domingo, 8 de febrero de 2009

Despedida de soltera

- Vendrás a mi despedida de soltera, ¿verdad Patri? –me dijo mi amiga V.
- Claro…
- Es en Londres –matizó, como si nada.
- Qué dices…
A esta se le ha ido la pinza –pensé-. Con lo centrada que parece…
- Un fin de semana en Londres. Anímate, lo pasaremos genial…
Es que se ha puesto de moda, oye. Eso de celebrar una despedida de soltera sin salir del ámbito nacional, como que no tiene gracia.
Unos días después me llamó para decirme que ella y sus amigas habían comprado el billete de avión, y tuve que decidirme. Era Noviembre, un mes pésimo para ir a Inglaterra, pero en fin. Según me dijo, sólo una de las chicas era realmente una buena amiga. Las demás iban un poco de rebote, eran novias de amigos de su novio. Además, sería divertido.
Cuando unos días después me comunicó que habían reservado una habitación para nosotras ocho que compartiríamos con dos desconocidas me asaltó la tentación de arrepentirme, pero no sucumbí a ella. From lost to the river…
Emprendimos viaje una fría noche, y llegamos a las tantas. A decir verdad, aquello no estaba nada mal. Era una casa antigua preciosa y muy confortable.
Yo pretendía aprovechar esos dos días al máximo, visitar mis lugares favoritos y conocer otros nuevos. V. tenía un propósito parecido, pero pronto descubrimos que éramos minoría. Además, el grupo se movía con una lentitud pasmosa. No tenían prisa, habían ido a pasarlo bien y estar relajadas, no a hacer turismo.
El tiempo se nos iba en desplazamientos, cervezas y cafés eternos, esperando a una que había entrado a una tienda a comprar agua o a otra que quería ir al baño. Y por las noches salíamos hasta las 4 o las 5, porque había que disfrutar de la movida londinense. ¿Quién iba a madrugar así?
A mí me gusta salir de fiesta como a cualquiera, pero cuando viajo mis prioridades son otras. Cuando estoy en una ciudad que no es la mía se apodera de mí una especie de ansiedad por aprovechar y verlo todo. Sin agobio, pero tratando de sacarle el máximo partido a mi estancia. Ellas en cambio sólo querían marcha. Traían sus maletones cargados de botellas de ron y whisky, aquello parecía una destilería.
La última mañana quisieron ir a ver el mercado de Campden. Yo no lo conocía, y merece la pena. Pero era un caos. Además, diluviaba. Nos dispersamos y regresamos más tarde de lo previsto, con el tiempo justo de ir al aeropuerto.
Después de un rato en la parada, empezamos a ponernos atacadas. Los autobuses llegaban con cuentagotas, y llenos hasta la bandera. Como no teníamos cerrado el billete, nos dejaban en tierra una y otra vez. Cada vez nos entraba más agobio, al ver que no llegábamos a tiempo.
Decidimos ir en taxi, aunque Stanted está donde Cristo perdió el mechero. A pesar de que en esa ciudad proliferan como champiñones, no llegaban. Pillamos un atasco. La ley de Murphy siempre se cumple, sobretodo cuando más jode. El taxista se portó de maravilla. Iba a toda caña, sorteando obstáculos y soportando estoicamente nuestro estrés. Parecía una huída de película, pero de película de Berlanga. Cada vez que mirábamos el reloj o veíamos los kilómetros que faltaban, nos daban los siete males.
Cuando estábamos entrando al parking del aeropuerto, una llamada de las que iban en el primer taxi nos confirmó lo que nos temíamos: habíamos perdido el vuelo por cinco p… minutos. Una vez cerrado el mostrador de facturación no había nada que hacer, sobretodo en el país de las normas.
Imaginaros la cara que se nos quedó. Tuvimos que comprar nuevos billetes y regresar a Londres. Además, buscar un nuevo hotel, porque en el nuestro ya no había plaza. Una auténtica comedia.
Para mí lo mejor de ese viaje fue sin duda el rato que pasé con una estupenda amiga venezolana que vive allí, viendo la National Gallery y la exposición de Velázquez que en ella se celebraba. Sólo por eso valió la pena.
Fue una experiencia que me sirvió para saber lo que no quiero repetir. V., que es un encanto y no tuvo ninguna culpa, también volvió decepcionada. La pobre con más motivo... No creáis que no lo pasé bien, pero está claro que ese tipo de viaje no es para mí. Por eso tengo ganas de volver a Londres y disfrutar de los lugares que se quedaron en el tintero.

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