martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial VI

Desde que tenía uso de razón a Fernando le gustaban los libros. De niño pasaba horas en la librería de su abuelo, husmeando por los estantes y escuchando las conversaciones con los clientes. Nunca salía de allí sin un libro bajo el brazo. Asesorado por su abuelo, empezó a leer compulsivamente. Se fue convirtiendo en un experto bibliófilo. Le fascinaba sumergirse en otras librerías de viejo y descubrir ejemplares raros, no había título que se le resistiera.
Había estudiado la carrera de derecho para contentar a su padre, pero lo que realmente quería ser era escritor. Escribía desde la adolescencia, novelas repletas de sueños y poesías en las que volcaba su alma. Empezó a trabajar de pasante en un bufete de abogados, pero aquello no le satisfacía. Lo que realmente lo hacía feliz era estar en la librería. Después de mucho meditarlo decidió abandonar el bufete para dedicarse a tiempo completo a lo que más le gustaba.
Una tarde otoñal se encontraba en el despacho actualizando los catálogos. De pronto escuchó una voz desconocida que captó su atención, obligándole a interrumpir su tarea y a agudizar el oído. Cuando la intriga por conocer a la dueña de esa voz angelical fue superior a él se levantó y se acercó, ocultándose tras las estanterías. No podía dar crédito... Allí únicamente había dos monjas. Una era de edad mediana, entrada en carnes. La otra era mucho más joven. Tenía un cutis finísimo de piel nívea y unos ojos verdes que parecían dos piedras preciosas. Jamás había visto un rostro como ese. Permaneció inmóvil, sin poder dejar de mirarla.
La visión lo había perturbado, no podía sacársela de la cabeza. Con el paso de los días, en lugar de desvanecerse su recuerdo se hacía más pertinaz. Cuando pensaba en ella el corazón se le alborotaba. Nunca hasta entonces se había enamorado de verdad, y ese sentimiento lo arrastró como un torrente. Pero sabía que aquel era, como en las novelas, un amor imposible.
Una noche de insomnio la frustración lo hizo levantarse de la cama y empezar a escribirle una carta. No albergaba la menor expectativa, sin embargo plasmar sobre el papel esa ansiedad que lo ahogaba constituía un gran alivio. Pocos días después, cuando preparaba el pedido para el convento, lo asaltó el impulso de meterla entre las páginas de un libro y se dejó arrastrar por él.
Una tarde calurosa, mientras tomaba un café en la plaza, la vio pasar y creyó morir allí mismo. Quiso acercarse a ella, pero no supo cómo. Aunque no tenía la menor evidencia, estaba seguro de que leía sus cartas. Y hasta el momento no se había quejado a la librería, tanto no debían desagradarle… Un día, cuando reuniera el valor necesario, se presentaría en el convento -soñaba.
Cuando se recuperó del impacto de verla tras el mostrador saboreó la felicidad del encuentro.
- Le pido mil disculpas, Hermana. Recuerdo que ese libro estaba incluido en su pedido, se me pasó por alto –mintió, como si lo hiciera todos los días-. En estos momentos no lo tenemos, pero mañana mismo se lo llevo al convento.
- No se moleste… Inclúyalo en el próximo pedido.
- De ninguna manera. Permítame al menos enmendar mi error…
La Hermana Catalina sonrió, dándose por vencida. Fernando le devolvió la sonrisa, mientras rebuscaba en su bolsillo un caramelo para Blanquita. Se despidieron con un apretón de manos que les quemó a ambos.
No podía creer lo que le estaba sucediendo. Llevaba todo el día nerviosa, pendiente del portón. Hasta la Madre Elisa se había dado cuenta. No le cabía duda de que Fernando iría a llevarle el libro e insistiría en entregárselo personalmente. Temía y a la vez deseaba ese encuentro. Sabía que podía evitarlo, incluso que debería hacerlo. Pero no podía perder esa ocasión.
Pasaban unos minutos de las seis de la tarde cuando escuchó los tres golpes. Unos instantes después la avisaron para que bajara, pues un joven preguntaba por ella.

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