viernes, 13 de febrero de 2009

Espacio vital

Siempre he sido bastante independiente, no necesito estar rodeada de gente para sentirme a gusto. Cada día soy más consciente de lo mucho que me gusta estar sola. Con ello no me refiero a vivir aislada ni a que prefiera la soledad a la buena compañía. Sino a tener tiempo solo para mí, a poder leer, escribir o ver una película sin que nadie perturbe ese momento. A la libertad de poner la música que me apetece escuchar, de no hablar si no tengo ganas de hablar, de no justificar cada uno de mis movimientos.
Afortunadamente tengo a mucha gente cerca, en el sentido más espiritual que físico. Por tanto es una soledad parcial y voluntaria. Sé que si necesito a alguien lo tengo a mi disposición. Siempre hay un alma noble dispuesta a tomar un café o escuchar en la distancia (bendito internet). Me consta que son muchos a los que les importo, con lo cual no podría sentirme sola aunque quisiera. Además, para mí la soledad es otra cosa.
Compartir tiempo con alguien a quien aprecias es un privilegio. Las risas, las confidencias… todo lo que define la amistad. Me gusta tener un contacto estrecho con mis amigos, pero no necesito verlos continuamente. Sé que están ahí, eso es lo que más me importa. Y ellos también saben que cuentan conmigo aunque no hablemos a diario.
Me cuesta entenderlo, pero hay personas que no saben estar solas. No se sienten a gusto consigo mismas, tienen que estar constantemente rodeadas de gente. Son las que te llaman para quedar porque les da pánico no tener compañía.
También están las que se te pegan (en todos los sentidos) más de la cuenta. Me agobia tener a alguien demasiado cerca, siento que invade mi espacio vital. Por supuesto hay casos en los que la cercanía no molesta sino todo lo contrario, pero ese es otro tema. Las personas “lapa” me horrorizan, no se dan cuenta de lo pesadas que pueden llegar a ser. No saben donde está el límite, y resulta muy violento tener que poner distancia porque sientes que te roban el aire. Por suerte hace mucho que no me encuentro con una.
El afán que tienen algunos de entrometerse en tu intimidad lo llevo fatal. Preguntas del tipo: “¿En qué piensas?”, me parecen impertinentes. Si quisieras exteriorizar lo que piensas lo harías, digo yo. Y si tienes que compartir algo tan personal como los pensamientos, ¿qué te queda? Necesito mantener esa parcela privada, y me molesta que alguien quiera meter las narices en ella. Los que me conocen suelen respetarla al igual que yo respeto las suyas. Y si alguien quiere que me aleje no me lo tiene que decir dos veces…
Independientemente de que yo pueda ser más o menos reservada, creo que todos tenemos derecho a esa cuota de privacidad. A tener nuestras propias movidas y no compartirlas si no nos da la gana. A que no traten de invadirnos el alma.

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