viernes, 6 de febrero de 2009

Una ciudad mágica

No he nacido en Santiago de Compostela, ni siquiera he pasado allí más de cinco o seis días seguidos, sin embargo es una ciudad que me fascina. Alguien la definió como un entramado de piedra en torno a una tumba, y no iba desencaminado. Realmente parece estancada en el tiempo, se conserva extraordinariamente bien. Envuelta por la neblina su aspecto es más mágico todavía. No sorprende que sea Patrimonio de la Humanidad.
Es una ciudad barroca, señorial, con un gran trasfondo cultural. Sus calles enlosadas, provistas muchas de ellas de soportales para guarecerse de la lluvia, están llenas de palacios y viviendas iluminadas por amplias galerías. A menudo llevan el nombre del gremio que las ocupó en la Edad Media.
Sus plazas son bellísimas. La de la Quintana es el colmo de la originalidad, pues está dividida en dos por una escalinata: Quintana de mortos y Quintana de vivos.
Abundan los históricos colegios mayores y los edificios relacionados con la vida estudiantil como la famosa Casa da Troia. También las hospederías para peregrinos y las instituciones relacionadas con El camino de Santiago. Los conventos e iglesias de granito, cubiertos de musgo por la humedad, tienen una personalidad única. Hasta el Mercado de Abastos merece una visita... La Plaza del Obradoiro, donde se alza majestuosa la Catedral, es el corazón de Compostela. García Márquez se refirió a ella como la plaza más bella del mundo.
Pero además de su riqueza monumental, Santiago ofrece un ambiente muy particular: universitarios, peregrinos, turistas... Y si es año xacobeo, la afluencia es aún mayor. Pasear por alguna de las ruas del casco histórico y degustar un ribeiro servido en tazón en cualquiera de sus tascas constituye una auténtica delicia. Bajando la escalinata que hay junto al Hostal de los Reyes Católicos, a mano derecha, se encuentra el Bar Paredes, regentado por Carmiña, la gallega más gallega y simpática que podáis imaginar. Y frente a la Iglesia de San Martiño Pinario, el castizo Bar El buen pulpo hace honor a su nombre: en él se degustan el mejor pulpo y los mejores pimientos de Padrón de la ciudad.
Nunca se está a salvo de la lluvia, que puede aparecer en cualquier momento, pero ¿acaso no forma parte del encanto de Santiago? Según dicen los gallegos, en Galicia no llueve solo hacia abajo, sino también hacia arriba. A veces diluvia de tal manera que el agua rebota en el suelo. Al anochecer, la mítica tuna compostelana deleita a los paseantes en los soportales del Pazo de Raxoi. Escucharla mientras se contempla la imponente fachada barroca de la catedral es un espectáculo.
Pocas catedrales existen en el mundo tan impresionantes como esta. Recorrer su amplio interior románico aspirando el incienso esparcido por el botafumeiro, rodear su girola o contemplar alguna de sus puertas (el Perdón, las Platerías, la Azabachería...) transportan a otra época. El Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo requeriría un capítulo aparte. La Catedral se comenzó a construir tras el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago en el siglo IX, sobre una necrópolis. Ha sido tradicionalmente uno de los principales centros de peregrinación del mundo occidental.
Tras recorrer El camino, la ciudad se ve con otros ojos. Santiago recibe al peregrino con los brazos abiertos, ofreciendo todo su esplendor como recompensa por el esfuerzo. Entrar por la Porta do camiño es como llegar al paraíso. En cualquier caso, Santiago de Compostela es una ciudad mágica, donde se aunan las tradiciones celtas y las cristianas, donde suenan las gaitas y huele a queimada, donde el visitante se siente un poquito gallego y siempre desea volver.

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