lunes, 9 de febrero de 2009

La dama blanca

“Toda familia, y especialmente si es adinerada y afamada, suele tener algún secreto o misterio que se ha mantenido como tal a lo largo de los años. Pecados referentes a la carne, al dinero o a la moralidad en general, son frecuentes”.
Conocí la historia hace años, y como soy una morbosilla enseguida me interesó. Es como una novela, solo que con personajes y hechos reales.
Diego de Arizón fue un rico comerciante de Indias que vivió en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en el siglo XVIII. El tío era el rey del mambo. Según las crónicas, su familia era “la más codiciosa que había en Sanlúcar”. Si la envidia fuera tiña…
Su humilde morada tenía un patio porticado con columnas de mármol rojo, almacenes para mercancías y hasta un oratorio. Porque lo codicioso no quita lo beato.
Desde su torre mirador podía controlar la salida y llegada de las flotas ultramarinas. Entre copa y copa de manzanilla no se perdía detalle.
Pero claro, tanto viajar al Nuevo Mundo acabó pasándole factura. Su mujercita, Margarita Zerver, se sentía sola en esa jaula de oro. Así que buscó el calorcito humano en su criado, Juan Peix. Comenzaron yendo a solas al campo y a comer langostinos a Bajo de Guía mientras contemplaban el atardecer en Doñana. De ahí a compartir la alcoba, hubo solo un paso: “En las ausencias de don Diego, se retiraban la doña Margarita y el don Juan a sitios ocultos, subiendo éste las más de las noches, luego que imaginaba estar recogida la familia, a la sala del dormitorio de la referida, donde pernoctaba, saliendo por la mañana en ropas menores”. El arrejuntamiento era de dominio público. Como suele suceder en estos casos, lo sabía todo Cristo menos el cornudo.
Un día, al esclavo turco de nombre Cristóbal José (nombre típico de la Capadocia, como todos sabemos) se le cruzaron los cables y le fue con el cuento a su amo. El pobre Diego, que venía tan contento, cargadito de plata indiana, se llevó un disgusto que pa qué te cuento. Vamos, que le arruinaron el expolio…
Pero como era hombre juicioso, actuó con cautela. Llegó a casa a media noche y se ocultó en el desván. Allí agazapado escuchó al criado entrar a la alcoba de su Marga y todo lo que sucedió a continuación. Después de haber presenciado el festival pasional no le cupo duda de que la acusación era cierta. Entonces agarró el cuchillo jamonero y decidió tomarse la justicia por su mano. Tras la carnicería, corrió a refugiarse en el convento del Carmen descalzo.
Fue detenido y ajusticiado. Por fiarse de las monjas… Muchos testigos dieron fe del adulterio de su esposa. La defensa alegaba que había actuado legítimamente, al ver agraviado su honor. Teniendo en cuenta las sabias palabras de un tal Padre Zerda (o cerdo): “Una mujer no puede dar mayor pena a su marido, ni más cruel, que dándole celos: Y la mujer que tal hace MERECE CASI PENA DE MUERTE”, no puede extrañarnos esa mentalidad.
El 26 de Septiembre de 1736 se dictó la sentencia. Dieguito estuvo encarcelado en el Castillo de San Sebastián de Cádiz, que era como Alhaurín pero sin malayos.
Fue condenado a pena de muerte, y posteriormente indultado por Felipe V a cambio de una sustanciosa indemnización. Ese dinerillo tan bien habido, el rey (este no estaba pasmado) lo invirtió en las obras del Palacio Real de Madrid. Arrepentido de su crimen, Diego donó lo que le quedaba de su fortuna a varios conventos. Ese lo que quería era ir al cielo… que tanto rezar para pasarse luego la vida eterna con Pedro Botero, como que no.
Según cuenta la leyenda, las noches de luna llena puede verse a una dama vestida de blanco deambular por la casa y el torreón. Es el alma en pena de Margarita Zerver, tal vez buscando al criado para que le alegre la noche.

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