sábado, 7 de febrero de 2009

Por tierras lusitanas

El miradouro de Santa Luzia es uno de los más bonitos que conozco. Desde él se contempla la Alfama, el barrio con más encanto de Lisboa.
Lo mejor es subir en tranvía desde Restauradores, por esas cuestas adoquinadas en las que no es difícil imaginarse a los soldados en los tanques, ofreciendo claveles a la multitud.
Me encanta el Portugal antiguo, el de las tabernas donde se bebe vinho verde y se escuchan fados de Amalia Rodrigues. El de las iglesias forradas de azulejos, de los conventos como en el que la monja Mariana Alcoforado escribió sus apasionadas cartas de amor. El de palacios de estilo manuelino y quintas inmersas en la vegatación, llenas de fuentes y estanques de piedra.
El otro día, leyendo a Arturito, me sentí identificada (como dice Airu, debe mimar mucho a sus musas). En su artículo decía que cuando viaja pasa de subir a la torre Eiffel y cosas así, en cambio se mueve únicamente por las zonas que le gustan de una ciudad y que disfruta más volviendo a sitios (una ermita, un café, una plazoleta, una librería…) que ya conoce y son significativos para él, que aventurándose a otros nuevos. A mí me sucede lo mismo.
Si voy a Florencia no puedo dejar de visitar San Miniato al Monte. Si voy a Londres tengo que ir a Covent Garden. Y si voy a Lisboa, subo al Miradouro de Santa Lucía, me asomo a la Praça do Comercio, me encaramo en el Barrio Alto y hago una escala en la Cervejaria Trindade, construida sobre un convento del siglo XIII, a tomar un bacalao asado o una sapateira con una cerveza Sagres.
Guardo bellos recuerdos de mis incursiones en Portugal, un país que es como nuestro hermano pequeño y en el que un español nunca se siente extranjero. Los portugueses son gente amable, que se esfuerzan por hablarte en ese dialecto conocido como “portuñol”. La primera vez que estuve, aún se pagaba con escudos. Una de las cosas que más me llamó la atención fue lo verde que es.
Recuerdo un delicioso paseo por el Parque Nacional de Buçaco, junto al balneario de Luso. Recuerdo una estrellada noche de verano en un precioso lugar llamado Quinta das Lágrimas. Recuerdo como me gustó la ciudad de Sintra y sus alrededores. Recuerdo Viana do Castelo envuelta en la niebla. También cómo me impactaron los azulejos de la bóveda que cubre la capilla mayor de la Iglesia de Santo Antonio de Faro, y la bronca que me echaron unas beatas por hacerles fotos. Y eso que no estaban en misa…
“Somos cantores de la tierra lusitana, traemos canciones de los aires y del mar, vamos llenando los balcones y ventanas de melodías del antiguo Portugal… Ay Portugal ¿por qué te quiero tanto?, ¿por qué? ¿por qué te envidian todos, ay por qué?...”

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