sábado, 14 de febrero de 2009

El escritor

Al entrar en casa se sintió reconfortada de inmediato. Fuera, el aire gélido removía las hojas secas y cortaba como una cuchilla. Encendió la chimenea, se preparó un té, y se sentó junto a ella tratando de serenarse. Esa noche no podría escribir. No después de lo que acababa de saber… En los pueblos las noticias vuelan, y todo el mundo andaba revolucionado con esta. Él había vuelto, presentaría su nueva novela al día siguiente en el Ayuntamiento.
Desde que se había convertido en un escritor de éxito, seguía de cerca su trayectoria. Compraba sus libros, leía sus críticas y entrevistas, e incluso estaba al tanto de los avatares de su vida personal que no escapaban a la implacable prensa del corazón.
Mantuvo la taza entre las manos para calentárselas, a falta de un remedio que calmara el frío interior. Se vio a sí misma de niña, fascinada por ese muchacho diez años mayor que leía y escribía como si no hubiera otra cosa en la vida. Agazapada tras la ventana de su cuarto, observaba la luz proveniente de la de su vecino hasta altas horas de la noche. Le suscitaba tanta curiosidad…
Un día, mientras leía en el jardín, cayó a sus pies un avioncito de papel en el que estaba escrito: “Así que te gusta leer… Ven a mi casa”. Hecha un manojo de nervios había tocado a la puerta de ese caserón de indiano. Estar allí dentro era como un sueño. Había fantaseado con ello tantas veces… Él le había enseñado la biblioteca que fuera de su abuelo, poniéndola a su disposición. Había salido de allí con “El diario de Ana Frank” bajo el brazo, el primero de una larga lista de préstamos. Presa ya del veneno de la literatura, esas visitas se habían vuelto imprescindibles. Cuánto había llovido desde entonces…
Después él se había marchado a trabajar a una ciudad de provincias. Al poco tiempo su familia había vendido la casa, rompiendo el único vínculo que lo unía al pueblo. Ella se había ido a estudiar fuera. Se había casado, se había divorciado, había dado tumbos de un empleo a otro. Y en el momento de mayor desorientación de su vida había decidido regresar a su lugar de origen y dedicarse a escribir.
A menudo pensaba en él. Muy poca gente le había inspirado ese sentimiento de gratitud y admiración. Era la primera persona que le había dicho que tenía talento y debía aprovecharlo. Sin saberlo, había impulsado su vida en una determinada dirección.
El día trascurrió marcado por los nervios. Se arregló con esmero y acudió puntual a la presentación. Al verlo entrar en la sala, sintió un cosquilleo de emoción. Parapetada entre el público, lo observó con detenimiento. Tenía las sienes ligeramente plateadas y alguna que otra arruga de expresión surcaba su rostro, pero se conservaba bien en términos generales. Sus ojos seguían desprendiendo esa luz que le había llamado la atención desde que lo conoció.
En cuanto terminó el acto, la mayoría de la gente se le acercó en busca de un autógrafo. Ella esperó pacientemente a que se fueran dispersando, y entonces se puso en pie. Habían pasado casi veinte años, ¿la recordaría?
Continuará...

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