domingo, 8 de febrero de 2009

Viajar en tren IV

A todos los seguidores de esta historia.
Se sentía cada vez más integrada en esa ciudad. Había alquilado un pequeño apartamento en el casco antiguo, al que había empezado a impregnar de su personalidad. Unos libros por aquí, unas fotos por allí, su ropa en el armario, sus cosméticos en el baño… y aquello se convertía en algo parecido a un hogar.
En el trabajo no se podía quejar. Los compañeros del instituto eran estupendos y se habían volcado con ella desde el primer momento.
Con Gabriel la relación era amistosa pero mantenían las distancias. Inconscientemente había interpuesto una barrera entre ambos que impedía cualquier acercamiento. Él lo había percibido y no trataba de traspasarla. Estaba pendiente de que se sintiera a gusto, buscaba su proximidad sin agobiarla. De vez en cuando charlaban por los pasillos o tomaban un café. No habían vuelto a sacar el tema de su matrimonio, ni ella había querido contarle detalles de su vida sentimental. Era consciente de que empezaba a existir un sentimiento de dependencia hacia él, y eso la inquietaba. Necesitaba verlo a diario, aunque fuera unos minutos. Los fines de semana se le hacían eternos.
Era viernes, y los alumnos estaban revolucionados.
- Un poco de atención, por favor… sólo quedan diez minutos –les pidió.
Sabía por experiencia cómo debía dirigirse a ellos. El estilo autoritario no funcionaba, pero la excesiva confianza tampoco. Debía encontrar el punto justo para ganárselos, y además conseguir interesarlos por la literatura. En esas edades no era nada fácil.
- Dejadme acabar con “La Celestina” y os cuento una anécdota divertida, ¿eh?
A veces el chantaje era la mejor opción. El murmullo se elevó pero la mayoría asintieron. No sabían resistirse a un cotilleo…
Sonó el timbre y recogieron a toda velocidad. Ella estaba escribiendo, no lo oyó acercarse.
- Me has dejado alucinado.
Alzó la mirada, encontrándose con los ojos verdes. Sonrió, gratamente sorprendida. Era la primera vez que entraba en su clase.
- ¿Estabas escuchando?
- Agazapado tras la puerta, y husmeando por el cristal. Es que quería hablar contigo antes de que te fueras.
- Hubiera pasado a despedirme…
- ¿Haces algo esta noche?
Una compañera le había sugerido ir al cine un par de días antes, pero no lo habían concretado. Eso podía esperar…
- Nada especial.
- Un amigo acaba de inaugurar un bar en el Boulevard de la sidra. ¿Te apetece venir?
¿Y su mujer? Seguramente le mentiría. Ya se estaba cansando de ser tan comedida, eso no era asunto suyo.
- Claro.
Llegó elegante y puntual, con la camisa blanca y la chaqueta azul marina que tanto le gustaba. Ella también se había arreglado con esmero. Al besarlo, aspiró el dulce aroma de su perfume. Él la piropeó, y ella sonrió coqueta.
Fueron caminando. Hacía una noche fresca pero agradable. Había llovido durante la tarde y el aire se había quedado limpio. La calle estaba animada, la gente tenía ganas de divertirse. Siempre le había gustado la costumbre de ir los viernes a tomar una copa y celebrar el fin de la semana laboral.
El bar era tipo mesón rústico, cuidadosamente decorado. Tomaron asiento lejos de la barra y no tardó en aparecer un joven escanciador vestido con traje regional a serviles sidra.
- Por ti –dijo él, acercando su vaso.
- Por nosotros –añadió ella.
- Aunque no me lo has preguntado, mi mujer y el niño están fuera este fin de semana. Han ido a casa de mis suegros.
Aquello parecía una invitación en toda regla.
- Entiendo.
- Me encanta estar contigo, no me siento culpable.
- Yo tampoco –dijo ella.
La mesa se fue llenando de platos. El lugar estaba lleno y se escuchaba música de gaitas de fondo, pero podían mantener una conversación sin alzar la voz. El clima era cada vez más distendido. Entre vaso y vaso de sidra, charlaban de todo un poco y reían. No lo hacían de ese modo desde el tren, y eran conscientes.
Al salir él propuso tomar la última y ella no se lo pensó dos veces. Caminaron por las casi desiertas calles del centro histórico. Cuando le ofreció su brazo lo aceptó. Era muy agradable sentir el calor de su cuerpo.
La llevó a un local oscuro y tranquilo en el que tocaban jazz en directo. Se sentaron con sus copas junto al escenario. Algo había cambiado entre ellos, y ambos lo sabían. La barrera psicológica prácticamente había desaparecido. Se dedicaban miradas elocuentes, la conversación era más pausada y personal. Él le cogió la mano y la mantuvo secuestrada sin que ella hiciera nada por evitarlo. Notaba el efecto del alcohol, pero se encontraba plenamente lúcida.
Una inoportuna llamada de teléfono lo obligó a disculparse y salir. Cuando regresó, no dio explicaciones y trató de hacer como si nada hubiera pasado. Ella no tuvo dudas de que se trataba de su mujer. Él supo que ella lo sabía.
Era muy tarde. La acompañó a la puerta de su casa.
- ¿No me invitas a subir? –preguntó, con tono casi suplicante.
- No.
- Qué mala eres…
- Puede que sí. Lo he pasado genial, pero estoy cansada -fue lo único que se le ocurrió.
Él acercó su cara y se vio reflejada en sus ojos. Buscó su boca, y se besaron largamente. Se abandonó en sus brazos, deseando que el tiempo se detuviera.
- Te llamo mañana –le dijo él, antes de darse la media vuelta.
Mientras subía las escaleras, con un nudo en la garganta, se preguntó si aquello tenía sentido.
P.D. El título estaba pensado para las dos primeras entregas, pero puesto que la historia ha evolucionado ya no se justifica. ¿Alguna sugerencia?

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