martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial IV

La mujer era joven, de aspecto humilde pero presentable. Quería hablar con la Madre Superiora de un asunto de vital importancia. Hacía unos cinco años, una situación desesperada la había obligado a abandonar a su hija en la puerta del convento. Durante todo ese tiempo, su recuerdo la había hostigado implacablemente. Había conseguido trabajo de costurera, tenía un marido, un hogar. Necesitaba saber qué había sido de la niña, los remordimientos no la dejaban vivir.
La Hermana Catalina despertó sobresaltada. De nuevo ese maldito sueño… Al ver a Blanquita, durmiendo plácidamente en su cama, respiró tranquila. Desde que había llegado a su vida la había vuelto del revés. Había hecho nacer en ella un sentimiento nuevo, que la llenaba por completo.
La chiquilla la idolatraba. Había crecido entre algodones, rodeada de cariño. La austeridad y el orden que regían las actividades cotidianas de las Hermanas desaparecían en su trato con ella. Se peleaban por acapararla y enseñarle cosas. Las había conquistado sin excepción. Era obediente, de sonrisa fácil, y más lista que una ardilla. Ya sabía leer y estaba aprendiendo a escribir. Nada pasaba desapercibido a sus grandes ojos de color miel. Las conocía a todas por su nombre y se movía por el convento como pez en el agua.
Un par de años antes, al morir su padre, la Hermana Catalina se había planteado dejar el convento. De la noche a la mañana se había convertido en dueña de una finca inmensa y de una considerable fortuna. Aunque formaba parte de la congregación, había sentido que solo la retenían allí razones sentimentales. Pero enseguida se había dado cuenta de que no podía arrebatarles a Blanquita.
Al ver aparecer a la Hermana Jacinta con Blanquita de la mano, la Hermana Catalina ocultó la carta entre los libros. La niña se soltó y corrió a su encuentro.
- ¿Has merendado ya?
- Me lo he comido todo –dijo vocalizando con claridad.
- ¿De verdad?
- Ya lo creo –contestó la Hermana Jacinta-. La leche, el pan y el chocolate.
- Así me gusta, cariño. Entonces te llevaré a ver a los conejitos como te había prometido… Pero me tienes que dejar que acabe con esto, ¿vale? –dijo señalando la pila de libros que se amontonaba sobre el escritorio.
- Vale –aceptó Blanquita sin objeciones.
- Juega un ratito en el patio que ahora voy a buscarte, mi vida.
En cuanto se marcharon, la Hermana Catalina sacó la carta y retomó la lectura. No sabía bien cómo había empezado todo. La primera que había recibido venía camuflada dentro de “Camino de perfección” de Santa Teresa. Ella era la encargada de desembalar y clasificar los envíos para la biblioteca, así que no había tardado en descubrirla.
La carta estaba escrita en tinta negra, con elegante caligrafía. Era una apasionada declaración de amor dirigida a ella. No podía dar crédito, debía tratarse de una broma de mal gusto… En un arrebato de pánico, la rompió en mil pedazos. ¿Quién podía ser ese tipo? ¿Cómo tenía la desfachatez de decirle esas cosas? No imaginaba de qué la conocía, si ella apenas salía del convento…
Un mes después recibió otra, por el mismo procedimiento y de las mismas características. Esta vez la leyó con más detenimiento, y por más que quiso no pudo ser inmune a tan bellas palabras.
Cuando llegó el próximo pedido se descubrió ansiosa, buscando la carta. No pudo evitar elucubrar sobre la identidad de su pretendiente. Tenía que ser alguien relacionado con la librería, pero sólo había estado una vez y el dueño era un anciano venerable.
Durante los siguientes meses esperaba las cartas como agua de Mayo. Las memorizaba y las escondía en un compartimiento secreto del archivero. Cada vez tenían un tono más cercano y causaban más estragos en su ánimo. Cuando en una de ellas leyó: “ayer te vi y resplandecías como una rosa”, sintió que le faltaba el aire. El día anterior había acompañado a la Hermana Milagros a comprar unas medicinas a la plaza.

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