domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren VII

- Me tengo que ir -susurró él, aunque sin moverse ni un milímetro.
La tenue luz del amanecer se filtraba por la ventana. Permanecían abrazados en la cama.
- Lo sé –respondió resignada. Entonces le vino a la mente la escena de Romeo y Julieta en la que discuten si es la alondra o el ruiseñor quien canta-. Pero espera un poco más…
Él sonrió y la apretó contra sí besándola en la frente. Hacía varias horas que había desconectado el móvil y en ningún momento había aludido a la dura realidad, pero ella sabía muy bien que en su casa lo estarían esperando y que probablemente tendría problemas al llegar. No quería pensar en eso, no en ese momento.
Despertó con la sonrisa en la cara. No sentía remordimientos, sólo felicidad. Se dio una ducha y se sentó a tomar un café en la cocina. Era su combustible para funcionar, apenas podía pensar hasta beber la primera taza. Le hubiera encantado desayunar con él… Pero al menos había tenido el detalle de quedarse toda la noche, no podía pedirle más.
Ir caminando al instituto era uno de los placeres del día. A esa hora, cuando la ciudad empezaba a despertar, se sentía descansada y pletórica de energía. Le gustaba sentir el airecillo fresco en la cara, aspirar los aromas de las panaderías, los rosales del parque, la tierra mojada… Ser testigo del inicio de la actividad urbana: la gente desplazándose a sus trabajos, los niños a la escuela, las tiendas abriendo sus puertas. Por lo general miles de pensamientos acudían a su mente, pero ese día uno se imponía a los demás. Escuchó las campanas de "Las Pelayas" y aceleró el paso.
La biblioteca del instituto no estaba nada mal. Aprovechando una hora libre había ido a buscar unos materiales de trabajo. Le encantaba perderse entre sus estantes y descubrir sus tesoros. Mientras buscaba uno de los libros, escuchó unos pasos cada vez más próximos. Al girar la cabeza lo vio acercarse, con sus ojos verdes irradiando felicidad.
- ¿Cómo me has encontrado? –preguntó en voz baja, sorprendida y encantada de verlo.
- Las opciones probables no eran tantas…
Se besaron, a salvo de las miradas ajenas gracias a los parapetos de libros. Aquello era excitante, pero también peligroso. No podían exponerse a que los vieran, en un sitio como aquel los chismes se propagaban a la velocidad del sonido. Aunque no habían hablado del tema, ambos sabían con claridad meridiana que esa relación debía mantenerse en el más estricto secreto.
La intempestiva aparición de un estudiante los obligó a separarse.
- Es alumno mío…
- Ya me voy. Tranquila, creo que no nos ha visto…
Iniciaron una dinámica de encuentros clandestinos, miradas furtivas, y arrebatadas misivas. Sería terrible que los descubrieran, sobretodo por él. Su reputación y su prestigio acabarían por los suelos... Aunque era sumamente discreta, los compañeros no tardaron en sospechar que había alguien especial en su vida y empezaron a sondearla. Cada vez era más difícil convencerlos con sus explicaciones.
Esa mañana aún no lo había visto. Estaba en la sala de profesores, sola, corrigiendo exámenes. De pronto entró una chica de unos veintipocos años y se quedó mirándola con el mayor descaro. Tenía buena presencia, pero cara de estar enfadada con el mundo.
- ¿Eres tú, verdad? –le espetó.
- Depende… ¿A quien buscas?
- A la nueva, la profesora de literatura…
- Pues ya la has encontrado. ¿Y tú quien eres? –quiso saber, molesta por sus modos.
- La mujer de Gabriel.

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