domingo, 8 de febrero de 2009

Viajar sola

No tengo por costumbre viajar sola, pero recientemente he descubierto que no está tan mal. Por supuesto, siempre es agradable contar con compañía, pero la alternativa también tiene su encanto. Este radica, sobretodo, en la libertad de movimientos. Vas a tu aire y haces lo que te da la santa gana en cada momento. Ver un museo, por ejemplo, sin tener que adaptarte al ritmo de otros, es una delicia. Yo soy bastante independiente y me llevo de maravilla conmigo misma, supongo que eso ayuda.
La vida del turista es dura, cualquiera que la ha probado lo sabe. Querer conocer lo máximo posible de un lugar tiene su precio. Pero compensa, claro.
Me encanta deambular sola por una ciudad desconocida e ir descubriéndola. Pero hay un momento en el que echo en falta a alguien con quien hablar: a la hora de comer. Si entro en algún sitio a tomar un café o una cerveza, saco mi libro o mi cuaderno y tan a gusto. Sin embargo entrar en un restaurante sola no me entusiasma. Comer sola, en silencio, es un aburrimiento. Además, todo el mundo te mira como si fueras una turista excéntrica. En el país donde me encuentro hay otro inconveniente añadido, y es que en muchos lugares no es nada común ver a una mujer sola. ¿No os ha pasado, chicas, entrar en un bar de esos en los que a todas horas hay hombres bebiendo, y que os claven la mirada como si no hubieran visto a una mujer en su vida? Me repatea.
Si os cuento todo esto es porque acabo de pasar unos días sola en la bella ciudad de Morelia (México) aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Su centro histórico es únicamente comparable al de ciudades españolas como Salamanca, Cáceres o Santiago de Compostela. Y las conozco todas. Bueeeeno… me faltan Almería y Huelva. Recorrerlo es como dar un salto hacia atrás en el tiempo.
Tras una jornada de turismo suelo llegar al hotel, ducharme y cambiarme. Después, fresca y relajada, salgo a pasear por la ciudad en busca de un sitio agradable para cenar. Las ciudades no son las mismas de día que de noche. Hay otro aire, otro ambiente, todo cambia. Me encanta ese momento del día, aunque sin nadie con quien compartirlo no tanto. Sobretodo porque hay lugares en los que no es recomendable que una mujer ande sola de noche. A veces, ni hay vida nocturna de la que disfrutar. Los españoles estamos malacostumbrados en ese aspecto. En España encuentras movimiento en la calle a cualquier hora y en cualquier sitio. Eso no ocurre en ningún otro país, ni siquiera en Italia o en Portugal.
Para mí lo peor de viajar sola es no poder compartir con nadie un paisaje bonito, un monumento interesante, o un refrigerio en un bar típico. Pero si estás sola y quieres disfrutar de un sitio, no te queda otra que pertrecharte de tu guía, tu libro, tu cámara, y lanzarte a la aventura en solitario. Y si puedes encontrarle alguna ventaja, pues mejor. Porque como dice una canción, si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada.

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