sábado, 14 de febrero de 2009

El escritor II

El escritor se la quedó mirando, sorprendido de que no le ofreciera un ejemplar de su novela para firmárselo. Ella le dio la enhorabuena y esperó inútilmente alguna señal de reconocimiento. Por un momento se planteó si había hecho bien en acudir. A veces era preferible quedarse los recuerdos…
- ¿Sabes que me resultas muy familiar? –dijo él al fin.
- Éramos vecinos, pero hace ya tanto de aquello… Supongo que he cambiado mucho.
La escrutó detenidamente y se cubrió la cara con las manos, avergonzado.
- Perdóname, por favor… Por supuesto que te recuerdo. Clara... Eras la niña más lista que he visto en mi vida… ¿Cómo estás?
- Voy tirando. La vida no me sonríe tanto como a ti, pero tampoco puedo quejarme.
- Yo te encuentro estupenda.
- Siempre me viste con buenos ojos.
- No te quites méritos…
- Me alegro mucho de tu éxito, Marcos, te lo mereces. Quería darte las gracias.
- ¿Las gracias? ¿Por qué?
- Por todo lo que aprendí a tu lado. Por los horizontes que me abriste… Sé que te va a sonar exagerado, pero yo no sería la misma persona si no te hubiera conocido.
Él se quedó lívido, impresionado por su declaración.
- ¿En serio? Pues no sabes cuanto me alegro... Para mí los ratos que compartimos fueron muy agradables, jamás imaginé que pudiera marcarte tanto…
- Me parece que te están esperando –dijo ella, al advertir la mirada impaciente del alcalde-, y yo te estoy entreteniendo. Solo quería que lo supieras.
- Las autoridades me llevan a cenar, me están tratando a cuerpo de rey. Pero me encantaría seguir hablando contigo… ¿Podemos vernos mañana?
- Si no tienes nada mejor que hacer…
Él sonrió, inclinando la cabeza en gesto de reprobación.
- No digas eso… será un placer. Mi avión sale a las ocho, me sobra tiempo. Te invito a comer y recordamos viejos tiempos, ¿te parece?
Esa noche tampoco pudo escribir. Se sirvió una copa de vino y se arrellanó en el sofá. Necesitaba estar a solas con sus pensamientos... Se sentía aliviada por haber podido manifestarle lo que hacía tanto que deseaba manifestarle. También por haber comprobado que seguía siendo tal y como lo recordaba, que la fama no lo había cambiado. Su imagen pública era la de un tipo celoso de su intimidad, poco amigo de exhibicionismos. Sin embargo había sido cercano con todo el mundo, y con ella se había mostrado bastante afectuoso a pesar del tiempo transcurrido.
De pronto recordó algo y se levantó. Sí, tenía que estar por alguna parte… La costumbre de guardar todo en cajas resultaba práctica en casos como ese. Revisó una tras otra, sin éxito. Entonces cayó en la cuenta. Fue a la estantería y rebuscó ansiosa entre los libros. Allí estaba, la primera novela publicada de Marcos Arellano. Entre sus páginas encontró un recorte de periódico, ya amarillento, con una crítica favorable. Y un poco más adelante, una vieja fotografía que extrajo como si fuera un tesoro. En un jardín con árboles frutales, un joven posaba sentado en una butaca de mimbre. Junto a él, una niña permanecía de pie y apoyaba la mano en su hombro. Recordaba esa tarde de verano como si hubiera sido ayer…

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