domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren II

Se levantó para ir al vagón restaurante. Ahora sí necesitaba ese café… o más bien una copa. Avanzó por el pasillo apoyándose en los asientos. Al pasar junto a él, evitó mirarlo. En ese momento notó una mano rozando su pierna, y no le cupo duda de quién era el dueño.
Se instaló en la mesa más recóndita y encendió un cigarrillo. Sabía que era sólo cuestión de tiempo. No habían pasado ni cinco minutos cuando lo vio entrar. Bebió un sorbo de su gintonic, pues sentía la boca seca. Él fue directo a la barra. Ella aprovechó para examinarlo de soslayo. Desde luego, tenía buen porte. Charlaba con el camarero, ignorándola deliberadamente. Sintió deseos de apurar la copa y volver a su asiento. También se le pasó por la cabeza acercarse y entablar conversación. Estaba dándole vueltas a la idea, cuando una voz la sacó de su ensoñación.
- ¿Puedo acompañarte? –preguntó el desconocido. Llevaba una cerveza en la mano.
- Adelante –contestó, tras unos segundos.
- Es para que no te molesten los moscones…
- Qué considerado… -respondió, en el mismo tono jocoso.
- Aunque imagino que debes estar acostumbrada a quitártelos de encima.
Encima zalamero… Ella no pudo evitar sonreír.
- Viajas sola -ella asintió con la cabeza- ¿Por trabajo, o por placer?
- Podría decirse que por las dos cosas. El lunes me incorporo al Instituto Jovellanos, y estoy entusiasmada. Llevaba mucho tiempo detrás de esa plaza.
Él sonrió, mostrando unos dientes blanquísimos.
- Pues enhorabuena.
- Gracias.
- Déjame adivinar… ¿Literatura?
- Impresionante… ¿Tienes poderes?
- Intuición femenina…
Ella volvió a reír, ahora abiertamente. Además de ser un adonis tenía un encanto irresistible.
- ¿Y tú?
- Yo qué…
Le respondió con un elocuente silencio y una inclinación de cabeza.
- Vuelvo a casa, vengo de arreglar unos papeleos en Madrid.
Un tema llevó a otro, y el tiempo voló. Cuando anunciaron por los altavoces que en unos minutos llegarían a su destino, tomó conciencia de que llevaban casi dos horas hablando. El camarero se acercó a retirar las copas vacías. Ella sacó la cartera dispuesta a pagar. Los ojos verdes se clavaron en los suyos, y su mano la detuvo. Entonces bajo la vista, observándola por primera vez. Cómo no se había dado cuenta antes… -se recriminó, al reparar en la alianza que brillaba en su dedo anular-. Estaba tan decepcionada que prefirió no hacer ningún comentario.
Él le ofreció acompañarla a su hotel, pero ella rehusó. Había sido un encuentro maravilloso, pero no estaba dispuesta a complicarse la vida. Y estaba a tiempo de evitarlo.
Se despidieron con dos castos besos en el andén. Él hizo ademán de acercarse más pero ella se apartó sutilmente.
- Cuídate –le dijo él.
Sus ojos verdes brillaban como dos esmeraldas. No quería prolongar ese momento. Mejor cortar por lo sano antes de que fuera demasiado tarde.
- Tú también.
- Suerte… -lo oyó decir, mientras ya se alejaba. Y se volvió para dedicarle una última sonrisa.
En las próximas horas no se lo pudo quitar de la cabeza. ¿Había hecho lo correcto? Y si así era, ¿por qué tenía esa horrible sensación?
El lunes a primera hora llegó al instituto luciendo su mejor aspecto y con su portafolios de piel colgado del hombro. Al atravesar los pasillos llenos de estudiantes sintió la adrenalina recorriendo su cuerpo. Siempre le habían gustado los retos.
La puerta del despacho de dirección estaba abierta. Se quedó paralizada en el umbral. Tras el escritorio, unos ojos verdes que no le eran desconocidos la miraban con complicidad.
- Te estaba esperando –dijo él.
Y supo que sus problemas no habían hecho más que empezar.

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