lunes, 23 de febrero de 2009

El zamorazo

Aunque yo le digo “mi ranchito”, algunos ya sabéis que me refiero a la ciudad de Zamora (Michoacán, México). En realidad no es mucho más pequeña que Granada, de donde yo vengo, pero desde luego es otro concepto. Está en un valle agrícola y a todos los efectos es más un pueblo que otra cosa. Sus habitantes son gente sencilla, de campo. Aún así, lo más pueblerino es la mentalidad.
Hay un par de librerías, un centro de arte y un teatro, pero su vida cultural deja mucho que desear. Durante el día tiene bastante movimiento, en cambio cuando anochece las calles se quedan desiertas. No hay bares ni cafeterías, solo locales para comer. Y algún que otro antro (aquí le llaman así a las discotecas). Lo mejor es que es un sitio alegre y la gente suele ser encantadora. Pero mentiría si dijera que no echo de menos cines, museos, otro tipo de tiendas…
Apenas llegué mis compañeros me previnieron sobre “el zamorazo”. Así le llaman al bajón anímico que afecta a los forasteros que osan asentarse en este rancho dejado de la mano de Dios. Todos ellos lo han experimentado en algún momento. Si vienes de una ciudad grande o con mayor nivel de desarrollo, el shock puede ser brutal.
Una de las cosas que llevo peor es la informalidad. Aquí la palabra no vale nada. Donde dije digo digo Diego… ya sabéis. Y eso es algo que me subleva. Nadie te dice nunca que no porque lo consideran de mala educación. O sea que no te puedes fiar cuando te dicen que sí…
Aunque despotrico de algunos aspectos, en líneas generales me he adaptado bien. Una serie de circunstancias me han ayudado a librarme del zamorazo: la primera, la certeza de que solo estaría un año aquí. Eso lo hace más llevadero… Otra, que he podido viajar bastante. También ha influido el haber estado ocupada. Como dicen mis colegas, aquí si no trabajas te aburres. Y así, además, la mayor parte del tiempo estás a salvo del zamorazo.
Aparte de eso, he tratado de tener la mejor predisposición para evitarlo. En mi tiempo libre no me ha quedado más remedio que cambiar de hábitos, pero hasta he llegado a encontrarle el gusto. Los fines de semana suelo estar muy tranquila. Me ocupo de alguna que otra tarea doméstica y aprovecho para descansar, escribir, leer, ver películas… Las reuniones de amigos son casi siempre en casa de alguien, porque por la noche no hay donde ir. No es como en España, que tienes un bareto en cada esquina.
El otro día me contaba una compañera nueva que le había dado el zamorazo a las dos semanas de llegar. Claro, que ella viene de la ciudad de México, que tiene unos veinticinco millones de habitantes. Le lloran los ojos y le duele la cabeza de la contaminación, pero es su ciudad… Y la entiendo perfectamente. Porque yo tengo una granaditis que no me aguanto. Hasta echo de menos la malafollá… Lo bueno es que lo no te mata te hace más fuerte. Creo que tras un año en el ranchito podría vivir en casi cualquier parte del mundo.

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