martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial V

La luna llena se derramaba sobre los rosales del claustro. Solo el sonido de la fuente rompía el silencio de la noche. Sentada sobre el poyete de piedra, la Hermana Catalina trataba de comprender qué era aquello que le robaba el sueño. Otras veces, en situaciones de incertidumbre o tristeza, había acudido a la capilla en busca de alivio. Pero algo le decía que las respuestas que necesitaba no las iba a encontrar rezando.
Jamás había sentido algo así, y la sensación de enfrentarse a lo desconocido la llenaba de angustia. Necesitaba aclarar sus ideas para no cometer una locura. Siempre había tenido cierta tendencia a la insensatez, y los años de disciplina no habían logrado erradicarla. No podía enamorarse de alguien que no conocía –se dijo, tratando de convencerse a sí misma-. Lo que la tenía soliviantada era una dependencia emocional provocada por tan arrebatadoras palabras, una necesidad de afecto distinto al que había conocido hasta entonces. Sí, eso era. El anhelo de verse en las pupilas de otra persona, de abrirle su alma. De sentir la calidez de un beso o la dulzura de una caricia. No era la primera vez que la asediaban ese tipo de pensamientos, pero nunca con tanto ímpetu.
Ahí fuera había alguien que suspiraba por ella, y por más había tratado de evitarlo, eso le había generado ciertas expectativas. Ignoraba quien era, cuando la había visto, de que forma había surgido en él ese sentimiento. Pero cada mes, sin falta, la hacía sentir la persona más especial del mundo. No le exigía nada, ni siquiera una respuesta. Se conformaba con expresarle su amor.
Esa luminosa mañana despertó con la determinación de no dejar pasar un día más. Quizás, viéndolo cara a cara, esas fantasías tan improcedentes desaparecieran. Además, la curiosidad la estaba matando. Contempló a Blanquita, que dormía plácidamente, buscando el valor que necesitaba.
Las normas del convento limitaban las salidas a las estrictamente necesarias, y siempre en compañía de otra Hermana. Pero si alguien tenía licencia para saltarse el reglamento era ella. Se llevaría a la niña con la excusa de comprarle ropa –decidió-, la Madre Elisa no se opondría.
A medida que sus pasos se acercaban a la librería, los latidos de su corazón se aceleraban. Al llegar se detuvo junto al escaparate y oteó el interior. En cuanto vio salir al único cliente entró, tratando de dominar su ansiedad. El local era antiguo, forrado de estantes de madera. Tras el mostrador se encontraba el anciano que recordaba.
- Qué alegría verla por aquí, Hermana… -la saludó amablemente- ¿Y esta niña tan bonita?
- Es mi ahijada, se llama Blanca.
- Pues qué buena compañía…
- La mejor.
La chiquilla miraba todo con sus grandes ojos. Cuando salía del convento cualquier cosa despertaba su curiosidad.
- ¿En qué puedo ayudarla?
- Verá… Se trata del envío mensual.
- ¿Le ha faltado algo?
- Pues… creí haber pedido un libro que no encontré en el último envío, pero no estoy segura.
- No se preocupe, enseguida lo aclaramos. Discúlpeme un momento…
El señor entró en la trastienda y regresó unos segundos después acompañado de un joven. Esbelto, moreno, bien parecido.
- Le presento a mi nieto Fernando. Me ayuda en el negocio.
La Hermana Catalina supo que era él al instante. La forma en que la miraba, como si hubiera visto a un fantasma, no dejaba lugar a dudas.
- Es un placer conocerla, Hermana –dijo extendiendo hacia ella una mano temblorosa.
- Lo mismo le digo –respondió, incapaz de sostenerle la mirada.
- Fernando se ocupa de los envíos, él puede aclararle su duda.

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