domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren VI

A las fieles seguidoras de este relato.
La tormenta los mantenía inmovilizados. Sentados en un banco de piedra, esperaban a que amainara.
- ¿Has entrado en calor? –le preguntó él, que la mantenía pegada a su pecho y frotándole la espalda.
- Más o menos…
Podía sentir los latidos de su corazón. Estaba tan bien así, que hubiera dicho cualquier cosa por prolongar ese momento.
- Yo que quería que fuera un día perfecto…
- No ha estado tan mal está tan mal. Podía habernos caído un rayo…
- Ríete, pero aún no estamos a salvo…
Ella rió y lo golpeó suavemente en el brazo, castigándolo por su comentario.
- Serás perverso…
- Perversa tú…
Con el pelo húmedo y la camisa pegada al cuerpo estaba arrebatador.
- Me encantaría entrar en la iglesia –dijo, cambiando de tema deliberadamente-. He visto unos arcos preciosos desde la cerradura…
- ¿Me estás sugiriendo que vaya a pedirle las llaves a la señora? Porque te advierto que mi caballerosidad tiene un límite… -bromeó.
- Y mi crueldad también. Bajar por ese monte con la que está cayendo sería un suicidio... ¿Queda vino?
- Casi media botella –comprobó. Sirvió dos copas y le pasó una-. Aún tienes frío, ¿verdad?
- Un poco. Pero en cuanto me beba el vino se me quita.
- Ya llueve menos –comentó él un rato después-. ¿Nos pegamos una carrera hasta el coche?
- Venga. Una bolsa para ti y otra para mí.
Cogidos de la mano, salieron a la intemperie y corrieron hacia el camino bajo la lluvia. El suelo estaba resbaladizo, lleno de charcos, y apenas había visibilidad. Llegaron al coche casi sin aliento. Él no encontraba las llaves, y a ella le dio por reír. Finalmente, las agitó en el aire con una sonrisa de triunfo.
Al cerrar las puertas, respiraron aliviados y se miraron con satisfacción. Lo habían conseguido sin ningún percance.
- Estamos locos –dijo ella divertida-, hemos podido matarnos…
Los ojos verdes no se apartaban de los suyos. Tenía gotas de agua en las pestañas –advirtió, sintiendo la tentación de comérselo a besos-. Como si hubiera leído su pensamiento, él se giró y se acercó para besarla. Ella se aferró a su nuca. Tenía las pulsaciones disparadas, nunca habían estado tan cerca. No podían ni querían separarse. Las manos de ambos cobraron vida propia, y empezaron a recorrer el cuerpo del otro con libertad.

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