sábado, 7 de febrero de 2009

Escapada a Marruecos

Necesito cambiar de aires, así que he decidido hacer una escapada a Marruecos. ¿Quién se apunta? Es un país lleno de maravillas, y lo tenemos ahí mismo, a menos de una hora en barco. La cultura islámica no es tan ajena a la nuestra, de hecho en muchos aspectos nos parecemos más a ellos que a un alemán o a un sueco. Pero es otro mundo, en todos los sentidos. La religión islámica condiciona toda su cultura y mentalidad. Mantienen costumbres que aquí se extinguieron hace décadas, es como retroceder en el tiempo.
Haremos la primera parada en Tánger para recorrer su medina o ciudad antigua, rodeada por el mar. Tomaremos un té verde cargado de hierbabuena en el jardín del Hotel Minzah, junto a la puerta para escuchar el piano. Hay que descansar, hemos andado mucho…
Nos daremos una vuelta por Asilah, un pueblecito pesquero precioso, todo pintado de blanco y azul, con flores en las fachadas y un singular cementerio junto al mar. Está limpio y cuidado, se nota que es bastante turístico.
Hay que pasar por Rabat, la capital política, y visitar la gran mezquita de Hasán II, una obra faraónica donde se encuentra el mausoleo. Aquí tenemos que ser muy formales o nos echan, para ellos es un sitio mega sagrado. No veáis cómo son de monárquicos…
También pasearemos por la zona amurallada, la más antigua de Rabat, con callejuelas empedradas y puertas pintadas de colores.
Cómo no hacer una escala en Casablanca… Pero que nadie espere encontrar el mítico Rick´s Café ni nada parecido, es una ciudad caótica. La mezquita de Mohamed V es un dispendio arquitectónico, hay que verla…
Iremos a la costa, a El Jadida. Hace solecito, podemos darnos un baño… Sus cisternas, construidas por los portugueses en el siglo XVI, merecen una visita.
Y a Essaouira, un pueblecito marítimo amurallado, muy interesante. Si ya estamos cansados de tallin, pastela y cous-cous, probaremos el pescado es riquísimo, muy sabroso.
Por fin aterrizamos en Marrakech, la puerta del desierto. Es uno de mis lugares favoritos. Visitaremos las tumbas saadíes y el Palacio Bahía, que es una pasada. Su medina es un inmenso laberinto de calles comerciales sin nada que envidiar al Gran Bazar de Estambul. Podemos hacer algunas comprillas, siempre regateando, claro… Pero no os perdáis, ¿eh? Y a quien se agobie en los sitios cerrados, con mucha gente, le recomiendo que no entre. Que nos espere en la plaza, tomando un zumo de naranja o un pinchito moruno en uno de sus puestos callejeros. Por la noche la actividad es increíble: encantadores de serpientes, curanderos, saltimbanquis, echadores de cartas, mujeres que te pintan las manos o los pies con hena… Mirad que dulces, ¿a qué entran por los ojos?
A medida que avanzamos hacia el sur, los rastros de civilización van escaseando. Iniciaremos la ruta de las kasbahs o castillos. La de Ait Ben Haddou es una de las que mejor se conservan. En ella se rodó parte de la película Gladiator.
Veremos oasis de palmerales, dunas de arena, camellos… Un paisaje bíblico. Dormiremos en Skoura, en la Kasbah Ben Moro. Es un hotel de ensueño ubicado en una Kasbah restaurada. El dueño es un gaditano muy majete.
Atravesaremos el bosque de los cedros, donde los monos juegan a sus anchas. Nuestra próxima parada será en Fez, la capital cultural y espiritual del país. Entraremos a su medersa (escuela coránica), es una joya.
La medina está compuesta por un entramado de calles llenas de tiendas, cuesta abajo, que desembocan en la gran mezquita. Son tan estrechas, que utilizan burros para transportar las mercancías. Es un espectáculo...
Tras ver las ruinas romanas de Volubilis, nos detendremos en Meknes, donde visitaremos los graneros y el mausoleo de Mulay Ismail. Ya de regreso, haremos noche en Chauen. Es uno de los pueblos más bonitos de este país. Sus calles están pintadas de blanco y celeste. Nos alojaremos en Casa Hasán, un típico hotelito entorno a un patio con soportales.
Y por último, haremos una paradita en Tetuán, una ciudad de aspecto bastante español. Su medina de callejuelas blancas serpenteantes es patrimonio de la humanidad.
Llegamos al final, espero que os haya gustado el recorrido. Marruecos es un país que no deja indiferente a nadie. Si somos capaces de vencer ciertos escrúpulos, abrir la mente y apreciar sus exóticos paisajes, colores, música, aromas, sabores, costumbres… disfrutaremos mucho.
Viajar siempre es una aventura fascinante, sobretodo a sitios con tanto encanto, en los que podemos conocer culturas diferentes que nos enriquezcan y amplíen nuestra visión del mundo. Yo lo he pasado genial y estoy dispuesta a repetir…

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