martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial VIII

Fernando aguardaba con el alma en un hilo.
- Ahora no, por favor… -le suplicó.
- Dime donde y cuando…
- Esto es una locura… ¿No te das cuenta?
- Te esperaré mañana a las seis en el quiosco de la música que hay en el parque de los eucaliptos.
De vuelta en la biblioteca, la Hermana Catalina revisó el libro encontrando lo que buscaba. Esa carta era distinta de las anteriores. En ella, por primera vez, Fernando le hablaba de sí mismo. De sus recuerdos, de sus ilusiones. Le describía el momento en el que la conoció y lo que había significado para él. Le proponía un futuro en común.
Estaba tan abstraída que no escuchó la puerta abrirse. La Madre Elisa se acercó a ella y tomó asiento a su lado.
- ¿Me vas a contar lo que te pasa?
En su tono no había reproche, tan solo preocupación. Nunca había tenido secretos para ella. Entre otras cosas, porque la Superiora poseía la capacidad de leerle el pensamiento.
- No puedo, Madre… -dijo, sin poder contener las lágrimas.
La Madre Elisa la abrazó conmovida. No soportaba verla sufrir.
- ¿Es que no confías en mí?
- No es eso. No se ofenda, pero creo que no me entendería.
- Tal vez, pero aún así te ayudaré en lo que pueda. Desahógate, Hija, saca eso que te está atormentando…
Catalina suspiró. Ya no podía más con ese secreto, le pesaba como una losa. Después de meditarlo unos segundos le entregó la carta. La Madre Elisa la leyó sin decir una palabra.
- ¿Desde cuándo…?
- Hace algo más de un año. Recibo una cada mes, con el pedido de los libros.
- ¿Y tú…?
- No sé cómo ha pasado… pero siento algo parecido. Y me estoy volviendo loca… -admitió, cubriéndose la cara con las manos.
- Mírame, Catalina…No voy juzgarte. Yo quiero tu felicidad por encima de todo. Pero tienes que estar muy segura antes de dar ningún paso. Tómate el tiempo que necesites…
- No tengo dudas sobre lo que siento, pero sí sobre lo que debo hacer. Me asusta lo que implicaría dejarme llevar por esto…
- Sé mejor que nadie que no estás hecha para la vida contemplativa. No seré yo quien corte tus alas.
Desde que la adoptó, la Hermana Catalina no había dejado de preocuparse por el futuro de Blanquita. Mientras fuera pequeña solo necesitaba cariño, un ambiente sano y alguien que le inculcara cierta educación. En el convento tenía todas esas cosas. Sin embargo –se temía-, llegaría un día en el que eso no sería suficiente. Ella no había elegido vivir allí encerrada, nadie tenía derecho a privarla del mundo exterior. De conocer otros lugares, de divertirse, de relacionarse con otras personas. E incluso de enamorarse.
Pensaba en sí misma, y ni siquiera a esas alturas estaba convencida de querer renunciar a esas experiencias. En los últimos años había estado como anestesiada, pero esos anhelos no habían desaparecido. De no haber sido por Blanquita, probablemente se habría marchado del convento. Le aterraba que un día sintiera que había desperdiciado su vida y se lo echara en cara. Debía darle la opción de decidir o jamás se lo perdonaría.
Antes de acostarse pasó por la cocina a buscar una infusión que la ayudara a relajarse. Sería una noche larga… Al entrar en su celda encontró a Blanquita despierta.
- ¿No puedes dormir, cariño?
- Te estaba esperando…
- Pues ya estoy aquí –dijo, acostándose junto a ella y cogiéndole la mano-. ¿Quieres que te cuente un cuento?
- Cuando yo llegué…
Era su historia favorita. Jamás la habían engañado, pues tarde o temprano descubriría que no había surgido de la nada.
- Como quieras. Esa noche, los truenos eran tan fuertes que me despertaron…
Fernando miró el reloj una vez más. Faltaba poco para las seis y media. Tal vez había tenido algún obstáculo para salir, pero su instinto le decía que no se trataba de eso. Si llegaba –creía-, serían buenas noticias. No era lógico que se presentara para decirle que no… Seguramente habría leído su última carta. En ella se revelaba tal y como era, sin máscaras. ¿Habría sido eso un estímulo, o un elemento disuasorio? Por el camino vio acercarse una figura vestida de oscuro que respondió a su pregunta.

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