miércoles, 18 de febrero de 2009

El ángel caído

Había sido un día de esos que preferiría borrar de la memoria. Madrugón, prisas, bronca del jefe… Una serie de despropósitos parecían haberse confabulado en mi contra. Llegué a casa rendida, pero con la ilusión de que el merecido descanso se aproximaba. La noche anterior me había acostado a las mil terminando un trabajo y me encontraba en estado catatónico.
Estaba llenando la bañera cuando me pareció escuchar el timbre. Al ver a mi hermana con su bestia parda de aspecto angelical supe que la pesadilla no había hecho más que empezar. Que le había surgido un imprevisto, que no tenía con quien dejarlo, que me lo agradecería de por vida… Sin pretensión de ser borde le contesté que mejor me lo agradeciera con un fin de semana en un balneario para recuperarme de la que se me venía encima. Y que olvidáramos el resto de la vida, que al fin y al cabo llevábamos la misma sangre. Para mi sorpresa aceptó, y antes de que pudiera darme cuenta se alejaba hacia el ascensor mientras su diabólico retoño irrumpía en mi feudo.
Ya se sabe, a quien Dios no le da hijos el diablo le da sobrinos… No es que no me gusten los niños, lo que no me gusta son las fieras corrupias hiperactivas y perversas. Justo lo que era Nico. Ya lo habían expulsado de tres guarderías por comportamiento agresivo. A sus cuatro años tenía un historial de salvajadas que aterraba. Cuando lo vi correr hacia mi ordenador traté de detenerlo:
- No, Nico, ya sabes que el ordenador no es para jugar…
- Ojú, titaaaa…
- ¿Cómo me has llamado?
Sabía que lo de tita me sacaba de quicio, por eso me lo decía. ¿Cómo podía caber tanta mala leche en ese cuerpo tan pequeño?
- ¡Que no lo rompo, tita!
La madre que lo parió, había vuelto a decirlo…
- Te pongo el dvd de los teletubbies, que son muy divertidos.
- Son subnormales…
- Tú si que eres subnormal… Elije, los teletubbies o a la cama. Mira que hoy no estoy yo pa fiestas…
- ¿Aquí no se cena?
- ¿Es que tu madre no te ha dado de cenar?
- No –mintió la pequeña alimaña, sin temblarle el pulso.
La mayoría de la gente caía en el hechizo de sus rizos rubios y sus preciosos ojos azules, pero yo ya me conocía todas sus artimañas. Como no tenía fuerzas para discutir, decidí dejarlo estar.
- Vamos a hacer una cosa, Nico. Te quedas viendo la tele mientras yo me doy una ducha y luego cenamos, ¿vale?
Me miró con cara de perdonavidas, valorando mi propuesta. Acto seguido salió disparado a por el mando a distancia y trepó a mi sofá pisoteándomelo sin piedad. Aguanté la respiración y me di media vuelta. Entonces un cojín rebotó en mi espalda, derribando en su caída mi jarrón de cristal de Murano y haciéndolo añicos. Hice un esfuerzo supremo por no amordazarlo y encerrarlo en un armario, pero no pude evitar clavarle una mirada asesina. Para aumentar mi cabreo, en lugar de miedo le provocó un ataque de risa incontrolable.
No tardé más de diez minutos en regresar, y aquello parecía zona catastrófica. La lámpara en el suelo, mis papeles diseminados por todas partes, y la alfombra persa pringada de coca-cola. Nico golpeaba furiosamente las teclas de mi ordenador, encabronado por no poder acceder. Cruzarle la cara me habría ayudado a sentirme mejor, pero se impuso mi parte sensata y me decanté por la no violencia. Eso sí, me serví un whisky para ser capaz de mantener la calma.
- Vente, muñeco diabólico, que voy a preparar la cena.
Ante mi sorpresa me siguió sin rechistar. Debía estar famélico… La clave para evitar que hiciera fechorías era tenerlo entretenido, así que le di papel y lápiz mientras yo cocía la pasta. Como no me fiaba ni un pelo, me volvía a mirarlo cada cinco segundos. En una de esas lo vi llevándose algo a la boca. ¡Era mi vaso de whisky!, comprobé horrorizada. Para cuando corrí a quitárselo ya no quedaba ni una gota.
- ¡Quiero más! –exigió con los ojos brillantes y los labios húmedos de la mejor malta escocesa. El jodido olía a bodeguilla que trepaba. Si no me mataba él de un susto, me mataba su madre cuando llegara…
- Eres una condena, ¿lo sabías?
El agua empezó a hervir y tuve que ocuparme de los fogones. No lo oía ni respirar. Mala señal... Cuando un niño como ese no daba un ruido solo podía significar que estaba tramando alguna maldad. Me giré, a tiempo de ver mi móvil nuevo volando por la ventana.
Ya no podía más, aquello era demasiado… Fui hasta él echando espuma por la boca y lo agarré del cuello con ambas manos. Empecé a apretar mientras sus vidriosas pupilas azules se clavaban en las mías. Su rostro infantil se fue poniendo cada vez más rojo. Abrió la boca para hablar, pero no le salía la voz. No podía creerlo, nunca antes le había visto una expresión tan beatífica… Aflojé levemente la presión, y entonces dijo con una dulzura infinita:
- Te quiero, tita…
Sé que debí cargármelo en ese momento, que lamentaré toda mi vida el no haberlo hecho, pero en lugar de eso lo abracé como una imbécil sin reparar en su sonrisilla triunfal.

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