miércoles, 18 de febrero de 2009

El síndrome de Stendhal

Para Naná, que me entiende como nadie.
Me consta que mucha gente se ha emocionado al contemplar una obra de arte. Yo he disfrutado intensamente con muchas, y me he sentido subyugada por unas cuantas. En estos momentos me vienen a la mente las pinturas de San Clemente de Tahull, el Pórtico de la gloria, La Mezquita Azul de Estambul, "La Piedad" de Miguel Ángel, "El Aguador de Sevilla" de Velázquez, el Santuario de Tonantzintla en México o los frescos de Giotto en Padua. En todos estos casos he experimentado fascinación, entusiasmo, e incluso mutismo… pero jamás sensaciones negativas.
Pues resulta la sobredosis de belleza artística puede provocar una enfermedad psicosomática diagnosticada como “Síndrome de Stendhal”. Como el mismo escritor relató en su libro Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio, la sufrió visitando la florentina iglesia de Santa Croce en 1817: “La vida estaba agotada en mí, caminaba con temor a caer”. La impresión que le produjo fue tan grande que le provocó taquicardias, vértigos y pérdida del sentido.
Este mal del viajero romántico está relacionado con la cultura y por supuesto con la sensibilidad de la persona. La ciudad donde más casos se han dado, evidentemente, es Florencia. Los florentinos están inmunizados, pero entre los visitantes extranjeros se cuenta una media de 12 casos por año. Afecta sobretodo a mujeres de entre 25 y 40 años, con cierta educación artística y que viajan solas. Cuando la visión de la obra supera las expectativas, el placer se puede transformar en malestar y degenerar en este estado de shock. En la Galería de los Uffizi los vigilantes están prevenidos, pues es el lugar donde más veces ha sucedido.
Nunca pensé que la belleza artística pudiera ser nociva hasta que conocí la existencia de este síndrome. Lo cierto es que tengo casi todas las papeletas, pero no creo que llegara a padecerlo. Aunque ya que hay que morirse de algo, de exceso de belleza no sería mala opción, ¿no?

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