miércoles, 18 de febrero de 2009

La venganza de Tutankamon

Para Violette
"Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad"
Desde muy jovencita me fascina la egiptología. Uno de los temas que más me interesan es “la maldición de los faraones”. Fue una leyenda negra forjada por la prensa británica (que ya sabemos que es muy peliculera) en los años 30 y difundida entre otros por Sir Arthur Conan Doyle.
La historia es bien conocida: desde que Howard Carter descubrió su tumba en 1922, todo el que tuvo algún tipo de contacto con ella murió en misteriosas circunstancias. Al parecer las inscripciones de las paredes advertían del peligro, pero todos estos arqueólogos se las pasaron por el arco del triunfo. A Lord Carnavon, el mecenas de la expedición, se lo llevó por delante la picadura de un mosquito. Otros muchos personajes relacionados con el hallazgo también fallecieron de forma extraña. En cambio Carter se mantuvo a salvo de la ira del faraón a pesar de que fue el principal artífice y trasteó el cuerpo todo lo que le dio la gana… Que hasta dicen que le cortó los pies para quitarle unas sandalias de oro. Eso no se hace, hombre…
Algunas teorías atribuyen estas muertes a la presencia de gases u hongos tóxicos en ese tipo de cámaras cerradas. Otra habla de “energía psíquica concentrada”. Esta me hace mucha gracia… También conviene recordar que en 1822 se publicó “La momia” de Jane Webb Loudon, que ya anticipaba esta venganza faraónica, y en 1869 Louisa May Alcott volvió sobre el tema en su relato “Perdido en una pirámide: la maldición de la momia”.
Pero la versión novelesca siempre es la más interesante... Eso de que los faraones atiborraran sus sepulcros de sustancias venenosas para evitar la profanación me parece una estrategia genial. No digo que no sea cruel… pero la encuentro lícita. Ellos que creían en la vida en el más allá, que se embalsamaban y se rodeaban de todos sus objetos de valor para que no les faltara ni gloria bendita, como iban a consentir que viniera un listillo a perturbar su descanso eterno y desvalijarles el ajuar… Vamos hombre... Encima tuvieron la deferencia de dejar sus amenazas por escrito, el que avisa no es traidor. Así que chico, un poquito de por favor, que una necrópolis no es un parque de atracciones. Y si estás en el Valle de los Muertos, tonterías las justas...
Me imagino al joven Tutankamon retorciéndose de risa en su tumba y pensando: hala, majete, llévate los tesoros… que el disfrute te va a durar menos que un dulce en la puerta de un colegio.

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