domingo, 8 de febrero de 2009

La playa

Era la mejor hora para estar en la playa, poco antes de la puesta de sol. Sin multitudes, gritos ni pelotazos. Ya había disminuido el calor y el agua se había atemperado. El mar brillaba como una lámina de plata.
El chico extendió su toalla junto a ellos. Estaba bronceado en su justa medida y tenía un físico atlético. Traía una bolsa de plástico transparente que dejaba al descubierto su contenido. A la chica le sorprendió constatar que eran libros de psicología, de meditación… para nada el tipo de lecturas que se suelen llevar a la playa. Aunque el sol ya no quemaba, el recién llegado se puso crema protectora y empezó a hacer yoga.
Al poco rato se les acercó y se quedó mirando sin disimulo a la chiquilla, a la que le estaban dando su papilla. Hizo un comentario agradable sobre ella. Le respondieron, y entablaron conversación. Él tampoco era de allí. Dijo que la gente se relacionaba cada vez menos, que a él le gustaba hablar con todo el mundo. Algunos se miraron divertidos. Era un poco raro, pero parecía agradable.
La chica trataba de aprovechar los últimos rayos de sol. Él le dijo que le encantaba esa playa, que aunque vivía a unos 60 kilómetros iba cada tarde. Leía, hacía footing, relajación… y volvía a casa cargado de energía. Le resultaba simpático. Pocas personas eran capaces de sorprenderla…
Antes de despedirse, él le dio un recorte de una revista y le recomendó que leyera ese artículo. Le pidió su número de teléfono, pero ella no se lo sabía ni lo llevaba encima. El chico le apuntó el suyo en el papel y le dijo que dejaba en sus manos la decisión de verse de nuevo.
A ella le encantó el artículo. Al día siguiente, le mandó un mensaje para decírselo. Él no tardó en llamarla. Le propuso tomar un café esa tarde en el pueblo donde ella se encontraba. Hacía un calor infernal, pero a las cinco en punto estaban los dos como un clavo en la plaza.
Aquello era un poco cortante, prácticamente no se conocían. Pero conectaban bien, a ella le inspiraba confianza. Se veía buena gente. Parecía pertenecer a ese tipo de hombres que no se avergüenzan de mostrarse sensibles. Pasaron la tarde charlando, de un sitio a otro. Se contaron muchas cosas, hicieron planes… Los próximos días volvieron a verse. Se sentían a gusto juntos, aunque ambos sabían que la distancia se interponía entre ellos.
Pronto, cada uno tuvo regresar a su ciudad. Mantuvieron el contacto, pero tanto tiempo separados hizo que aquello se fuera enfriando. Volvieron a encontrarse varias veces, sin embargo esos encuentros no tenían la frescura de los primeros. Empezaron a distanciarse, aunque no se olvidaban. Se tenían cariño, ambos mantenían algo parecido a una ilusión.
Un día ella recibió una foto de él en la playa en la que se conocieron, y su mente revivió ese momento como si no hubieran pasado dos años.

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