluviana, y regresó al camping en taxi.
Pasaron varios días en Cracovia, pendientes en todo momento de las investigaciones de la policía. Sólo tenían las tiendas de campaña, las bolsas de aseo, y lo puesto. Todo el equipaje y dinero en metálico había desaparecido con la furgoneta.
La policía no se andó con rodeos: en esos países operaban mafias especializadas en el robo de coches. En la mayoría de los casos los pasaban a Rusia. Las posibilidades de recuperarlos eran más que remotas.
Cuando tomaron conciencia de que aquello podía ir para largo y no tenía sentido permanecer más allí, tomaron un tren hasta Varsovia, y de ahí un avión a Madrid.
Un año después, dos policías se presentaron en el domicilio de la familia. La INTERPOL había encontrado su furgoneta en la ciudad fronteriza de Jelenia Gora. No daban crédito, pues ya habían perdido la esperanza de que eso sucediera.
La furgoneta tenía ahora un nuevo propietario, por lo que tuvo que celebrarse un juicio para demostrar que era robada y les pertenecía.
Se preparó una expedición familiar para ir a rescatarla. Tuvieron que ir cerca de Cracovia a por un documento del juez que acreditara que era la suya. Después, a recogerla a Jelenia-Gora.
Después de muchos trámites burocráticos, la policía los condujo hasta ella. Se encontraba en un garaje, en un estado lamentable: cubierta de polvo, con un bollo, la tapicería sucia… Tenía matrícula polaca. Le faltaba la radio, le habían hecho un montón de Kilómetros, y el motor estaba en malas condiciones. Hubo que remolcarla hasta un taller para ponerla a punto.
La policía les explicó lo sucedido, y aquello parecía una película de gansters: había sido robada por la mafia rusa y tras desvalijarla la vendieron a un distribuidor ilegal que a su vez la vendió al individuo al que se la requisaron. Al parecer el tipo tenía unos cuantos chiquillos y pensó que sería perfecta para su familia. Gracias a eso no la pasó a Rusia y la pudieron recuperar.
La furgoneta tenía varios agujeros en un lateral. Según les contó la policía, habían sido producidos por la explosión de una granada. El tipo debía ser una perla del Caribe y habían intentado cargárselo. Lo habrían conseguido si el artefacto hubiera explotado unos minutos antes, cuando se dirigía a misa con toda la prole.
Como había peligro de represalias y riesgo de que en la aduana les pusieran problemas, la policía los escoltó hasta la frontera.
Ya han pasado muchos años desde este episodio. La familia no dejó de viajar, pero nunca más todos juntos. Los niños crecieron y cada vez iban más por libre. Tampoco hicieron más camping, se volvieron un poco sibaritas. El padre vendió la furgoneta “profanada” y se compró una idéntica. La niña dejó de escribir diarios de viaje pero escribe novelas, relatos... Y últimamente, en un blog llamado Libro de Arena. Le encanta.

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