martes, 10 de febrero de 2009

Designio celestial

Designio celestial
servido por patricia 15 julio 2008 24 comentarios
La lluvia golpeaba furiosamente los cristales. Un trueno resonó con fuerza y pareció como si el cielo crujiera. La Hermana Catalina se cubrió la cabeza con la almohada. Desde que era una niña, las tormentas le producían desasosiego.
Estaba desvelada, y no podía dejar de darle vueltas a la cabeza. Como siempre, los peores pensamientos acudían a mortificarla en el silencio de la noche. Ya sabía por experiencia que con la luz del día vería las cosas de otro color, pero en esos momentos no representaba ningún consuelo.
Últimamente meditaba mucho sobre su vida allí. Nunca había sentido una especial devoción religiosa, ni mucho menos había escuchado la llamada de Dios.
Acababa de entrar en la adolescencia cuando su madre falleció. Y su padre, un terrateniente chapado a la antigua, no encontró mejor opción que dejarla en manos de las monjas. Allí estaría protegida, ellas le proporcionarían una educación acorde a su clase –había pensado con su mejor voluntad.
Desde que ingresó en el convento se había sentido la niña mimada. Era la más joven y todas la trataban con extrema consideración. Le perdonaban sus faltas de disciplina, pasaban por alto sus travesuras, y hasta reían sus gracias. Y no porque don Sebastián fuera un importante benefactor, sino porque nadie podía resistirse a su encanto.
El crecer aislada del mundo exterior no le había supuesto ningún trauma. Allí se sentía libre y no echaba nada en falta. Había aprendido a coser, ayudaba en la cocina, recogía flores del jardín y se encerraba a leer en el torreón durante horas. Las hermanas eran su familia, nunca se había sentido encerrada entre esos muros. Su único contacto con el género masculino se limitaba al Padre Cristóbal, así que no podía anhelar lo que no conocía. Su vida transcurría plácida, sin sueños ni desilusiones.
De un tiempo a esa parte, sin embargo, sentía una opresión en el pecho que no sabía interpretar muy bien. Era como si por primera vez, aquello no fuera suficiente. Pronto cumpliría los veintiuno y tomaría los votos temporales. Un sentimiento que hasta entonces había permanecido soterrado la inducía a cuestionarse su destino. Había empezado a ser consciente de que necesitaba algo más para dar sentido a su vida. Y esa certeza la llenaba de angustia.
Dos golpes la sobresaltaron, interrumpiendo bruscamente sus cavilaciones. Habría sido el viento –pensó-, hacía una noche de perros... Encendió la palmatoria y abandonó el cálido lecho. Al pisar las losas de piedra, un frío glacial le caló hasta los huesos. Todo estaba oscuro –comprobó a través de la ventana-, y el único sonido era el producido por el aguacero.
Se disponía a soplar la vela cuando escuchó un golpe seco. Venía del portón, estaba segura. ¿Quién podía llamar a esas horas, y con la que estaba cayendo? Sin pensarlo dos veces, se echó el chal sobre los hombros y recorrió los gélidos corredores del claustro con el corazón latiéndole a mil por hora.
Al abrir la puerta no vio más que una cortina de agua. Un casi imperceptible sonido la indujo a bajar la vista, descubriendo una canastilla a sus pies. Supo lo que contenía antes de agacharse.
El bebé no tenía más que unos pocos días de vida y tiritaba de frío. Con mucho mimo lo envolvió en su chal y se lo pegó al cuerpo para darle calor. Regresó a su celda sigilosamente, como si ocultara un tesoro.
Al cerrar la puerta suspiró aliviada, sintiéndose a salvo. Depositó al pequeño entre las mantas y lo examinó con detenimiento. Tenía la piel muy blanca, el pelo castaño, y unos ojos enormes de color miel.
- Pero qué guapo eres… -le susurró.
Se metió en la cama junto a él y le acarició la carita con suavidad. Le inspiraba una ternura infinita.
- No vayas a llorar, por favor…
El chiquillo se aferró a su dedo índice, mirándola fijamente. La Hermana Catalina supo que su vida estaba a punto de cambiar. No entendía por qué, pero se sentía ligada a ese ser diminuto más que a cualquier otra cosa.
- Ya no estás solo, precioso. Yo me ocuparé de ti.
Como si la hubiera entendido, el niño le respondió con una amplia sonrisa de satisfacción.

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