sábado, 14 de febrero de 2009

Un toque de canela

No sé qué tienen las historias de amores imposibles que tanto nos gustan Quizás ese componente de infelicidad que nos conmueve y nos ayuda a identificarnos con los protagonistas. Si encima trascurren desde la más tierna infancia, marcadas por una serie de circunstancias adversas y un sentimiento que se fortalece con los años, el nudo en la garganta está asegurado.
Fanis y Saime se hacen amigos en el desván de la tienda de especias del abuelo de Fanis, en el mercado de Estambul. Entonces hacen un pacto: él cocinará para ella y ella bailará para él.
La familia de Fanis tiene que trasladarse a Grecia y son separados… Cuando vuelven a encontrarse, muchos años después, ninguno ha olvidado al otro. Pero no pueden estar juntos…
Ante esta impotencia, que se traslada al espectador, una se pregunta: ¿Vale la pena un amor así? Cuando un sentimiento no es correspondido sólo provoca ansiedad y sufrimiento. Pero, ¿y si es correspondido pero no puede materializarse? Pues quizá sea aún más doloroso… Porque cuando es unilateral no hay vuelta de hoja, pero renunciar a él sabiendo que existe por ambas partes debe ser terrible.
Esa escena en la estación de tren me mata. Casi sin palabras, ambos se resignan a perderse. O más bien a no darse una oportunidad, porque no se puede perder lo que no se ha tenido…
Cuando Fanis, hecho polvo, acude a la tienda de su abuelo y le asaltan los recuerdos, pienso que por mucho daño que hagan siempre es mejor tenerlos que no. Aunque las ilusiones se queden en el camino, han alimentado nuestra alma en un momento determinado y eso basta para darles sentido.

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