martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial II

Tenía que pensar en algo, no podría ocultar al bebé por mucho tiempo. En cuanto se había dormido lo había trasladado a su canastilla, donde había pasado la noche sin dar un ruido. A ella en cambio la emoción le había impedido pegar un ojo, sin embargo se sentía despierta y llena de entusiasmo.
Con la primera luz del día se había escabullido a la cocina a buscar un poco de leche. La Hermana Milagros había estado a punto de descubrirla, pero se había ocultado en la despensa, huyendo mientras esta se encontraba de espaldas.
Rebajó la leche con agua para que no le sentara mal y se la dio empapando un pañuelo. Por la forma como lo chupaba, debía estar muerto de hambre.
- Pobrecito… Te he tenido demasiadas horas en ayunas, perdóname… Soy un desastre, lo sé, pero te prometo aprender. Ni siquiera te he cambiado –reparó entonces.
Cuando le abrió el pañal apenas pudo contener su sorpresa.
- Pero… ¡si eres una niña…!
El tañido de las campanas anunció que estaba a punto de empezar la misa de ocho. No podía faltar o levantaría sospechas. Se aseó y se vistió lo más rápido que pudo. A tientas, se remetió un mechón rebelde bajo la toca. No recordaba la última vez que se había mirado en un espejo. Como objetos asociados a la vanidad, estaban prohibidos en el convento. Al menos sabía que tenía el pelo cobrizo y los ojos verde uva, igual que su madre.
- Tengo que dejarte sola un ratito… ¿Te vas a portar bien?
La chiquilla la observaba con sus ojazos color miel enmarcados por espesas pestañas. La Hermana Catalina le dio un beso y corrió hacia la capilla. No quería que le llamaran la atención. Teniendo en cuenta lo que se avecinaba, más le valía pillarlas de buenas.
La misa se le hizo eterna. No podía apartar a la niña de su pensamiento. Se sentía mal por haberla dejado allí solita. Su nerviosismo debió ser evidente para la Madre Superiora, pues la detuvo antes de salir.
- ¿Te sucede algo, hija? –le preguntó con preocupación.
- Nada, Madre. Es que he pasado mala noche.
A pesar de su expresión severa, la Madre Elisa la adoraba. Pero la conocía tan bien que era imposible engañarla.
- La tormenta, ¿verdad?
- Me despertaron los truenos y me desvelé.
- Se te nota, tienes mala cara. Vamos al refectorio, necesitas comer algo.
- Ahora voy, Madre, adelántese usted.
- Catalina… No quiero saber lo que te traes entre manos, pero no tardes…
Subió las escaleras ansiosa por reencontrarse con la niña. Al entrar en su celda se topó de bruces con la Hermana Sofía y la Hermana Caridad, que la tenía en brazos.
- ¿De dónde ha salido esta criatura, si se puede saber? –inquirió la Hermana Sofía. Le gustaba gruñir, pero en el fondo era un trozo de pan.
- Es mía –respondió, acercándose con los brazos extendidos para cogerla.
- ¿Cómo va a ser tuya? No digas bobadas…
- La abandonaron anoche ante el portón. Estaba heladita de frío… Yo la recogí, y me voy a encargar de ella.
- Esto no es un orfanato, Hermana… ¿Lo sabe la Madre Elisa?
- Todavía no. No le digáis nada, por favor. Dejadme encontrar el momento…
- Es una muñeca… -dijo la Hermana Caridad- ¿Habéis visto qué boquita tiene?
Pocas horas después se había corrido la voz y todas querían ver a la niña. Estaban tan fascinadas que se peleaban por cogerla.
- ¿Pero qué está pasando aquí? –preguntó la Madre Elisa desde la puerta.
En la habitación se hizo un silencio sepulcral. La hermana Catalina, con la pequeña en brazos, avanzó hacia la Superiora.

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