domingo, 8 de febrero de 2009

Viajar en tren III

Para Violette, Kitti, Naná, Abril, Charlota y Revangel, que me animaron a continuar la historia.
- Cuando supe que trabajarías aquí me quedé bloqueado. Después pensé que sería divertido darte la sorpresa -dijo él.
- Divertido para ti…
- Lo siento. Me encantó conocerte, y el rato que compartimos. ¿Crees que te habría dejado escapar tan fácilmente?
- Tampoco me dijiste que estabas casado –le recriminó ella. Ahora se sentía con derecho a hacerlo.
Se quedó mudo, incapaz de mirarla a los ojos.
- Esa es otra historia. Te invito a comer y te la cuento, ¿te parece?
Una cuarentona rubia muy emperifollada entró en el despacho sin llamar.
- Perdón, Gabriel… -se excusó, pero no se detuvo-. Buenos días.
- Hola, pasa –dijo él-. Te presento a María Quintero, la nueva profesora de literatura. Ella es Rosa, da matemáticas.
Tras un rato de charla intrascendente, volvieron a quedarse a solas.
- Empiezo mañana, ¿verdad? –le preguntó.
- Sí, hoy es día de presentación. A las doce tenemos una reunión. Después te acompaño a la sala de profesores para que conozcas al resto y hablemos del plan de estudios.
Era consciente del poder que ejercían los ojos verdes sobre ella. Había tratado de ser sensata, pero por suerte o por desgracia el destino se los había vuelto a poner delante.
- ¿No eres muy joven para ser director?
- No tanto. Tengo treinta y ocho años… Llevo quince en el centro. Empecé dando clases de filosofía. Después obtuve la cátedra y fui elegido vicedirector. El curso pasado se jubiló el director y me propusieron para el cargo.
- Te gusta… -adivinó.
- Me encanta.
Mientras caminaba por las calles de la antigua Vetusta, cientos de ideas se agolpaban en su cabeza. Siempre había vivido de acuerdo a unos principios, no podía cuestionárselos a estas alturas… Los hombres casados estaban prohibidos. Así de simple.
Habían comido en un restaurante tradicional muy acogedor. "No más mentiras ni ocultaciones, por favor", le había pedido ella, y él le había dado su palabra. Según le había contado mientras vaciaban la botella de vino, su matrimonio era una farsa. Una alumna con la que había mantenido una relación clandestina se había quedado embarazada para engancharlo. Él no había sido capaz de dejarla colgada y había accedido a casarse a pesar de no estar enamorado. Tenían un niño de cinco años al que adoraba, sin embargo a ella ya no la soportaba. Había pasado de la atracción a la indiferencia y de ahí al desprecio. Si no se había separado era únicamente por estar cerca de su hijo. Sus ojos revelaban que era sincero.
Ahora entendía su proceder, pero eso no cambiaba mucho las cosas. Seguía estando casado, y encima era el director del instituto... Como bien aseveraba ese ordinario refrán, involucrarse con alguien del trabajo, y encima su superior, no era nada recomendable.
Al salir de la plaza de la Catedral se topó con la estatua de la Regenta. Majestuosa, vestida de época, Ana Ozores permanecía incólume ante el paso del tiempo y los turistas que se fotografiaban con ella. Le entusiasmaba ese personaje, al que aborrecía que se refirieran como la “Madame Bovary española”. Su adulterio siempre le había parecido justificado. Una mujer joven y bella, casada con un viejo al que no ama, en una sociedad conservadora con la que no se identifica, ¿qué otra cosa podía hacer sino sucumbir a los galanteos de un seductor como Álvaro Mesía?

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