sábado, 14 de febrero de 2009

El escritor IV

El tiempo había pasado volando. Cuando salieron del restaurante casi anochecía, y el sonido del río era lo único que rompía el silencio.
- ¿Sabes? No recuerdo la última vez que me sentía tan a gusto con alguien. Ha sido maravilloso volver a verte, Clara. Este reencuentro me ha hecho pensar en muchas cosas.
Ella tenía un nudo en la garganta. Odiaba las despedidas, especialmente cuando eran indefinidas como esa.
- ¿En cuales? -se aventuró a preguntar. Aunque quizás lo lamentara después, necesitaba saberlo.
- En mi realidad. En como me he desvinculado de todo esto sin darme cuenta. Ahora siento una nostalgia que me parece desconocida. No porque no existiera, sino porque estaba demasiado ocupado para prestarle atención. Aquí están mis raíces, mi memoria sentimental. Y tú formas parte de ella.
- Ya te he dicho el lugar que tú ocupas en la mía. A mí me ha llevado años moldear mi realidad. Me he dejado llevar por tantas cosas… He cometido errores, y sigo pagando el precio de algunos.
- Lo veo en tus ojos.
No quería seguir por ahí, no en ese momento…
- Casi me olvido… –dijo, abriendo su bolso.
Marcos contempló la foto con deleite.
- No la conocía…
- Nos la hizo tu padre, con aquella cámara que tú le regalaste. Hace una eternidad.
- ¿Puedo quedármela?
- Es tuya.
- Gracias. Odio decir esto, pero tengo que irme…
- Lo sé.
- Cuídate mucho, ¿vale?
- Si tú me prometes lo mismo.
Se fundieron en un abrazo que él prolongó más de normal. Ella se mordió la lengua para no preguntarle si volverían a verse. No quería presionarlo ni forzarlo a mentir. Y la posibilidad de escuchar una respuesta que no fuera de su agrado le aterraba.
Llegó a casa con una opresión que casi le impedía respirar. Se dio un baño relajante que la ayudó a entrar en calor pero no consiguió aliviar su desazón. Necesitaba ocuparse con algo, así que se puso a limpiar la cocina hasta dejarla como los chorros del oro. Cogió un libro, pero fue incapaz de leer. Encendió la tele, y acabó apagándola a los diez minutos. Dio vueltas por la casa como una leona enjaulada. Detestaba sentirse así, a lo que se añadía la frustración de no poder controlarlo. Se echó en la cama, tratando de dejar la mente en blanco. Permaneció unos minutos inmóvil. Hasta que supo lo que tenía que hacer.
Se instaló en el escritorio provista de un taco de papel rayado y su vieja Mont Blanc, que reservaba para momentos especiales. Encendió una vela aromática de vainilla. Tomó aire y escribió, con pulso ligeramente tembloroso: “Cuando conocí a Marcos Arellano, yo tenía doce años y ganas de comerme el mundo. Mi padre era maestro de escuela y había sido destinado a ese pueblo, con el consiguiente traslado de toda la familia. Lo primero que veía cada mañana al abrir mi ventana era una casa enorme con una palmera ante la fachada, que parecía sacada de una historia de misterio. Mi mente infantil la imaginaba llena de tesoros, y no andaba muy desencaminada…”.

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