miércoles, 18 de febrero de 2009

El huerto de las pasiones

Fue un verano, hace ya algunos años. Una situación que no viene al caso me había llevado a Salamanca. Varios días para deambular por ese maravilloso laberinto de piedra eran un privilegio a pesar del calor asfixiante. Aún en temporada vacacional, el ambiente estudiantil animaba cada rincón. Me venía a la memoria algo que decía mi abuela: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”. Qué cierto es…
Los primeros días hice turismo intensivo. Visité las catedrales, los conventos de San Esteban, Santa Clara y las Dueñas, la Universidad antigua, Clerecía… Después, ya más relajada, me limité a pasear sin rumbo fijo.
Una tarde, a esa hora en la que el sol concede una tregua, desemboqué en una callejuela a espaldas de la catedral. Me llamó la atención una puerta semicircular con reja de hierro tras la que se observaba un jardín. A un lado, una inscripción con la grafía propia de los vítores indicaba: “Huerto de Calixto y Melibea”.
Mi sorpresa fue mayúscula, pues aunque había leído “La Celestina”, ignoraba que la historia transcurriera en Salamanca y por supuesto la existencia de tal huerto. Había restos de la muralla medieval que Calixto saltaba para reunirse con su amada, un pozo en el que se pedían deseos románticos, cantidad de flores y árboles frutales… Y a sus pies el río Tormes.
Recordé entonces lo mucho que me había impresionado esa supuesta tragicomedia (creo que de cómica tiene poco), tan trasgresora para su época. Yo había leído poco por aquel entonces, todo hay que decirlo. Pero a día de hoy me sigue fascinando. Siempre he pensado que Calixto y Melibea se podían haber casado y ahorrarse todo el drama, ya que pertenecían a la misma condición social y sus familias no estaban enemistadas. Pero ni él estaba dispuesto a esperar ni ella le llega a exigir matrimonio. Desde luego no es un romanticismo al uso, al menos por parte de Calixto, que actúa más movido por el deseo que por el amor. De hecho él no muere por ella, mientras que ella sí muere por él.
Esta visión cínica del amor me resultó muy interesante, aunque lo que más me admiró desde el principio fue el personaje de la Celestina. Esa vieja alcahueta cuya ambición desencadena toda la tragedia. Es una superviviente en una España de picaresca, domina un arte y lo ejerce en su beneficio. Utiliza su inteligencia y sus conocimientos para mangonear a todos los personajes. Y eso, independientemente de juicios morales, me merece un respeto.
En todo eso pensaba yo delante de su estatua, bajo la que se lee: “Soy una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Si bien o mal vivo Dios es el testigo de mi corazón”. Con un par, jeje…

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