domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren V

Pasó la mañana del sábado preparando las clases, haciendo compras, y poniendo un poco de orden en casa. Casi no tuvo tiempo para pensar, pero no pudo olvidarse ni un segundo de la noche anterior. Si él hubiera insistido lo habría dejado subir. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? ¿O acaso lo estaba viendo más complicado de lo que en realidad era?
La llamada llegó a media tarde, mientras tomaba un café con la compañera con la que no había ido al cine. Él estaba más cariñoso de lo habitual. Le propuso llevarla a un sitio al día siguiente. “Me muero de ganas de verte”, le dijo, y se tuvo que morder la lengua para no decirle lo mismo.
Salir con él de la ciudad significaba evadirse de la realidad, olvidarse de todo lo que no fueran sus ojos verdes. Aunque el sueño apenas durara unas horas, disfrutaría haciéndose la ilusión de que estaban juntos, de que no existían barreras.
- ¿No me vas a decir dónde vamos…?
- Lo sabrás enseguida, impaciente…
Estaba guapísimo, y tan contento como un niño con zapatos nuevos. Puso un disco de Cesaria Evora que a ella le encantaba, y no pudo evitar estremecerse con la coincidencia. Había momentos en que realmente sentía que la conocía… Era maravilloso estar allí con él, internándose en un paisaje cada vez más agreste. Hacía un bonito día y el aire estaba cargado de presagios.
Aparcó bajo la sombra de un árbol, sacó unas bolsas del maletero, y ascendieron andando por un camino de tierra. En unos minutos llegaron a lo alto del cerro, donde se alzaba la diminuta iglesia prerrománica de Santa Cristina de Lena.
Ella la rodeó, fascinada por la sabia mezcla de elementos visigodos y mozárabes. Mientras, él extendió un mantel en la hierba.
Estaba intentando vislumbrar algo a través de la cerradura, cuando lo sintió a su lado.
- La llave la tiene una señora que vive un poco más abajo, ¿vamos a pedírsela?
- Pero bueno… ¿y ese picnic? –preguntó ella riéndose, al descubrirlo. Allí había comida como para un regimiento.
- Un refrigerio. ¿Vienes, preciosa? –dijo ofreciéndole su mano.
Se sentaron en el suelo y él sirvió el vino. Estaba delicioso…
- Este sitio es increíble, no podías haber elegido otro mejor.
- De niño venía mucho aquí con mis padres. Casi nadie conocía esta iglesia, ni siquiera se podía visitar. Mi hermano y yo jugábamos horas a la pelota, hasta que mi madre nos llamaba para comer. Siempre traía bocadillos…
A ella le enterneció su recuerdo y sonrió.
- Esa sonrisa me va a matar…
- No puede ser –dijo, en un arrebato de cordura.
- Qué…
Su expresión se ensombreció.
- Esto, tú y yo… No podemos.
- No me digas eso. Estoy seguro de que sientes lo mismo…
- Trato de evitarlo, no me lo pongas más difícil.
- No le hacemos daño a nadie…
- ¿Estás seguro?
Las nubes se estaban acercando. Poco después resonó un trueno, pero ninguno de los dos lo escuchó.
- María, mi mujer no me quiere. Te aseguro que no le vamos a romper el corazón.
- También está tu hijo, no me lo puedo sacar de la cabeza. Sólo tiene cinco años, necesita a sus padres…
- A unos padres felices, no amargados… Mírame a los ojos –le pidió-. Esto no sucede todos los días, ¿sabes?
Claro que lo sabía. Perfectamente.
De repente empezaron a caer gruesos goterones. Para cuando recogieron el picnic y corrieron a refugiarse en el porche de la iglesia ya estaban empapados.

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