viernes, 6 de febrero de 2009

Preludio navideño

Nos guste o no, las navidades ya están aquí. Al menos en las calles, en las tiendas, en la tele... Ya me diréis si es normal escuchar villancicos en la radio, ir al super y encontrarse el despliegue de mantecados y turrones, o el bombardeo de anuncios de juguetes al que nos someten cuando aún no hemos entrado en la estación invernal.
Yo creo que no, y eso que pertenezco a esa parte de la población a la que le gusta la Navidad. Pero en su medida, y sobretodo en su momento. No voy a entrar en el afán consumista, el tema ya está muy manido, pero no me cabe duda de que es el trasfondo real de la cuestión.
Para mí la Navidad es sinónimo de reunión familiar. Imagino que a muchos de vosotros se os pondrán los pelos como escarpias ante esa perspectiva, pero no es mi caso. Mi familia es grande y bien avenida. Habitualmente está bastante desperdigada, sin embargo en estas fiestas todos nos organizamos para pasarlas juntos, improvisando camas o lo que haga falta. Hay veces en que lo poco gusta pero lo mucho cansa, pero os mentiría si os dijera que no lo pasamos bien. Lo mejor son los enanos, que además del coñazo también dan alegría.
Como os digo, yo siempre le he encontrado bastante encanto a la Navidad, aunque la sociedad se empeña en írselo quitando. La moda de devorar sin límites, de beberse hasta el agua de los floreros, de dejarse el sueldo en los regalos, y de adelantar la parafernalia navideña cada año un poco más, amenazan con destruir la Navidad. Por no hablar del gordo yanki del trineo...
Lo peor es que no le veo perspectivas de solución al tema. Se puede pasar de todo hasta cierto punto, porque quieras o no, el circo a veces te afecta. Pero en fin, es lo que hay. A resignarse toca. En cualquier caso, siempre tienes la opción de coger un buen libro y una taza de chocolate caliente y sentarte a leer frente a la chimenea mientras las multitudes se agolpan en las grandes superficies, aturdidos por los villancicos y poseídos por la ansiedad compradora compulsiva.

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