martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial III

La Hermana Catalina y la Madre Elisa llevaban un buen rato encerradas en el despacho. Los sólidos muebles de madera de roble y las estanterías cubiertas de viejos volúmenes le conferían un aspecto solemne. Un crucifijo de marfil y un cuadro de San Francisco de Asís constituían toda la decoración.
- Sabes que te consiento más de lo que debiera, Hija, pero hay cosas que no pueden ser. Esto es una casa de oración y de trabajo, no podemos hacernos cargo de un bebé…
La expresión de la Superiora era grave y apenada. Le dolía negarle algo a la niña de sus ojos, pero se sentía en la obligación de hacerlo. Su vida se regía por unas normas, así lo había aceptado al tomar los votos y aceptar la disciplina eclesiástica. Además, era la responsable de su cumplimiento.
- Ya le he dicho que asumiré toda la responsabilidad. ¡No tiene a nadie, ni su propia madre la quiere!
- Yo me ocuparé de quede en buenas manos, te lo prometo.
- No lo entiende… Siento que me necesita, pero no tanto como yo a ella... –dijo, con las lágrimas a punto de aflorar.
- Explícate mejor… ¿No estás a gusto aquí, te ha faltado algo alguna vez?
La Hermana Catalina tenía un nudo en la garganta, era incapaz de expresar lo que la quemaba por dentro.
- Desde que llegué he sido muy feliz, pero… últimamente estoy confusa. No tengo claro lo que hago en el convento ni si quiero seguir en él.
- ¿Estás hablando en serio? –preguntó la Madre Elisa con estupor.
- Totalmente. Me faltaba el aire, hasta que la cogí en mis brazos y miré su carita. Ahora sé que quiero tenerla conmigo, el lugar es lo de menos.
- ¿Qué pasa con tu vocación?
- Nunca ha sido muy firme, usted lo sabe. Mi padre me dejó aquí por su propia voluntad. Este es mi hogar, pero jamás he sentido la necesidad de consagrar mi vida a Dios. Si la niña no puede quedarse yo me iré con ella.
Jamás había hablado con tanta vehemencia. Una fina lágrima se deslizaba por su mejilla. La Madre Elisa se levantó y se acercó a abrazarla.
Las veinticuatro monjas que componían la congregación se encontraban reunidas en la sala capitular. No cesaban los cuchicheos, se palpaba la tensión. La Hermana Catalina, con la niña en brazos, esperaba pacientemente el veredicto que marcaría su destino. Si no era el que ella esperaba, no pasaría una noche más en el convento. Su principal temor no era regresar a casa de su padre, sino que la separaran de la pequeña. Cada vez que le sonreía, el cielo se abría a sus pies. Era tan dulce… No podía dejar de mirarla, de olerla, de jugar con ella.
La Madre Superiora ocupaba la cabecera. La perspectiva de que Catalina las dejara había conseguido imponerse a sus principios. Era la alegría del convento, nada sería igual sin ella. Probablemente su padre se empeñaría en casarla por interés, la haría desgraciada. Y con una criatura a su cargo, si es que no se la arrebataban, no podría escapar a su autoridad. Pero no podía tomar una decisión unilateral. Cualquier asunto que afectara a la comunidad requería un consenso.
- Queridas Hermanas. Ya sabéis lo que nos ha traído hasta aquí. Esta es una situación… inusual, y como tal debemos considerarla. La niña necesita una familia, y Dios la ha puesto en nuestro camino. La Hermana Catalina está dispuesta a cuidarla, e imagino que no le faltarían manos para ayudarla –un clamor general recorrió la sala-. Pero debo tener en cuenta vuestro parecer. Así que sin más dilación, votemos. Quien esté a favor de que la niña se quede, que alce la mano.
La Hermana Catalina contuvo la respiración. Su mirada contabilizó como si le fuera la vida en ello. Cinco, ocho, diez, trece, quince, dieciséis… Ya eran más de la mitad. No pudo contener una sonrisa de alivio.
- La respuesta es casi unánime –dijo la Madre Elisa, aparentando imparcialidad-. La niña se queda con nosotras. La Hermana Catalina será su tutora oficial.
Las Hermanas no ocultaron su alegría. Una a una se fueron acercando a felicitar a la Hermana Catalina y a besar a la niña.
- Catalina, esta criatura necesita un nombre. Te has ganado el derecho de elegirlo.
- Mi madre, que en paz descanse, se llamaba Blanca. Me gustaría llamarla así…
- Pues que así sea –sentenció la Madre Superiora.

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