martes, 10 de febrero de 2009

El Escorial

Hay lugares que tienen algo especial. No solo por su estética, sino por lo que representan y lo que trasmiten. Para mí uno de ellos es San Lorenzo de El Escorial. Lo he visitado varias veces en los últimos años, y cada vez me resulta más atractivo.
El pueblo es un derroche de granito y tejados de pizarra creado a la imagen y semejanza del monasterio. Me gusta la solidez de sus calles, su ambiente reposado. Hasta le encuentro encanto a ese frío que es una seña de identidad, al igual que la niebla que baja de la Sierra de Guadarrama.
El monasterio fue el centro neurálgico de un poderoso imperio. Nunca olvidaré la primera vez que lo vi, cubierto por la nieve. Como espacio arquitectónico es impresionante. Un prodigio de sobriedad herreriana y perfecta geometría que alguien definió como “piedra con alas”.
Su traza se inspira en la del Templo de Salomón de Jerusalén, y según versiones menos ortodoxas en la parrilla en la que fue martirizado San Lorenzo. Esto da una clara idea de las pretensiones de Felipe II. El hecho de situar el palacio real junto a un monasterio responde a un proyecto de gran envergadura apoyado en estrechas alianzas político-religiosas.
La biblioteca es un dispendio de mármoles y maderas nobles cubierta por una bóveda decorada con pinturas al fresco. Otras estancias que dan fe de su esplendor son la Sala de Batallas, el Salón del trono, la Pinacoteca o el Panteón Real. La estancia del rey tiene una ventana que da a la basílica y le permitía seguir la misa desde la cama cuando quedó inmovilizado por la gota.
Los Austrias sentían gran predilección por la naturaleza. El jardín de los frailes fue jardín botánico y un espléndido mirador asimilado a los Jardines Colgantes de Babilonia.
El Escorial es un símbolo imperialista y en ocasiones se asocia a ideologías con las que no me identifico en absoluto, pero no por ello dejo de admirar su belleza y de reconocer en cada una de sus piedras una parte fundamental de la historia de España.
Siempre es un placer darse una vuelta por allí, contemplar la puesta de sol sobre la mole de granito, y caminar hacia el casco histórico para hacer una escala técnica en la Fonda Genara.

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