martes, 10 de febrero de 2009

Perdiendo el tiempo

Al hilo de los recientes posts de Kitti y Abril…
La expresión “perder el tiempo” tiene una connotación peyorativa. Eso de perder algo, salvo que sea la vergüenza, a nadie le gusta. Encima el tiempo, que es oro molido. Sin embargo a menudo se refiere al (maravilloso) hecho de no hacer nada, lo cual implica descansar. Algo necesario para la salud física y mental.
Nuestra rutina diaria nos deja poco tiempo libre. Incluso los fines de semana tenemos compromisos y obligaciones que nos impiden descansar como nos pide el cuerpo.
Es en vacaciones cuando podemos permitirnos el lujo de perrear. Eso es lo que realmente descansa, vivir sin la esclavitud de los horarios. Pocas cosas hay tan placenteras como saber que tienes unas horas por delante para invertirlas en lo que te de la gana.
A mí me encanta viajar, ya lo sabéis. Pero a pesar de lo que disfruto, por lo general vuelvo más cansada de lo que me fui. Si pretendes conocer los sitios a los que vas no te queda otra que ponerte las pilas. Y no se trata de ir en plan maratón, es que como te des vidilla no ves nada.
Acostarte sin despertador es un lujo asiático. Como dormirte una siesta en verano. Cuando estoy en Granada, a esa hora suelo meterme en la piscina y tumbarme sobre un colchón hinchable. Eso sí que es dolce vita… Cierro los ojos y me relajo, hasta que llegan los enanos que ya han hecho la digestión. Si estoy en Medina Sidonia me atrinchero en el oratorio (eso era), la habitación más fresca y silenciosa de la casa. Me extiendo en el sofá cuan larga soy y leo hasta que caigo en los brazos de Morfeo.
A algunos nos cuesta desentendernos del reloj hasta cuando estamos de vacaciones. Lo de organizarnos con la idea de sacar tiempo para todo lo que queremos es un vicio difícil de erradicar. Si encima nos gusta leer, escribir y ver películas, sentimos la necesidad de invertir parte de nuestro tiempo libre en esos menesteres.
Recuerdo que hace unos meses Drew (¡te echamos de menos!) recomendó un libro llamado “Adictos a la pereza” que trata precisamente de esto, del placer de no hacer nada por muy mal visto que esté.
No reivindico a los vagos. Ese es otro capítulo, hay gente que nació cansada… Sino el ser capaces de disfrutar de nuestro ocio como nos venga en gana sin sentirnos culpables (estoy trabajando en ello). Y sin que nadie te diga: “niña, mueve el culo, que eres más floja que un puñao de pelusas”.

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