martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial VII

La Hermana Catalina llegó a la portería aparentando una calma que estaba lejos de sentir. En los últimos tiempos se había convertido en una artista del disimulo, y no se sentía orgullosa de ello. Allí, junto a la Hermana Ángeles, la esperaba el motivo de sus desvelos. Decididamente, tenía una apariencia impecable. Al tenerlo delante volvió a experimentar la sensación que la había invadido el día anterior. Él le clavó sus ojos oscuros y le dirigió una amplia sonrisa. Si no hubiera sido tan encantador le habría puesto las cosas más fáciles…
- Aquí tiene su libro.
- Se lo agradezco mucho.
- Ha sido un placer.
Sabía muy bien que no mentía. Le resultaba un poco ridículo que la tratara de usted, pero entendía que no podía ser de otra manera. La Hermana Ángeles hacía punto aparentemente ajena a la conversación, pero no podía ignorar su presencia. No debía levantar ni la más mínima sospecha.
- Añádalo en la próxima factura, por favor.
- No, es un obsequio. Eso no admite discusión.
- Muchas gracias, es muy amable…
- ¿Sabe? Siempre he tenido curiosidad por conocer la biblioteca del convento…
- Solo hay libros religiosos…
- Lo imagino. Aún así me encantaría verla. ¿Sería mucho pedirle que me la enseñara?
La Hermana Ángeles levantó la cabeza de su labor dispuesta a intervenir en caso de que fuera necesario.
- Lo haría con mucho gusto, pero más allá de esta puerta es clausura. Está prohibido el paso, especialmente a los hombres…
En ese instante entró Blanquita como una exhalación. Al ver a Fernando extendió la mano y le dijo:
- ¿Me das un caramelo?
- ¡Blanca! -le regañó la Hermana Catalina-. Así no se piden las cosas…
- Por favor… -añadió con cara de arrepentimiento.
- No se preocupe -intercedió Fernando, divertido-, es muy pequeña… Lo siento, bonita, hoy no tengo caramelos. Pero el próximo día que vengas a la librería prometo darte unos cuantos.
La niña no ocultó su felicidad.
- De fresa… -exigió.
Fernando rió y la Hermana Catalina no pudo evitar reírse también. Los niños no tenían pelos en la lengua… Pero se les perdonaba todo.
- ¿Vive aquí con ustedes?
Desde que la había visto el día anterior sentía curiosidad.
- Sí. La adoptamos recién nacida. Yo soy su tutora, pero la hemos criado entre todas.
- Es para comérsela a besos…
- Lo sé. Nos alegra la vida…
Aunque no tenía ninguna prisa por marcharse, Fernando fue consciente de que su presencia ya no se justificaba.
- ¿Puedo asomarme al claustro antes de irme? Si no la pongo en un compromiso…
- Claro –accedió. Eso no podía negárselo-. Lo acompaño.
Caminaron a menos de medio metro, con Blanquita siguiéndoles los talones. Fernando rozó su mano y ella la apartó instintivamente.
- Necesito saber si tengo alguna esperanza… -le susurró, cuando se hallaban parados bajo una de las arcadas- Porque me estoy muriendo de amor.
Catalina lo miró a los ojos y supo que con esa respuesta sellaba su destino. Si respondía con una negativa lo perdería para siempre, y esa perspectiva la llenaba de pavor. Decirle que lo amaba pero que no podían estar juntos era aún más cruel. Y la tercera opción… supondría abandonar el convento y romper con la vida que había llevado hasta entonces. Pensó en Blanquita. Cualquier decisión debía estar supeditada ella…

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