domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren IX

Era incapaz de concentrase, así que apagó el ordenador y salió al balcón a fumar un cigarrillo. Llevaba toda la tarde esperando su llamada. Sabía que debía ser paciente y dejar que las cosas se calmaran, pero la incertidumbre la estaba matando. Después del violento enfrentamiento, había dado su última clase y se había largado de allí. No quería arriesgarse a encontrársela de nuevo.
Prefería no imaginar lo que había pasado en ese despacho. ¿Le habría confesado todo? Lo que tenía claro era que no había sido una conversación amistosa. Hasta entonces su mujer era como un fantasma, algo abstracto que no interfería substancialmente entre ellos. Ahora las cosas iban a cambiar, pero aún no sabía en qué sentido.
Le faltaba el aire allí dentro, así que salió a la calle y empezó a caminar sin rumbo. Entró en un par de tiendas tratando de distraerse, pero era inútil. Su relación no podría seguir como hasta ese momento. Aunque esa neurótica no le diera ninguna pena, lo honesto sería dar la cara y tomar una decisión consecuente. Además, ya estaba cansada de esconderse, de que él se tuviera que marchar cuando ninguno de los dos quería separarse.
El último sol de la tarde iluminaba la fachada de la Catedral. Algo la impulsó a entrar, como si el sosegado ambiente de recogimiento pudiera aliviar su angustia. El interior estaba oscuro y silencioso. Olía a cera y a las flores que inundaban el altar mayor, probablemente de una boda reciente. El suelo parecía un inmenso tablero de ajedrez. No le costaba imaginar al Magistral caminando por esas losetas o saliendo de su confesionario. Era extraño, pero bajo esas altas bóvedas todo parecía cobrar otra dimensión.
Estaba llegando a casa cuando sonó el teléfono. Era él.
- ¿Cómo estás? –le preguntó. Su voz sonaba triste.
- He tenido días mejores…
- Lo siento tanto…
- Tú no eres el culpable. En todo caso lo somos los dos. Esto tenía que pasar antes o después…
- Alguien nos vio ayer y le fue con el cuento a Inés. Cuando el conserje me dijo que estaba en el instituto y había preguntado por ti creí que me daba algo. Acudí lo más rápido que pude…
- Estaba hecha una furia.
- No hace falta que lo jures, conozco sus arrebatos demasiado bien... ¿Qué te dijo?
- Que sabía que estábamos juntos. Yo lo negué, por supuesto, pero no me creyó.
- Tuve que sacarla del despacho para que no armara un escándalo. Le he contado la verdad. No podía más con este engaño…
Ella suspiró aliviada. Era justo lo que quería.
- Imagino que no se lo ha tomado nada bien…
- No quieras saber las cosas que me ha dicho… He tratado de dialogar con ella para que busquemos una solución razonable, pero está muy alterada.
- Supongo que tiene cierto derecho a desahogarse…
- Se le pasará, es su orgullo herido lo que le duele.
- Necesito verte. Ven, por favor…
- Ahora no puedo, mi vida… El ambiente está que arde aquí. Cuando Inés se tranquilice le sacaré de nuevo el tema de la separación. Antes tengo que asesorarme con mi abogado. No me importa que se quede con todo, pero si me aleja de mi hijo me muero…
Nunca antes había sido tan consciente de lo que significaba ser “la otra”. Le daba pánico perderlo. Apenas hacía un mes que se conocían, pero le costaba imaginar su vida sin él.

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