martes, 10 de febrero de 2009

El encanto de Guanajuato

La siguiente escala fue en un pueblecito de visita obligada: San Miguel de Allende. Es un poco gringolandia (como diría Frida) y eso le quita parte de la gracia, pero está extraordinariamente conservado. Los colores predominantes son el albero y el granate, lo que no sorprende teniendo en cuenta que esta arquitectura deriva en gran medida de la sevillana. No es hacer patria, sino una verdad como un templo.
Me impactó su biblioteca, un lugar de ensueño como para enclaustrarse por horas. Lo que no me hizo tanta gracia fue comprobar que la mitad de los libros eran en inglés. Pinches guiris, ¿no pueden aprender nuestro idioma como nosotros hemos aprendido el suyo?
Mirad qué patio más tentador y qué cafetería... Ni las monjas se privan de un café.
Al igual que en otros sitios distinguidos por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, se aprecia un especial cuidado en que ningún elemento rompa la armonía del conjunto urbano. Ni siquiera el Starbucks… Cuando lo vi me acordé de ti, Naná. Y de la fallerita, por supuesto. ¡Marchando un caramel macciato y un donut de manzana y canela!
La llegada a Guanajuato, a través de túneles subterráneos que discurren bajo el centro histórico, fue espectacular. Aquello parecían las cloacas de Viena, solo que sin Orson Welles. Un funicular que daba más miedo que Betty la fea con dolor de muelas nos llevó a un mirador que ofrecía la mejor panorámica de la ciudad. ¡Aquí tienes tu puesta de sol, Jhay! Quizás no se aprecia bien, pero te juro que es una puesta de sol...
Esta es la fachada de la Iglesia de San Francisco, una de las que más me gustó.
Me encantan los juguetes artesanales mexicanos, sobretodo los esqueletos. Este sentido lúdico de la muerte está presente en todas partes. Y no es falta de respeto, solo desdramatización.
¿Adivináis de qué me estoy riendo? O más bien de quien. Si no lo conociera pensaría que es un efecto secundario de los empastillamientos, pero ya era así antes. Seguro que si viera que he puesto esta foto se engorilaba conmigo. Por suerte no frecuenta estas arenas.
Este es el Callejón del Beso. Según cuenta una tradición popular, dos amantes fueron sorprendidos besándose desde los balcones opuestos y el padre de ella la mandó al otro barrio por la vía rápida. Quería que la niña se casara con un español forrado y no con un pobre minero. Pues ni con uno ni con otro…
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Antes de abandonar la ciudad visitamos el museo de las momias. Al parecer el particular microclima de la fosa común hizo que los cuerpos se conservaran intactos. Sí, era muy desagradable. Sí, había asesinados, enterrados vivos y hasta bebés. Sí, hice fotos por un tubo. Y no, no he puesto ninguna porque no quiero herir vuestra sensibilidad. Que ya se me fue la mano una vez y me dieron canela en rama…
Pátzcuaro es un pueblo indígena que parece detenido en el tiempo. ¿Os suena esta foto? Es la misma que puse en el post “Un paseo por México”, solo que esta es mía.
Este es el baño de las monjas del convento de dominicas, hoy llamado La Casa de los Once Patios. A ver, que me digan donde hay que firmar. Que para mí que estas lo de los tres votos se lo pasaban por el arco del triunfo.
El Santuario de Guadalupe de Morelia es tope de kistch, creo que Almo lo ha fichado como escenario para su próxima película…
Hasta aquí la crónica de mi periplo. Los que creéis que estoy de año sabático… seguid creyéndolo. Reconozco que tenéis argumentos de peso.

1 comentario:

  1. Leí con gusto tu reseña en México, espero que hayas disfrutado tu visita a este país tan hermoso, saludos desde México.

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