domingo, 8 de febrero de 2009

El arte de la falsificación

Hace algunos años, un grupo de jubilados ricos mexicanos habilitaron un taller en el caserón de uno de ellos. Allí se reunían a pintar por puro entretenimiento, Se tomaban sus whiskys, se reían…
Le fueron tomando el gustillo, y contrataron a un profesor de la Academia Nacional de Pintura para que los instruyera. No tenían fines profesionales ni mucho menos lucrativos. Copiaban temáticas y estilos artísticos de otras pinturas como forma de aprendizaje. Incluso envejecían los lienzos para darles un aspecto antiguo.
Se lo pasaban en grande e iban adquiriendo experiencia. Hubo quien puso en duda su capacidad y los acusó de no ser ortodoxos. Esto provocó en ellos el desprecio hacia el medio artístico, y se propusieron demostrar a los críticos de arte que no tenían ni idea.
Un día, un marchante contempló la colección y quedó fascinado por una de las pinturas. Creyéndola del siglo XVII, hizo una oferta para comprarla. Al propietario le pareció divertido vendérsela sin desvelarle que era una obra suya. Aunque no había sido ese su objetivo al pintarla, al ocultarle la verdad la convirtió en un fraude.
Poco tiempo después, la pintura apareció en la portada del catálogo de una exposición celebrada en el Museo Nacional de Arte. Los jubilados no daban crédito. Fueron a la inauguración y tuvieron el descaro de preguntarle a los especialistas su opinión sobre ella. No sólo la habían fechado tres siglos antes, sino que además habían confundido la temática.
La falsificación de obras existe desde que surgió el mercado del arte. Actualmente las pruebas técnicas permiten detectarlas, pero siempre hay algún incauto que no considera necesario realizarlas. Independientemente de la cuestión ética, los falsificadores son grandes artistas. Hasta se ha denominado a esta práctica “el octavo arte”.
Hans van Meegeren es uno de los más reconocidos. Cuando tras la Segunda Guerra Mundial fue acusado de colaborar con los alemanes por vender un cuadro de Veermer, aseguró que lo había pintado él mismo. Como las autoridades no lo creyeron, le hicieron copiar otro cuadro del maestro holandés. Al constatar su habilidad lo acusaron de falsificador y murió en la cárcel.
En el caso de los jubilados la intención no era la de estafar, pero acabaron haciéndolo. El tema se les fue de las manos. Incluir una obra en una exposición es la mejor forma de legitimarla, así que el fraude se mantiene. Aunque algunos conocen la verdadera historia, esa pintura se sigue considerando auténtica.
Evidentemente lo que hicieron no es correcto, pero a mí me hace muchísima gracia. Me los imagino en la exposición, aguantando la risa mientras escuchaban a los pedantes ensalzar la obra, y es que me parto. Pinches viejos…

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