domingo, 8 de febrero de 2009

Universo revertiano

“Uno es lo que vive, más lo que sueña más lo que lee”.
Arturo Pérez-Reverte.
Me convertí en incondicional de Pérez-Reverte leyendo “El maestro de esgrima”, hace ya casi dos décadas. Si me hubieran dicho que esa magnífica novela de capa y espada había sido escrita en el siglo XIX no lo habría puesto en duda.
Con “El club Dumas” el folletín alcanzaba su apogeo. Un capítulo manuscrito de “Los tres mosqueteros”, un escritor quemado en auto de fe por invocar al diablo, una pérfida viuda y un detective de libros antiguos eran demasiado como para resistirse.
En “La tabla de Flandes” el misterio continuaba, y con una temática igual de seductora. Una pintura flamenca poseía las claves de un asesinato, ocultas en una partida de ajedrez. Sólo con ese planteamiento ya me tenía rendida a sus pies.
Me interesan sus historias y la forma de contarlas. Muchas se han convertido en éxitos de ventas, lo que se presta a un juicio a veces injusto. Por lo general ese tipo de literatura abusa de los recursos fáciles en detrimento de la calidad. Sin embargo en las novelas de Arturito se constata una gran habilidad para implicar al lector y un rigor histórico que no poseen otras novelas de este tipo (un claro ejemplo es “El código da Vinci”). Esto se debe a una excelente labor de documentación y a su vasta cultura literaria.
La admiración puede jugar malas pasadas. Cuando después de una conferencia suya me acerqué a que me firmara un ejemplar de “La tabla de Flandes” casi me da un jamacuco. Lo conservo como oro en paño. Los pocos a los que se lo he prestado sabían que si me lo perdían era capaz de cualquier cosa. Afortunadamente, ninguno tentó la suerte.
Sus novelas tienen un estilo propio e inconfundible. Hay referencias omnipresentes como el sentido del honor, la muerte, la justicia, la ambición… Sus personajes femeninos son complejos, por lo general más fuertes e inteligentes que los masculinos. Aunque a veces (casi siempre) somos malas malísimas (véase Adela de Otero, Liana Taillefer, Tánger Soto o Angélica de Alquézar), nos da un tratamiento privilegiado. No faltan aventuras, atractivas localizaciones, una interesante mirada hacia el pasado y unos finales que jamás defraudan.
La experiencia es siempre apasionante… Con “La piel del tambor” me trasladé al casco histórico de Sevilla y me dejé cautivar por los ojos azules del Padre Quart. Sentí la amenaza de esa iglesia que mata para defenderse, aspiré el aroma a azahar del Barrio de Santa Cruz y contemplé el reflejo de la luna sobre el Guadalquivir.
De la mano de Alatriste me trasladé al Siglo de Oro español. Estuve en la Taberna del Turco, bebiendo vino con Quevedo y Velázquez. También en Breda, en un galeón cargado de lingotes de oro y hasta en las mazmorras de la Inquisición.
“La carta esférica” me llevó hasta el fondo del mar en busca de los restos del Dei Gloria, un barco jesuita cargado de esmeraldas que se hundió en el siglo XVIII.
En compañía de Teresa Mendoza viajé de México a la costa andaluza huyendo de unos narcos. Presencié cómo, tras leer “El conde de Montecristo” en el penal del Puerto de Santa María, se convirtió en “La reina del sur” (va por ti, Airu).
El universo revertiano es inagotable. Está compuesto de libros, viajes, barcos, enigmas, héroes cansados y mujeres que pueden ser el mismo diablo. Es un mundo en el que pasado y presente se entrelazan, en el que tomas conciencia de realmente eres lo que vives, lo que sueñas y lo que lees.

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