sábado, 7 de febrero de 2009

Mi lugar en el mundo

Por razones evidentes, la mayoría nos sentimos emocionalmente vinculados al lugar en el que hemos nacido. Pero a veces, sucede que circunstancias de la vida nos unen a otro lugar y lo adoptamos como propio. Un lugar en el que el que hemos sido felices y forma parte de nuestra memoria sentimental. Un lugar que de alguna forma nos pertenece y al que pertenecemos por voluntad propia.
El mío se llama Medina Sidonia. Es un pueblecito de la provincia de Cádiz, enclavado en una colina en plena ruta del vino, el toro y los pueblos blancos. Muy cerca del mar y del parque nacional de Los Alcornocales. A un paso de bellísimas ciudades como Jerez y Cádiz, y de las mejores playas de Europa.
Comencé a frecuentar Medina desde mi más tierna infancia, pues de allí proceden algunos de mis antepasados. El caserón familiar, en torno a un luminoso patio, ha visto crecer a varias generaciones.
Testigo de ello son los retratos que cuelgan de las paredes, entre los que se encuentran los de la estirpe del almirante Pascual Cervera, capitán de la armada española en la guerra de Cuba, y el del marino Manuel Montesdeoca, protagonista de uno de los Episodios Nacionales de Galdós.
En esa casa pasé y sigo pasando parte de mis vacaciones estivales. Es antigua, de sólidos muros y techos altos. Sus numerosos balcones permiten el paso del aire y la luz, haciéndola ideal como refugio veraniego.
Aún conserva aposentos propios de otras épocas como el oratorio convertido en despacho que alberga una minúscula capilla, o el llamado aguaducho, donde se almacenaba el agua que se sacaba de un pozo que aún existe.
Los recuerdos son innumerables. Uno de los acontecimientos con los que más disfrutaba era la operación piñón. Una vez recolectábamos las piñas, organizábamos una pira en el corral para tostarlas. Después había que esperar a que se enfriaran y extraerles los piñones, que partíamos sentados en las escaleras, a pedrada limpia. También recuerdo con cariño las tartas que solían hacernos las monjas de San Agustín para nuestros cumpleaños, que celebrábamos con unas fiestas estupendas. Y sobretodo, la sensación de libertad. Había tantos rincones donde jugar, tantos recovecos y objetos que llamaban nuestra atención… Uno de nuestros favoritos eran los viejos graneros, una especie de oscuro túnel que bautizamos como la mansión del hombre lobo. También salir por los caminos, junto a la Ermita de Santa Ana, a coger moras, caracoles, higos chumbos…
No puedo negar que tengo pasión por este pueblo, pero objetivamente hablando es una verdadera joya. Tuvo un pasado esplendoroso: fenicio, griego, romano, árabe… del que permanecen numerosas huellas. De hecho, ostenta el título de “la muy leal y muy noble ciudad de Medina Sidonia”. Su casco histórico fue declarado Bien de Interés Cultural por la Junta de Andalucía hace pocos años. Su entramado de callejuelas empedradas y viviendas encaladas, con macetas en los balcones, posee una estética única. Tiene monumentos de categoría como la Iglesia Mayor, gótico-renacentista, las cloacas y la calzada romanas, varias puertas árabes, y algunas iglesias y conventos de gran relevancia artística.
Otro de los atractivos de Medina es su gastronomía. En bares como “El caliche”, “El duque” o el “Bar Cádiz”, se pueden degustar los mejores finos de Jerez, manzanillas de Sanlúcar, el típico lomo en manteca, chicharrones, tortillitas de camarones, ortiguillas fritas que saben a mar… El “Cabeza de toro”, al estilo de una bodega antigua llena de motivos taurinos, es de visita obligada.
La repostería de Medina, de origen árabe, tiene fama en toda la provincia. Los amarguillos y alfajores de la “Sobrina de las Trejas” son un verdadero reclamo turístico.
Es un pueblo alegre, con mucha vida, en el que la gente pasa gran parte del tiempo en la calle. Todos se conocen y se tratan con familiaridad, lo que para mí es un espectáculo al que no estoy acostumbrada. La Plaza de España es el lugar de reunión social. Allí juegan los niños con libertad. El índice de natalidad de Medina sobrepasa con creces la media de natalidad… No le faltan actividades lúdicas y culturales: verbenas, carnaval, exposiciones…
Yo disfruto enormemente cada vez que puedo pasar unos días allí. La mejor época es entre primavera y otoño. Para mí es un lugar asociado al ocio y al descanso, con el que me siento plenamente identificada. Como he dicho, en él están parte de mis raíces. Lo encuentro tan bonito y agradable, le tengo tantísimo cariño, que paso el año anhelando que llegue el mes de Abril o Mayo para hacer la primera escapada. Este año no podré ir, y lo echaré muchísimo de menos, pero no se puede estar en misa y repicando…
En fin, que quería enseñaros mi lugar favorito y compartir con vosotros lo mucho que significa para mí.

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