sábado, 7 de febrero de 2009

Hoy puede ser un gran día

Hace una gélida mañana. Llego a la Embajada de México.
- Buenos días. Quería ver al señor… (llamémosle fulanito).
- Primera planta, zona A, el despacho de la derecha.
Guay. Entro, y aquello parece un cuartel robado: cajas de cartón por doquier, papeles cubriendo el suelo pegado a la pared, muebles por medio… Y varios chavales, brocha en mano, que me hacen la radiografía visual sin cortarse un pelo. Me asomo al despacho y allí hay menos vida que en Júpiter. Se me acerca una señora y aprovecho para preguntarle:
- ¿Sabe dónde puedo encontrar a fulanito? Había quedado con él…
- El ministro subió a ver al embajador…
¡Ups! ¿Ministro? Y yo con estos pelos…
- Tiene que volver por aquí, ¿verdad?
- Sí, pero no sé cuanto tardará… Suele irse poco después de las dos –me dice. Es mexicana.
- Pues volveré más tarde. ¿Sería tan amable de decirle que he venido cuando lo vea?
- Claro, dígame su nombre.
Mientras apunta le explico:
- Mire, tiene que darme un libro. Si se va a marchar que se lo deje a alguien para que me lo entregue, por favor…
- Muy bien.
Vuelvo un par de horas después, y ni rastro del ministro. Aparece la mexicana.
- Bajó un momento, pero volvió a subir. Le dejé la nota sobre su escritorio…
Vaya… No puedo volver a irme.
- Lo esperaré por aquí. Gracias.
- Pero siéntese, no se va a quedar de pie…
Miro a mi alrededor y diviso una silla en medio de todo ese caos.
- Es que estamos de reforma… -me dice.
Y yo que no me había dado cuenta… Me quedo esperando, sin atreverme a sacar un libro para entretenerme por si aparece el ministro y se me escapa. Los pintores –son rumanos, ya me he percatado- me miran de vez en cuando. Probablemente se preguntan qué leches hago ahí, como un pasmarote.
Pasa un rato y vuelve la mexicana, rebotada porque no puede conectarse a Internet.
- Mejor siéntese allí –señala a lo lejos-, que se va a intoxicar con el olor a pintura.
- ¿Hay alguien más que pueda darme el libro? -le digo. Estoy empezando a desesperarme…
- Aquel es el encargado de la biblioteca…
¡Bingo!
- Oiga –le digo, cruzando los dedos-. He venido a recoger un libro en dos volúmenes sobre la Basílica de Guadalupe. Me lo iba a dar fulanito porque tengo que escribir la reseña, pero llevo un rato esperándolo… ¿Usted sabe algo?
- Sé cual me dices, lo trajeron hace unas semanas. El problema es que los libros están en esas cajas. Sería como buscar una aguja en un pajar…
Acabáramos… Está visto que hoy no es mi día –me digo, al borde del colapso-. Sigo sentada un rato más, con los rumanos escrutándome como buitres. En esto que llega un señor trajeado y la mexicana lo conduce hasta mí.
- Esta joven está esperándolo hace rato…
Me presento, le estrecho la mano, le cuento por qué estoy allí, y ante mi estupefacción me pregunta:
- ¿Yo hablé con usted?
- Le envié un e-mail preguntándole si le venía bien que viniera hoy a por el libro y me contestó que sí.
- Disculpe… con el lío que tenemos aquí… Déjeme ver, debe estar por aquí… -dice, con fuerte acento mexicano, y se pone a rebuscar en el maremagnum de cajas.
- ¿Vive en Madrid?
- No, en Granada.
- ¿Vino sólo por el libro?
- Pues sí –contestó.
- No me diga eso… Entonces no puedo permitir que se vaya sin él… No, no, pero que desastre… -dice, superagobiado.
Uno de los rumanos pasa junto a mí y me sonríe como diciendo: estarás contenta, nena, sin sospechar la movida que se está cociendo. El ministro pide ayuda al bibliotecario, y ambos se afanan revolviéndolo todo. Qué comedia, Dios de la verdad…
- Es que hoy tenemos un día… En el piso de arriba estamos celebrando el brindis navideño –me dice, abandonando la búsqueda.
Ostras, lo que faltaba…
- La autora del libro nos dejó un par de ejemplares. ¿La conoce?
- Sí, ella me ha encargado la reseña.
- ¿Trabaja con ella?
- He pedido una beca postdoctoral para un proyecto suyo –le aclaro.
- ¿Y cuando se va?
- Si me dan la beca empezaría en marzo.
- ¿Qué beca es?
- Del gobierno de México para extranjeros.
Parece muy interesado.
- ¿Para qué proyecto?
- La pinacoteca de San Agustín de Morelia.
- ¡Se la dieron! –exclama feliz-. Ayer mismo firmé los papeles…
Tengo que contenerme para no gritar y empezar a dar botes, no sea que piense que me falta un hervor…
- Verá cómo le va a gustar aquello… ¿Hasta cuándo está en Madrid?
- Hasta mañana por la tarde -digo, aún en nirvana.
- Dígame en qué hotel está y yo le llevo el libro.
- No, qué apuro, cómo se va a tomar esa molestia…
- Ninguna molestia… fue mi culpa no tenerlo preparado…
Apunta las señas de mi hotel y me dice:
- Espéreme tantito, ya regreso.
Permanezco un rato de pie, y en vista de que no asoma, vuelvo a mi silla. Los rumanos han sacado las fiambreras y han puesto música de su tierra. El bibliotecario sigue abriendo cajas. La mexicana y otra compañera despotrican acerca del brindis en el despacho de al lado. Al rato, un compañero les trae un par de platos de embutidos y me ofrecen. Esto es surrealista, no sé si estoy en la embajada de México o en una película de Buñuel. Pero el libro ya ha pasado a un segundo plano. Estoy tan eufórica que me planteo unirme a los rumanos y divertirme un rato con ellos. Pasa más de una hora, y yo aguantando estoicamente. México lindo y querido, si muero lejos de ti…
Por fin llega el mister y se vuelve a disculpar. Me hace pasar a su despacho y me enseña un libro de México, página por página. Está siendo muy amable, pero son casi las tres y media y tengo más hambre que el que se perdió en la isla.
Puesto que dar con el libro parece misión imposible hasta que no organicen aquello, le dejo mis señas y promete mandarme los dos tochos por mensajero.
- Lo siento –me reitera-, pero al menos le di una buena noticia.
Ya te digo… Qué majete, el tío. Mientras bajo las escaleras pienso en la paradoja. Entré buscando un libro y salí con una beca. No tengo más remedio que admitir que hoy SÍ es mi día.

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