miércoles, 18 de febrero de 2009

Terapia ansiolítica

Era un día de esos en los que no le encuentras sentido a nada. Estaba cansada, apática, deprimida… Sólo había una cosa que podía animarme.
Al traspasar las puertas del centro comercial me volvió el alma al cuerpo. La moqueta roja amortiguaba el sonido de mis tacones y me recibía con calidez. La temperatura agradable, el aroma a ambientador y el hilo musical me trasmitían una sensación reconfortante que no me era desconocida.
Me dirigí a la sección de cosméticos, que era como entrar en el paraíso… Enganché una facial de noche y otra de día. Con efecto lifting, retinol, ginseng, ácido hialurónico, colágeno vegetal y otras mil quinientas gaitas que seguro que me dejaban el careto como el culito de un bebé. Tenía la repisa del baño a rebosar, pero ninguna tan completa como esas… Y yo lo valía, vamos si lo valía… Ya me iba llegando el oxígeno al cerebro y respiraba mejor.
Avisté unas máscaras de pestañas con pantenol, voluminizador y nosecuantas vitaminas. Tenía que llevarme una o lo lamentaría… Y una de esas barras de labios de larga duración, el brillo con aceite de almendras, el contorno de ojos antiedad y los polvos compactos luminosidad total. La naturaleza y los avances científicos ponían la belleza al alcance de mi mano, no podía rechazarla…
El nuevo perfume de Dior prometía una nota de sensualidad, era el complemento perfecto. Y el de Carolina Herrera, sofisticación a raudales. Imposible resistirse a tan suculenta tentación…
Me encontraba mucho mejor, si ya lo sabía yo… Mientras subía por las escaleras mecánicas me vino a la mente el viaje de Semana Santa a Praga… ¡Necesitaba una maleta nueva como el respirar! De esas enormes, rígidas, que se deslizan como la seda… Tenía que ser una Samsonite, que aunara calidad y estilo. Cuando la dependienta me enseñó el último modelo supe que había encontrado lo que buscaba. El conjunto incluía maleta de mano y neceser… ¿Cómo iba a separar a los tres hermanitos? Crueldades las justas…
Recluté unos manolos para el cóctel del viernes, la ocasión lo merecía... Y unos botines de piel de serpiente ideales, ¡siempre había querido unos! Tampoco podía irme sin esas bailarinas rojas de charol, cómodas a la par que elegantes. Sí, solo tenía dos pies, pero en la variedad está el gusto…
No es que fuera una fashion victim, pero cuando mis ojos descubrieron el vestido estampado de Vittorio y Lucchino fue amor a primera vista. Aquella chaqueta negra de terciopelo iría que ni pintada con mis pantalones pitillo… Llevaba mi nombre escrito. Un par de blusas de Donna Karan y esa falda color vino como la que llevaba Carolina de Mónaco en el reportaje de Hola eran el toque de glamour que le faltaba a mi fondo de armario…
Mi paso por la sección de lencería no fue en balde. ¡Como iba a irme de allí con las manos vacías! Cuando me dirigía hacia el garaje reparé en un bolso de Prada, infinitamente más estiloso que los diez o doce que tenía. Y le dije: “Tú te vienes conmigo que aquí no te tratan bien…”.
Al cerrar el maletero del coche la alegría había dado paso a la euforia. Había dejado la tarjeta tiritando, pero se recuperaría. En peores plazas habíamos toreado… Probablemente tendría que pedir otro préstamo. Para eso estaban, ¿no? Antes arruinada que sencilla, jeje... Salí de allí con mi botín y una gran sonrisa en la cara. Qué fácil era ser feliz…

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