sábado, 7 de febrero de 2009

Recuerdos de infancia

Últimamente pienso mucho en mi infancia. Quizás quedaría muy cool decir que fue tan desgraciada como la de un personaje dickensiano, pero estaría faltando a la verdad. En términos generales fue bastante feliz, y gran parte de los gratos recuerdos que conservo están asociados a la comunidad de vecinos donde crecí.
Se llamaba “Quinta Alegre”, y realmente hacía honor a su nombre. La habitaban una veintena de familias bien avenidas, muchas con niños de mi edad con los que compartí muchas horas de diversión. El núcleo de reunión era el jardín, sobretodo en verano. En él organizábamos fiestas, funciones de teatro, y hasta unas olimpiadas con medallas y todo.
Los niños corríamos con libertad, jugando al escondite, al potro, al bote, al quema… Yo me integraba en un grupillo de seis o siete. Lo pasábamos bomba, aunque siempre andábamos detrás de otro grupo, tres o cuatro años mayores que nosotros. Como era natural, ellos nos excluían de sus planes. Los espiábamos, nos pegábamos a ellos como lapas, y trabábamos de fastidiarlos. Recuerdo un día que estaban jugando a un juego de mesa que a nosotros nos encantaba, pero ellos no nos dejaban ni acercarnos. Entonces a mí se me cruzaron los cables, cogí el tablero con todas sus fichas, salí a correr y lo tiré a la piscina. No me siento orgullosa, pero en ese momento saboree la venganza como pocas veces en mi vida.
El estupendo post que colgó Margarita el otro día confesando una (merecidísima) fechoría infantil me trajo a la mente los cientos que yo había cometido. Porque aquí donde me veis, tan formalita, de pequeña era un bicho. Me han contado que cuando yo tenía un par de años mi primo Fernando, unos meses menor que yo, me pilló los dedos sin querer. Entonces yo, sin pensarlo dos veces, le abrí un cajón y le dije con voz angelical: “Fernan, mete los dedos aquí”, “qué no te va a pasar nada…”, me faltó añadir. Los niños son así, tan tiernos...
Mi amigo Cuco y yo éramos el terror de “Quinta Alegre”. Con frecuencia nos castigaba la portera, pues nuestros padres le habían dado potestad para hacerlo. Nuestra mente no dejaba de maquinar. Cuando estábamos aburridos, alguno decía: “¿hacemos gamberradas?”, y entrábamos en acción. Eran pequeñas maldades infantiles, nada más… Le escondíamos cosas a la gente, llamábamos a los timbres y salíamos corriendo, lanzábamos huevos desde la terraza, etc.
Aquí estamos Cuco, a la izquierda; mi hermano Pepo, que de bueno era tonto, a la derecha; y yo, con aspecto beatífico, en el centro.
Teníamos una vecina, “la borde”, que cuando se hartaba de nosotros asomaba su cabreada faz por la ventana y nos llamaba de hijos de puta para arriba. Ahora la veo y me saluda hasta con cariño. Después de los miles improperios que ha lanzado contra mí…
No llegábamos al nivel de la Briony de “Expiación”, aunque reconozco que a veces traspasamos los límites del concepto “travesura”. Los años te hacen madurar, y ahora todos esos terroristas infantiles somos adultos serios y responsables. Y apenas nos queda rastro de la antigua maldad. Pero qué bien lo pasábamos…

No hay comentarios:

Publicar un comentario