sábado, 7 de febrero de 2009

La octava maravilla

“La luna, que había estado invisible hasta entonces, fue apareciendo poco a poco por la noche y después brillaba con todo su esplendor sobre las torres, derramando torrentes de suave luz en los patios y salones. El jardín de debajo de mi ventana se iluminó dulcemente; los naranjos y limoneros se bañaron del color de la plata, y la fuente reflejó en sus aguas los pálidos rayos de la luna, haciéndose casi perceptible el carmín de la rosa”.
Este es un fragmento de los “Cuentos de la Alhambra”, escritos en 1832 por el historiador romántico Washington Irving.
La Alhambra es una ciudad palatina construida hace casi ocho siglos, el último reducto del poder islámico en España. Se sitúa sobre una colina y está rodeada de un frondoso bosque. Incluye la Alcazaba (zona defensiva), los palacios nazaríes (zona oficial y residencial) y el Generalife (zona de recreo). Además, un palacio renacentista mandado construir por Carlos V.
La monumental Puerta de la Justicia da acceso al recinto amurallado. En el dintel de uno de sus arcos de herradura hay tallada una llave. En el otro, una mano. Según una vieja creencia musulmana, cuando la mano coja la llave estos recuperarán la Alhambra. Y es que su historia está plagada de simbolismos y leyendas. Una de ellas cuenta que el color rojizo del agua de la fuente de la Sala de los Abencerrajes se debe la sangre de los miembros de esa familia, asesinados por el sultán.
Como un escenario de “Las mil y una noches”, sus estancias palaciegas dan fe de la riqueza, la sensibilidad artística y el gusto refinado de sus ocupantes. Albergan numerosos patios con plantas, albercas y fuentes de agua cristalina. Salones públicos y privados en los que abundan la cerámica vidriada, yeserías policromadas, bóvedas de mocárabes, mármoles, artesonados de madera, celosías, inscripciones coránicas... Sus balcones ofrecen preciosas panorámicas: la ciudad, a sus pies, el barrio del Albaycin, justo en frente, y el Sacromonte, a su espalda. Diversas torres, acequias, murallas y puertas en recodo completan el conjunto arquitectónico.
La luz, el colorido, y las formas geométricas son una constante. Tambíén el agua y la vegetación. Los musulmanes procedían del desierto, por lo que valoraban ambos elementos de forma especial. La nazarí era una dinastía sibarita, con un elevado concepto de la estética y el bienestar. Los baños incluían una sala de vapor, otra de masaje, y otra destinada al descanso de los músicos que entretenían a los asistentes. También había un harén a disposición del monarca. Un auténtico paraíso terrenal.
La Alhambra es patrimonio de la humanidad, y el monumento más visitado de nuestro país. Es el símbolo vivo de una cultura milenaria que alcanzó su máximo esplendor cultural y artístico. ¿La octava maravilla? Venga ya... Si se hiciera una valoración justa estaría, como mínimo, entre las tres primeras.

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