sábado, 14 de febrero de 2009

El escritor III

La mañana amaneció luminosa, algo que siempre la llenaba de ánimo. Había descansado bien, se sentía fresca y entusiasmada como una niña pequeña. Mientras tomaba un café y ojeaba el periódico, Clara planeó mentalmente lo que haría a continuación. Era una vieja manía. Hiciera lo que hiciera, siempre tenía la cabeza en otra parte.
El vestido rojo le pareció un poco excesivo, así que se decantó por un traje sastre verde oscuro que siempre le daba buen resultado. Se maquilló discretamente y se aplicó un toque de su perfume favorito. No quería ofrecer una imagen demasiado sofisticada. Probablemente él estaba acostumbrado a deslumbrar a las mujeres, y ella no tenía el menor interés en formar parte de ese club. Lo admiraba profundamente, pero con otros criterios. No le impresionaba su fama, sino su personalidad. Además, no olvidaba que estaba casado. Para nada pretendía seducirlo ni darle esa impresión.
Afortunadamente, el asador estaba tranquilo. No hubiera soportado el revuelo a su alrededor… Al verlo allí sentado, bebiendo una cerveza mientras la esperaba, le pareció que el tiempo no había pasado. Marcos sonrió y se levantó para recibirla. Cruzaron un par de frases de cortesía, mientras hojeaban la carta con parsimonia. Pero a medida que paladeaban el vino la conversación fue tomando un tono más personal.
- Cuéntame… ¿qué ha sido de tu vida? Porque imagino que tú estarás al tanto de la mía…
- Más o menos. Debe dar vértigo estar tan expuesto, ¿verdad?
- Sí, y mira que he tenido tiempo para acostumbrarme. Detesto ser conocido, pero soy muy consciente de que forma parte del juego. Yo vivo de esto…
- Lo entiendo. Y te admiro por ello…
- A todo se acostumbra uno. ¿Y tú? –insistió.
- Yo… descubrí un mundo nuevo en tu casa. Y esa niña destinada a llevar una existencia anodina en este pueblucho montañés quiso estudiar una carrera, conocer mundo, ser independiente…
- ¿Y lo logró?
- En cierto modo sí. Hasta hace poco vivía en Madrid y trabajaba en una revista. No me desagradaba, pero había dejado de motivarme. Además arrastraba un matrimonio que ya no me hacía feliz. Me faltaba el aire, y llegó un día en el que no pude soportarlo más. Entonces rompí con todo y me vine para acá.
- Qué valor…
- No te creas, es puro instinto de supervivencia.
- ¿Y ahora, eres feliz?
- Estoy en ello. Al menos me siento en paz conmigo misma. Hago lo que quiero hacer, tengo la conciencia tranquila en ese sentido. Escribo para exorcizar mis demonios. No soy buena, pero siento alivio al hacerlo…
- Cómo que no eres buena… Apuesto a que sí.
- Te agradezco la confianza, pero no puedes saberlo. ¿En qué te basas?
- Una persona con tus cualidades no puede escribir mal. Con trece años leías literatura compleja y la asimilabas de maravilla. No he visto nada igual… Tus comentarios, tu ansiedad por aprender, cómo te brillaban los ojos cuando entrabas a la biblioteca. Deslumbrabas, como deslumbras ahora.
Nunca se le había dado bien aceptar elogios, y no pudo evitar enrojecer. El camarero sirvió los platos, pero casi ni repararon en ellos.
- Ya hemos hablado demasiado de mí. ¿Qué me dices de ti?
Él sonrió con cierto cinismo y bebió un trago de vino antes de contestar.
- Tengo el privilegio de poder dedicarme a lo que más me gusta. En realidad, a lo único que sé hacer. A parte de eso, vivo bajo la presión de la editorial y esclavo de los índices de ventas, que son los que deciden mi continuidad en el negocio. No es fácil mantenerse…
- Lo imagino, pero el público te adora.
- Hoy, mañana quien sabe. Este es un mundillo cruel…
- No lo dudo. Aunque supongo que tu familia será un gran apoyo.
Su expresión se ensombreció levemente. Permaneció callado unos segundos antes de contestar.
- Mis hijas sí. Mi mujer está más interesada en asistir a fiestas y aparecer en las revistas que en mí.
- Lo siento.
A esas alturas, con una copa de pacharán en la mano, fue consciente de que estaban entrando en un terreno en el que no se sentía cómoda. El vino y la alegría de reencontrarse habían abierto la veda de las confidencias y empezaba a perder el control. Él tenía que marcharse y no sabía si volvería a verlo. Más valía mantener los pies en el suelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario